Sócrates, filósofo, ya lo adelantó a sus 70 años: «Si consigues una buena pareja, serás feliz»
Amar puede hacer feliz, pero también puede enseñar. Y en ambos casos, la clave está en no dejar de preguntarse qué significa vivir bien

Sócrates | Canva pro
A sus 70 años, tras una vida de incansables diálogos en las plazas de Atenas, a Sócrates se le suele atribuir una máxima que recobra fuerza durante el mes de febrero, justo cuando se celebra San Valentín. Aunque la historia la guarda como una leyenda apócrifa nacida de su relación con la tempestuosa Xantipa, la reflexión sigue siendo brillante: «Cásate: si por suerte das con una buena mujer, serás feliz; si no, te harás filósofo», dijo el pensador que sentó las bases de la filosofía occidental. La sentencia, mitad ironía, mitad advertencia, resume una idea que atraviesa su pensamiento: el amor y el conflicto son también caminos hacia el conocimiento.
Un pensador incómodo en la Atenas clásica
Nacido en torno al año 469 a. C., Sócrates dedicó su vida a cuestionar las creencias establecidas y a interrogar a sus conciudadanos sobre aquello que daban por cierto. No dejó obra escrita, pero su método, basado en el diálogo y la pregunta constante, transformó la manera de entender la verdad. A través de la mayéutica, invitaba a mirar hacia el interior, a examinar la propia conciencia y a no aceptar sin más las opiniones heredadas.
Ese ejercicio crítico le valió admiración y también enemigos. En el 399 a. C. fue condenado a muerte por corromper a la juventud y no reconocer a los dioses de la ciudad. Su muerte marcó un antes y un después en la historia del pensamiento occidental, pero también consolidó su figura como símbolo de coherencia intelectual.
Matrimonio y filosofía, dos caras del aprendizaje
Esa célebre frase sobre el matrimonio, «si encuentras una mala pareja, te convertirás en filósofo», no es una simple broma sobre la convivencia, sino una declaración sobre el aprendizaje que surge de la experiencia. De hecho, esta idea hereda el espíritu de lo que Platón describe en El Banquete, donde Sócrates explica que el amor (Eros) es un camino de ascenso: empieza por la belleza física de una persona, pero debe evolucionar hacia la belleza del alma y, finalmente, hacia el conocimiento puro.
En esa lógica, como bien señala el pensamiento socrático, incluso el desencuentro tiene un valor. Si la relación es buena, disfrutamos del «bien»; pero si es difícil, el alma se ve obligada a buscar respuestas más allá de lo cotidiano. El sufrimiento o la frustración nos empujan a lo que Platón llamaba la dialéctica: ese proceso de preguntarse por la naturaleza humana y las propias decisiones. Así, una mala experiencia sentimental no es un fracaso absoluto, sino, como diría el propio Sócrates en su defensa ante el tribunal de Atenas (Apología), la prueba de que «una vida sin examen no vale la pena ser vivida».
La felicidad según los filósofos griegos
La idea no está aislada dentro del pensamiento heleno. Otros filósofos de la época también vincularon la felicidad con una actitud interior más que con las circunstancias externas. Demócrito sostuvo que la dicha reside en el alma y no en la posesión de bienes materiales. Epicuro defendió que para alcanzar la felicidad, no se trata de acumular riquezas, sino de reducir los deseos. Y Epicteto recordó que la serenidad llega cuando se distingue entre lo que depende de uno mismo y lo que no. En todos los casos, la reflexión sobre la vida afectiva forma parte de una indagación más amplia sobre cómo vivir mejor. La pareja, como espacio de convivencia y conflicto, se convierte así en un laboratorio moral donde se ponen a prueba virtudes y debilidades.
El amor como fuerza ambivalente
Para Sócrates, el amor no era algo simple. Es verdad que se le atribuyen frases muy duras sobre las pasiones, como esa que aconseja temer el amor más que el odio. Pero esas palabras hay que entenderlas en su contexto, en una época en la que muchos pensadores desconfiaban de las emociones intensas porque podían hacer perder la razón.
Más allá de esas advertencias, la idea principal que transmitió, sobre todo a través de Platón, es que el amor cambia a las personas. En el diálogo El Banquete, el amor no aparece como un dios, sino como un ser intermedio entre lo humano y lo divino. Es decir, algo que conecta lo que nos falta con aquello que consideramos perfecto.
En términos más concretos, enamorarse empieza por sentirse atraído por la belleza de alguien. Pero ese primer impacto puede ir más allá y convertirse en un deseo de comprender qué es la belleza en sí misma y qué es la verdad. El amor, entonces, no es solo emoción, es también un impulso para crecer y pensar.
Como última conclusión, amar no es vivir en tranquilidad constante. Es una experiencia intensa que puede hacer feliz, pero también generar dudas. Eleva, pero también descoloca. Y precisamente por eso tiene valor, porque obliga a reflexionar y a conocerse mejor.
