¿Dinamita la ansiedad nuestro sistema inmunitario? Este estudio apunta a ello
La relación entre ambas realidades podría estar en las células NK, fundamentales en la defensa del organismo

Una mujer angustiada. | ©Freepik.
En un mundo donde la preocupación por la salud alcanza cotas que nuestros antepasados jamás imaginaron, nunca está de más arrojar algo de luz sobre las complejas relaciones que se establecen dentro de nuestro organismo. Comprender por qué nos suceden determinadas cosas y, casi a continuación, experimentamos otras consecuencias, constituye uno de los grandes retos de la medicina contemporánea. Los avances en inmunología y neurociencia permiten hoy explorar conexiones que hace apenas unas décadas parecían invisibles. Al punto de que un estudio aporta cierta luz a una realidad no muy explorada: ¿debilitan la ansiedad y el insomnio a nuestro sistema inmunitario? Y, si es así, ¿cómo lo hacen?
La investigación, publicada en la revista Frontiers in Immunology, se centra en un tipo específico de células del sistema inmunitario. Las células asesinas naturales, conocidas por sus siglas en inglés como células NK o natural killer, desempeñan un papel crucial en la defensa del organismo. Estas células representan la primera línea de respuesta ante infecciones y ante la presencia de células tumorales.
El equipo de científicos, liderado por la inmunóloga Renad Alhamawi de la Universidad de Taibah en Arabia Saudí, decidió explorar esta conexión. Su interés surgió tras observar el aumento de los trastornos de ansiedad generalizada en la población, especialmente entre mujeres jóvenes. Los datos recabados sugieren que quienes padecen ansiedad o duermen mal presentan niveles inferiores de estas células protectoras.
El estrés, la ansiedad y las noches en vela no solo erosionan la paz mental. También pueden debilitar las defensas del cuerpo, haciéndonos más susceptibles a infecciones, enfermedades autoinmunes e incluso ciertos tipos de cáncer. Al punto de que el estudio podría ser una piedra de toque para apuntar luz en el futuro sobre esta relación.
Insomnio, ansiedad y un sistema inmunitario débil en la misma ecuación
Las células NK constituyen entre el cinco y el quince por ciento de los linfocitos de la sangre periférica. Su función principal consiste en identificar y destruir células anómalas del organismo sin necesidad de sensibilización previa. Existen dos subpoblaciones principales de estas células defensoras. Una de ellas se especializa en secretar enzimas que descomponen las células enfermas. La otra produce señales proteicas llamadas citoquinas que regulan la actividad de otras células inmunitarias. Una reducción en la abundancia de estas células podría predisponer al individuo a desarrollar enfermedades.
Los participantes que presentaban síntomas de ansiedad mostraron un treinta y ocho por ciento menos de células NK que aquellos sin síntomas. Ambas subpoblaciones de estas células defensoras aparecieron reducidas en quienes experimentaban ansiedad. Las personas que reportaron sueño insuficiente presentaban un cuarenta por ciento menos de la subpoblación reguladora. El porcentaje de células NK totales correlacionaba negativamente con la gravedad de los síntomas ansiosos. Quienes padecían síntomas severos exhibían los niveles más bajos de estas células protectoras. El patrón se mantuvo consistente tanto en el porcentaje como en el número absoluto de células.
El estudio encontró una correlación, pero no estableció una relación causal directa entre estas variables. Los investigadores observaron cambios manifiestos en las células inmunitarias de personas con peor descanso o con ansiedad. Sin embargo, aún desconocen el mecanismo exacto que provoca esta alteración.

Una hipótesis apunta al cortisol, la hormona del estrés, del que ya hemos hablado en THE OBJECTIVE, como posible mediador de este efecto. El cortisol posee propiedades inmunosupresoras bien documentadas que podrían explicar la reducción celular. Evidentemente, no es el primer estudio que apunta a esta dualidad, pues ya se ha tratado mucho de cómo la ansiedad repercute sobre el sistema inmune. Sin embargo, interesa porque pone el foco en la reducción de las células NK como marcador.
La letra pequeña del estudio
Aparte de que no se establece una relación causa-efecto, el estudio presenta limitaciones que conviene tener presentes antes de extraer conclusiones precipitadas. La muestra incluyó únicamente a sesenta participantes, un número considerablemente reducido para generalizar resultados. Todas las voluntarias eran mujeres jóvenes con edades comprendidas entre los diecisiete y los veintitrés años. Esta franja de edad tan específica impide extrapolar los hallazgos a otros grupos poblacionales. Los hombres quedaron completamente excluidos del análisis, dejando una laguna importante en los datos. Tampoco se incluyeron personas mayores ni de otras franjas etarias intermedias.
El origen étnico homogéneo de las participantes representa otra restricción metodológica significativa. Todas las voluntarias procedían de la misma universidad saudí y compartían un trasfondo cultural similar. Las diferencias genéticas, ambientales y sociales entre poblaciones podrían alterar considerablemente los resultados.
A pesar de estas limitaciones, el trabajo constituye una piedra de toque valiosa para investigaciones futuras. La propia autora principal reconoce la necesidad de estudios longitudinales con muestras más amplias y diversas. De este modo, un seguimiento prolongado permitiría observar cómo evolucionan la ansiedad, el sueño y las células NK a lo largo del tiempo. O, en según qué casos, comprobar si la reducción de estas células conduce efectivamente a mayores tasas de enfermedad.
