Séneca, filósofo, ya avisó a sus 66 años de que la felicidad no depende del sueldo: «No es pobre el que tiene poco, sino el que desea más»
Hace dos mil años, él ya dijo que la pobreza no está en lo que tenemos, sino en lo que no dejamos de desear

Lucio Anneo Séneca | Canva Pro
En pleno siglo XXI, cuando el éxito parece medirse en la cuenta corriente, un buen trabajo o muchos en seguidores en redes sociales, las palabras de Séneca resuenan con una fuerza inesperadamente contemporánea. Filósofo estoico, dramaturgo y consejero del emperador Nerón, vivió entre el poder imperial y el destierro. Conoció la riqueza, la intriga política y la fragilidad del prestigio. Y desde esa experiencia vital escribió una de las sentencias más citadas de sus Epístolas morales a Lucilio: «No es pobre el que tiene poco, sino el que desea más».
La tesis de Séneca se basa en que nuestra pobreza no es de recursos, sino de expectativas. Es decir, no es el sueldo o la inflación de los precios la que más repercute en el bienestar psicológico, sino la inflación de los deseos.
Utilizar el dinero como un mero instrumento
Séneca no defendía la miseria material ni proponía un ascetismo extremo. De hecho, fue un hombre acaudalado. Lo que cuestionaba era la relación interior con la riqueza. Su famosa frase, «no es pobre el que tiene poco, sino el que desea más», que dijo cuando tenía entre 66 y 69 años, aproximadamente entre los años 62 y 65 d.C., no es una apología de la escasez, sino una advertencia sobre la insaciabilidad.
El filósofo defendía que el deseo desmedido genera dependencia psicológica. Por ello, en términos estoicos, la riqueza pertenece al ámbito de los «preferibles»: cosas que pueden ser útiles, pero que no constituyen el bien supremo.
En De vita beata profundiza: «La riqueza es esclava del sabio, pero dueña del necio». La diferencia no está en la cantidad, sino en la actitud. El sabio utiliza el dinero como instrumento; el necio se convierte en instrumento del dinero. Esta idea dialoga sorprendentemente con estudios contemporáneos en psicología económica, que muestran cómo la adaptación hedónica hace que el aumento de ingresos no garantice un aumento sostenido de bienestar.

En la Epístola 21, citando a Epicuro, escribe: «Si quieres hacer rico a Pitocles, no le añadas dinero, sino réstale deseos». Aquí aparece un punto clave del estoicismo romano: la riqueza auténtica consiste en la autosuficiencia interior (autarkeia). Así, reducir deseos equivale a ampliar libertad. Y lo sintetiza con claridad en De vita beata: «Posee las riquezas, pero que ellas no te posean a ti».
En una cultura contemporánea en la que el estatus se exhibe —coche, cargo, estilo de vida, pareja…—, la advertencia de Séneca es clara, y radica en que el verdadero lujo es poder perderlo todo sin perderse a uno mismo.
Este fenómeno ha sido además demostrado por la ciencia. Brickman y Campbell, en 1971, hallaron que las personas tienden a volver a un nivel estable de felicidad tras mejoras materiales o aumentos de ingresos. Décadas después, estudios empíricos confirmaron el patrón. Un trabajo de Daniel Kahneman y Angus Deaton, de 2010, demostró que el bienestar emocional diario aumenta con el ingreso solo hasta cierto umbral, tras el cual se estabiliza.
Más recientemente, en 2021, Matthew Killingsworth comprobó que la relación entre dinero y bienestar es más continua de lo que se pensaba, pero subrayó que el sueldo no elimina la infelicidad estructural ni garantiza plenitud existencial. En otras palabras: más dinero puede mejorar la vida, pero no corrige el vacío que produce el deseo ilimitado. Exactamente lo que advertía Séneca.
Tener más no te hace mejor
El éxito, en la mentalidad moderna, suele confundirse con visibilidad y acumulación. Séneca, sin embargo, distingue entre poder externo y libertad interior: «Nadie es más esclavo que aquel que se cree libre sin serlo».
Esta frase resume uno de los núcleos del estoicismo: la verdadera esclavitud es interior. Podemos tener independencia económica y, sin embargo, ser rehenes de la opinión pública, del miedo al fracaso o de la necesidad de aprobación.
En la Epístola 5, Séneca introduce una tesis poderosa: «Grande es quien usa vasijas de barro como si fueran de plata; pero no es menos grande quien usa la plata como si fuera barro». Esto es, la grandeza no está en la ostentación, sino en la indiferencia emocional ante el objeto. La plata y el barro son equivalentes para quien no define su identidad por ellos.
El éxito, además, afecta de forma distinta según el carácter: «El efecto del éxito en los necios es la insolencia; el de la prosperidad en los sabios es la gratitud». La prosperidad, para el sabio, es ocasión de ejercicio moral; para el necio, combustible del ego. Esta distinción se vuelve especialmente relevante en la era digital, donde la visibilidad puede inflar la identidad hasta volverla frágil. El estoic, por tanto, no renuncia al éxito, sino que renuncia a depender de él.
Prepararse para perder: la premeditatio malorum
Uno de los ejercicios más radicales del estoicismo es la premeditatio malorum: anticipar mentalmente la pérdida para reducir su impacto emocional.
Séneca, que fue desterrado a Córcega durante ocho años, sabía de qué hablaba: «Aquel que ha ensayado la pobreza, se ríe de las preocupaciones de la riqueza». Por ello, practicar voluntariamente la austeridad —dormir en condiciones más simples, reducir gastos, imaginar la pérdida del estatus…— fortalece la resiliencia. No es pesimismo; es entrenamiento emocional.

En la Epístola 107 afirma: «El destino guía a quien lo acepta y arrastra a quien se resiste». Aquí aparece la noción estoica de amor fati: aceptar lo inevitable para no convertirlo en doble sufrimiento. Resistirse a lo que no depende de nosotros genera fricción constante.
Además, el filósofo sostiene: «Nada sucede al sabio en contra de su opinión». Esto no significa que no experimente pérdidas, sino que siempre ha contemplado su posibilidad. El fracaso no lo sorprende, porque ya lo ha integrado mentalmente. El llamado «rico estoico» no vive con miedo a perder, porque su seguridad no descansa en lo externo.
Al respecto, las investigaciones demuestran que la anticipación realista de escenarios adversos y el entrenamiento cognitivo en aceptación reducen la ansiedad ante la incertidumbre.
La verdadera libertad financiera
Como vemos, Séneca no niega el valor instrumental del dinero. Tampoco romantiza la pobreza involuntaria. Lo que propone es una redefinición radical: la libertad no es una cifra, sino una distancia psicológica.
La auténtica riqueza, por tanto, consiste en:
- Poder disfrutar de los bienes sin depender de ellos.
- Aceptar la pérdida sin desmoronarse.
- Triunfar sin inflarse.
- Fracasar sin romperse.
- Administrar el tiempo como el recurso supremo.
Dos mil años después, en medio del exhibicionismo digital y la economía de la comparación constante, la sabiduría de Séneca sigue vigente: no nos arruina lo que tenemos, sino lo que creemos necesitar para ser alguien. Y en ese sentido, la frase inicial no es solo una máxima moral, sino casi un remedio contra la ansiedad contemporánea: «No es pobre el que tiene poco, sino el que desea más».
