La resaca emocional de la realidad: cómo lidiar con niños la vuelta tras los regalos y la Navidad
En apenas tres semanas, viven un huracán de emociones y sentimientos a los que se pone un cierre brusco

Un niño jugando solo. | ©Freepik.
La Navidad, con sus luces, tradiciones y rituales, se vive de forma distinta según la edad. Para un niño pequeño, estos días no son solo vacaciones; son un despliegue de magia, ilusión, y desconexión de la rutina. Padres, madres y abuelos observan —no siempre con la misma alegría— cómo los niños saltan de la emoción de los regalos al jaleo de las comidas familiares sin comprender del todo el trasfondo adulto de la fiesta. Luego, evidentemente, no extraña que haya una resaca emocional infantil con la que lidiar durante días o semanas.
Lo cierto es que, para ellos, todo fluye en una burbuja de fantasía infantil donde las tensiones se difuminan y lo único que importa es jugar, compartir y reír. Sin embargo, casi de la noche a la mañana, ese globo se va a pinchar y la realidad regresa. No hay comidas familiares sistemáticamente; no hay juegos noche y día; no hay patente de corso para trasnochar o despertarse tarde; se acabó el permiso de dulces y golosinas… Y todo sin saber bien por qué.
En ese contexto, es normal que, tras los Reyes, la vuelta a la normalidad se convierta en un trago difícil de asimilar. Muchos padres detectan en sus hijos un estado de ánimo alterado: rabietas sin motivo, tristeza, cansancio o incluso apatía. ¿Por qué sucede esto si han recibido juguetes, han pasado días divertidos y han disfrutado con su familia? La respuesta está en la intensidad emocional de la experiencia vivida, en el subidón de ilusión que no encuentra un aterrizaje suave, sino una vuelta brusca a la realidad.
La Navidad: una burbuja repentina de juegos, familia y libertad
Comprender esto no significa justificarlo todo, pero sí mirar con empatía. Lo que para un adulto puede ser un simple cambio de agenda, para un niño se traduce en la pérdida de un universo especial. Y si a ello le añadimos el cansancio acumulado, el exceso de estímulos y la ruptura total de rutinas, la resaca emocional de la Navidad cobra pleno sentido. Los menores no tienen aún las herramientas para identificar ni gestionar este bajón emocional; necesitan que los adultos lo hagan con paciencia y acompañamiento. Pensemos, por un momento, que pasamos de Santa Claus y Reyes Magos, sumados a la presencia de abuelos, primos, tíos y más familiares y, metiendo en la ecuación, vacaciones, comilonas y decenas de estímulos de todo tipo, a madrugar y el colegio, dejando atrás todo lo anterior.
La cruda y fría vuelta a la realidad
Para los niños, la Navidad no solo es un descanso escolar. Es un paréntesis que no responde a la lógica académica del curso ni al esfuerzo previo de exámenes como sí sucede en verano. Aparece casi de repente, vestida de luces, promesas y regalos, y rompe completamente con la rutina diaria. Sin clases, sin deberes, con primos, tíos y abuelos en casa o de visita, todo gira en torno a jugar, reír y estar en familia. El calendario pierde su sentido habitual, y los días se suceden sin otra preocupación que disfrutar.

Este escenario idílico se desvanece tan rápido como llegó. En apenas unas horas, el niño pasa de estrenar juguetes y acostarse tarde, a madrugar para ir al colegio y a enfrentarse a un entorno mucho menos estimulante. Se reencuentra con la rutina, las obligaciones y, en muchos casos, con la ausencia de esas figuras familiares que llenaban los días de fiesta.
Cómo entender que pasas de cero a 100 en apenas unos días
Y, sobre todo, se encuentra con un clima emocional muy distinto: menos juego, menos atención y menos magia. Jorge Buenavida, psicólogo de Blua de Sanitas, lo explica así: «En la infancia, la anticipación tiene un peso relevante. Cuando desaparece de golpe, puede aparecer un descenso del estado de ánimo que se manifiesta en forma de irritabilidad o menor tolerancia a la frustración. Evidentemente, también puntualiza que no es una resaca tal y como las conocemos, pero sí es un término que sirve para identificar esta nueva realidad.
Además, hay otra variable en la ecuación. «Si además existe cansancio acumulado o falta de descanso, la regulación emocional resulta más compleja», explica. Por eso, pedir a un niño que acepte este cambio sin mostrar malestar es poco realista. La vuelta al cole tras la Navidad no es solo una transición logística, sino emocional. Las emociones acumuladas durante las fiestas no desaparecen con el cambio de día. Si no se canalizan de forma adecuada, pueden expresarse en forma de rabietas, enfados o actitudes negativas. Por eso, más que regañar o presionar, conviene entender que estos comportamientos responden a un desajuste que necesita tiempo y guía para reequilibrarse.
Afrontar el regreso

Los expertos coinciden en que esta resaca emocional es una reacción normal al cierre de un periodo altamente estimulante. La sobreexcitación derivada de recibir muchos regalos, el cansancio por dormir menos, y la constante expectativa que genera la Navidad provocan que el niño tenga dificultades para regularse emocionalmente cuando todo eso desaparece. En este sentido, no hay que patologizar sus reacciones, pero sí atenderlas con comprensión.
Una de las claves es anticiparse a la vuelta. Recuperar gradualmente los horarios de sueño y de comidas, incluso antes de que acaben las fiestas, ayuda a suavizar la transición. También conviene pactar momentos de calma, con juegos tranquilos o lectura, y reducir el uso de pantallas para facilitar la regulación emocional. Es importante explicarles qué va a pasar, darles tiempo para procesarlo y evitar que sientan que sus emociones no están permitidas. Validarlas y ayudarles a ponerles nombre es una forma efectiva de acompañarles.
Jugar y regalar: mejor siempre en compañía
En cuanto a los juguetes, menos es más. Por eso, Jorge Buenavida explica desde Blua de Sanitas, que conviene «priorizar menos regalos y acompañarlos de tiempo compartido favorece una experiencia más rica desde el punto de vista emocional». De tal modo, onsidera que «el valor del juguete no reside solo en el objeto, sino en la interacción durante el juego», añade.
Por eso, recibir muchos regalos a la vez puede saturar al niño, hacer que pierda interés rápido y que, al desaparecer la novedad, aparezca la frustración. Fomentar un juego compartido, acompañarles en el uso de sus nuevos juguetes y reforzar valores como el agradecimiento o el cuidado del material refuerza habilidades emocionales valiosas. Además, mantener expectativas ajustadas sobre cómo debe comportarse el niño en estos días contribuye a que el entorno familiar sea un espacio seguro y predecible, fundamental para un regreso emocionalmente saludable.
