No confundas timidez con la ansiedad social: cómo se distingue y cómo se identifica
Forzar determinadas situaciones no es la solución ante un trastorno psiquiátrico ampliamente definido

Un grupo de amigos. | ©Freepik.
A menudo, cuando tratamos con personas que no conocemos demasiado y que parecen algo esquivas o poco habladoras, tendemos a pensar que simplemente son tímidas o introvertidas. Es una etiqueta social cómoda y rápida, basada en lo visible. Sin embargo, esta percepción puede quedarse corta. No siempre estamos ante alguien que simplemente prefiere el silencio o la soledad.
La timidez, aunque puede generar cierta incomodidad en situaciones sociales, no suele ir mucho más allá de un mal rato o una ligera inseguridad. En cambio, la ansiedad social es una condición mental que puede afectar profundamente al bienestar de quien la padece. Se manifiesta en forma de miedo intenso y persistente a ser juzgado o rechazado, lo cual puede desembocar en aislamiento, angustia e incluso síntomas físicos como náuseas, sudoración o taquicardias.
La confusión entre timidez y ansiedad social no es casual ni anecdótica: es frecuente y tiene consecuencias. Porque mientras a una persona tímida puede beneficiarle cierto empuje social, alguien con ansiedad social puede sentirse aún más abrumado si se le obliga a integrarse a la fuerza. Por eso, aprender a distinguir una cosa de la otra no es una cuestión de matices, sino una forma de empatía y de comprensión real de los demás.
Qué es la ansiedad social
La ansiedad social, también conocida como fobia social, es un trastorno de salud mental reconocido oficialmente en manuales diagnósticos como el DSM-5. No se trata de una simple incomodidad. Tampoco de un nerviosismo ocasional, sino de un miedo persistente y desproporcionado a las interacciones sociales. También a situaciones en las que la persona puede sentirse evaluada o expuesta. Puede limitar de forma significativa la vida cotidiana, afectando al trabajo, las relaciones personales e incluso a actividades básicas como comprar o asistir a una reunión.
Este trastorno comenzó a ser reconocido clínicamente en la segunda mitad del siglo XX. No obstante, durante décadas se confundía con problemas de personalidad o se minimizaba. Hoy en día se sabe que tiene una base multifactorial. En ellas hay influencias genéticas, experiencias de vida traumáticas o un entorno social exigente pueden estar en su origen. A nivel fisiológico, también se ha asociado a una hiperactividad en determinadas áreas del cerebro, como la amígdala, que regula las respuestas de miedo. Tampoco, como es lógico, no se trata de una persona que sufra otro tipo de problemas como el trastorno del espectro autista. Algo de lo que hemos hablado a menudo en THE OBJECTIVE.
En cuanto a su prevalencia, afecta a hombres y mujeres por igual. Sin embargo, algunos estudios sugieren que las mujeres son más propensas a buscar ayuda profesional. Suele aparecer en la adolescencia o primera juventud, pero puede mantenerse durante años si no se trata. En la actualidad, gracias al mayor conocimiento social y médico del trastorno, se diagnostica con más frecuencia que en décadas pasadas. Como es lógico, también existen múltiples enfoques terapéuticos para abordarlo, desde la psicoterapia hasta tratamientos farmacológicos.
Cómo se distingue la ansiedad social: más allá de la timidez

Una persona tímida puede sentirse incómoda al hablar en público o al entrar en una sala llena de desconocidos. Pero, con el tiempo, suele calentarse y adaptarse. En cambio, quien sufre ansiedad social no se relaja con la exposición: cuanto más tiempo pasa, mayor es la presión que experimenta. No es falta de interés en socializar, sino un deseo frustrado de hacerlo sin el peso de un juicio constante.
Como explican desde en una publicación de la Universidad de Harvard, la sociedad suele interpretar la timidez como un rasgo a corregir. Se insiste en que hay que soltarse, participar, integrarse. Pero cuando se trata de ansiedad social, esta presión no solo es ineficaz, sino contraproducente. Forzar la exposición puede reforzar la evitación, provocar crisis de angustia o generar experiencias negativas que agravan el problema. Lo que desde fuera parece desgana o frialdad, puede ser, en realidad, un esfuerzo titánico por mantenerse en pie ante una tormenta interna de pensamientos intrusivos y miedo al rechazo.
Ejemplos de confusión abundan: alguien que declina ir a una fiesta no siempre lo hace por falta de ganas, sino porque la idea de tener que iniciar conversaciones con desconocidos le resulta insoportable. Otra persona puede parecer locuaz y extrovertida, pero estar todo el tiempo sintiéndose fuera de lugar, juzgada o no lo bastante interesante. Incluso tras una interacción aparentemente exitosa, es común que las personas con ansiedad social repasen cada frase dicha, temiendo haber sido ridículas o molestas. La diferencia con la timidez no es de grado, sino de profundidad y sufrimiento.
