¿Por qué a las mujeres les cuesta más negociar el sueldo? Lo que dicen los datos y expertos
La investigación reciente desmonta el mito de la inseguridad femenina y señala otros factores en la negociación salarial

Las mujeres y las subidas de sueldo | Freepik
Durante años se ha repetido que a las mujeres les cuesta pedir aumentos de sueldo porque son menos seguras o menos ambiciosas. Sin embargo, la evidencia empieza a desmontar ese relato. Así, distintos estudios muestran que ellas negocian salarios y ascensos con una frecuencia similar —e incluso superior— a la de los hombres, aunquelos resultados que obtienen no siempre son los mismos.
La pregunta, por tanto, no es por qué ellas piden menos, sino qué ocurre cuando lo hacen. A continuación, en THE OBJECTIVE analizamos qué dicen los datos, cómo influyen los contextos laborales y por qué negociar el salario no es solo una cuestión individual, sino un acto cargado de implicaciones. Para ello echamos mano de investigaciones y de las declaraciones de la experta en comunicación y liderazgo Isadora Forcén.
¿Es cierto que las mujeres piden menos aumentos de sueldo? La ciencia dice que no
Como decíamos, se cree que las mujeres piden menos aumentos de salario que los hombres, pero la investigación reciente matiza —y en algunos casos desmiente— este planteamiento. Un análisis publicado por el Program on Negotiation de la Universidad de Harvard señala que, en determinados contextos, las mujeres negocian el salario con la misma frecuencia o incluso más que los hombres. En un estudio realizado entre titulados de MBA, el 54% de ellas afirmó haber negociado su salario inicial, frente al 44% de los hombres, lo que cuestiona directamente el estereotipo de una menor iniciativa femenina en este ámbito.

Otros trabajos refuerzan esta conclusión y añaden un matiz clave: el problema no estaría tanto en pedir, sino en el resultado de la negociación. Un estudio recogido por el Women in Academia Report concluye que las mujeres solicitan aumentos de sueldo y ascensos a tasas similares o superiores a las de los hombres, pero reciben más negativas.
La influencia del contexto también resulta determinante. Una investigación a gran escala de la Harvard Kennedy School demuestra que cuando las reglas de negociación son claras y transparentes, las mujeres no evitan pedir aumentos y que, a su vez, negocian en proporciones muy similares a las de sus compañeros varones. El estudio subraya además que la ambigüedad en los procesos salariales tiende a perjudicar más a las mujeres, no por falta de iniciativa, sino por mayor penalización social al negociar.
En cuanto a los incrementos salariales, algunos estudios académicos sí han detectado diferencias en el importe solicitado, especialmente en los sueldos iniciales. Investigaciones publicadas en ScienceDirect indican que, de media, las mujeres tienden a pedir incrementos algo más moderados que los hombres, lo que puede generar efectos acumulativos a lo largo de la carrera profesional. No obstante, los propios autores advierten de que este factor explica solo una parte de la brecha salarial y debe analizarse junto a otros elementos estructurales como la penalización de la maternidad o la discriminación indirecta.
Las mujeres solicitan aumentos de sueldo y ascensos, pero reciben más negativas que los hombres
Así lo detallan las investigaciones. La experta en liderazgo Isadora Forcén, que cuenta con una década de experiencia internacional en RRPP, Relaciones Institucionales y Comunicación, explica que «las mujeres no piden menos aumentos porque duden de su valía, sino porque saben que pedir no es un gesto neutro. Han aprendido que negociar puede tener costes relacionales, cambios de percepción y consecuencias silenciosas que no siempre se aplican por igual. No es inseguridad: es lectura del contexto. La solución, por tanto, no pasa por pedirles más valentía individual, sino por crear entornos donde negociar no implique perder legitimidad. Cuando las reglas son claras y la ambición no se penaliza, pedir deja de ser un riesgo. Hasta entonces, muchas mujeres seguirán calibrando sus movimientos con inteligencia, no porque les falte ambición, sino porque les sobra conciencia».

«Durante años se ha repetido una explicación cómoda: que a las mujeres les cuesta negociar porque son inseguras, porque no se atreven o porque les falta ambición. La idea se ha instalado con facilidad, quizá porque resulta tranquilizadora. Si el problema es interno, la solución también lo es: más autoestima, más asertividad, más valentía. El problema es que esa explicación no termina de encajar con la realidad. Las mismas mujeres que no piden una subida para sí mismas defienden presupuestos, gestionan conflictos, negocian condiciones para terceros y toman decisiones incómodas cuando hace falta. No se esconden, no se paralizan, no evitan la responsabilidad. Entonces, ¿de verdad estamos hablando de inseguridad?», se pregunta la experta.
«La pregunta correcta no es por qué a las mujeres les cuesta pedir, sino qué ocurre cuando piden»
Forcén insiste en que «quizá la pregunta correcta no sea por qué a las mujeres les cuesta pedir, sino qué ocurre cuando piden. Porque pedir no es un gesto neutro. Negociar el sueldo no sucede en el vacío ni en un entorno puramente racional donde solo cuentan méritos y resultados. Ocurre dentro de una estructura informal hecha de percepciones, expectativas y equilibrios no escritos. Pedir implica exponerse. Implica alterar una narrativa. Implica dejar de ser simplemente competente para convertirse —aunque sea durante unos minutos— en alguien que reclama. Y ahí, el terreno cambia».
«Muchas mujeres no temen la negativa. Temen el después. El momento en el que sienten que ahora se las observa con más lupa. Que el margen de error se estrecha, que la indulgencia desaparece. No necesariamente por mala intención, sino porque los códigos funcionan así. Y cuando esos códigos se repiten una y otra vez, el comportamiento se ajusta», añade.
¿Es miedo? No exactamente, Forcén dice: «Desde la Psicología sabemos que las personas no solo evalúan riesgos económicos, sino también —y sobre todo— riesgos sociales. Perder estatus, aprobación o margen relacional activa respuestas de alerta mucho más intensas que perder dinero. El cerebro aprende rápido: si una conducta tiene consecuencias negativas, aunque sean sutiles, tiende a evitarla o a posponerla. Eso no es debilidad. Es aprendizaje. Aquí es donde falla el relato dominante. Se confunde prudencia con inseguridad. Se interpreta el cálculo como falta de ambición. Se patologiza una forma de inteligencia que se valora enormemente cuando se aplica a la estrategia empresarial, pero se cuestiona cuando se aplica a una misma».
Muchas mujeres, por tanto, según la experta, «no evitan negociar porque no se sientan capaces, sino porque entienden que la negociación no es solo económica. Es simbólica. Es relacional. Negociar es posicionarse. Es decidir qué lugar ocupas dentro de una estructura informal de poder. Y no todo el mundo tiene el mismo margen para redefinir ese lugar sin fricción. Por eso muchas esperan. Observan. Eligen el momento. Acumulan credibilidad. No están bloqueadas. Están calibrando. Cuando finalmente piden, además, suelen hacerlo con preparación. Datos, resultados, impacto. […]. Y, aun así, no siempre reciben la misma lectura que otros perfiles en situaciones equivalentes. No porque alguien actúe de mala fe, sino porque las expectativas no son idénticas».
«Quizá ha llegado el momento de dejar de explicar el comportamiento femenino como una carencia y empezar a leerlo como una adaptación inteligente a entornos ambiguos. No para justificarlo todo ni idealizarlo, sino para entenderlo mejor. Porque muchas mujeres no necesitan más discursos sobre autoestima. No necesitan que les expliquen su valor. Lo que necesitan son reglas del juego más claras. Marcos donde el talento pueda negociarse sin que eso altere su legitimidad. Entornos donde la ambición no resulte incómoda, sino coherente. Hasta que eso ocurra, muchas seguirán haciendo lo que mejor saben hacer: leer la situación, adaptarse y avanzar. No por falta de valor, sino por exceso de lucidez. Quizá no es que a las mujeres les cueste pedir una subida de sueldo, quizá lo que cuesta es fingir que pedir no tiene consecuencias. Y reconocerlo no es una queja, es una forma de inteligencia», sentencia Forcés.
