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'Matrescencia', el libro con el que Lucy Jones redefine la maternidad: «Al sistema le conviene que criar y dar a luz siga siendo algo invisible»

Hablamos con la periodista que desmonta el mito de la maternidad instintiva y la redefine como una transformación

‘Matrescencia’, el libro con el que Lucy Jones redefine la maternidad: «Al sistema le conviene que criar y dar a luz siga siendo algo invisible»

Un libro explora la maternidad desde otro ángulo | Freepik

La periodista y escritora Lucy Jones está cambiando la conversación en torno a la maternidad con su libro Matrescencia (Ed. Lunwerg). Durante siglos, tener hijos se ha visto como algo natural, instintivo y casi automático, como si hubiera un supuesto ‘clic’ que se activa en el momento del parto. Sin embargo, Jones sostiene que esa narrativa no solo es errónea, sino también peligrosa.

En Matrescencia, la autora desmonta ese mito y propone un nuevo marco para entender el embarazo, el parto y los primeros años de crianza como una metamorfosis profunda y sistémica, comparable a la adolescencia. Una transformación que afecta al cerebro, al cuerpo, a la identidad y a la vida social de las mujeres, pero que durante décadas ha permanecido prácticamente invisible en la cultura, la medicina y la política.

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Lucy Jones es periodista científica y ambiental británica. Ha escrito para The Guardian, The New York Times, BBC Earth y New Scientist. Su trabajo explora la intersección entre ciencia, cuerpo, ecología y cultura.

A partir de una investigación que entrelaza neurobiología, biología evolutiva, antropología y psiquiatría, además de su propia experiencia personal, la autora recupera el término matrescencia, acuñado en los años setenta por la antropóloga Dana Raphael, para nombrar el proceso de «convertirse en madre». Un concepto que permite entender la maternidad no como un estado fijo, sino como una transición compleja que implica cambios psicológicos, emocionales y neurológicos reales. En THE OBJECTIVE hablamos con Lucy Jones sobre todo ello.

La maternidad transforma el cerebro

La ciencia empieza ahora a confirmar lo que muchas mujeres han sentido durante generaciones: que la maternidad transforma literalmente el cerebro. Un estudio pionero publicado en Nature Neuroscience demostró cambios estructurales en áreas cerebrales vinculadas con la empatía y la cognición social durante el embarazo. Investigaciones posteriores han demostrado que estas modificaciones pueden mantenerse durante años y estar relacionadas con la adaptación al cuidado del bebé.

PREGUNTA. La neurociencia muestra que el cerebro materno se reconfigura estructuralmente durante el embarazo y el posparto. Al respecto, sostienes que este órgano no se deteriora, sino que se reorganiza. Si entendiéramos estos cambios como una forma de especialización —mayor empatía, mayor sintonía emocional—, ¿dejaríamos de interpretarlos como una pérdida de rendimiento o de exigirnos hacerlo todo?

RESPUESTA. Sin duda. La idea del «cerebro de mamá» (baby brain) está muy desfasada y es un término misógino. También me pregunto cuánto del supuesto despiste del posparto tiene que ver con el agotamiento provocado por estructuras sociales que no apoyan adecuadamente a las madres recientes.

P. Comparas la maternidad con la pubertad. Si entendemos la adolescencia como una etapa de crisis y transformación, ¿por qué nos resulta tan difícil aceptar que una mujer adulta también necesita esa misma ‘licencia social’ para estar confundida, vulnerable y en proceso?

R. Creo que en parte es difícil porque la realidad del embarazo, el parto y los primeros años de la maternidad está muy oculta en nuestras sociedades: por el uso de términos inadecuados, la desinformación, la falta de investigación y de inversión en la salud materna, las escasas representaciones culturales y la privatización de la maternidad y la crianza dentro de familias nucleares aisladas. Al sistema económico le conviene que el trabajo de criar y dar a luz siga siendo invisible, y por eso está infravalorado.

Hasta el trabajo de brillantes neurocientíficas como Susanna Carmona y su equipo, entre otros, sabíamos poco o nada sobre cómo cambia el cerebro durante el embarazo. Ahora la ciencia está ayudándonos a empezar a entender lo que tantas madres recientes sienten: que se trata de un proceso de desarrollo significativo. Y, por supuesto, también es un proceso profundamente sociopolítico y psicológico.

P. Recuperas el término «matrescencia», acuñado en los años setenta para explicar el proceso de convertirse en madre. ¿Qué cambia cuando por fin tenemos una palabra para describir lo que nos está ocurriendo? ¿Nombrarlo ofrece consuelo o alivia la presión y la culpa?

R. El momento en que leí por primera vez la palabra matrescencia, en el artículo de Alexandra Sacks The Birth of a Mother en el New York Times, sentí cómo se me relajaban los hombros y pude respirar de verdad por primera vez en meses (mi primer hijo tenía entonces nueve meses). Me sentía muy rara, extraña, distinta… y avergonzada de lo difícil que estaba siendo para mí la transición a la maternidad. Aunque adoraba a mi bebé, el aislamiento y la soledad, la falta de sueño, la depresión posparto, el peso abrumador del amor, la ansiedad… hacían mella. Además, no hay que olvidar el abandono y el maltrato hacia madres y bebés que sufren muchas mujeres.

Me sentía muy rara, extraña, distinta y avergonzada de lo difícil que estaba siendo para mí la transición a la maternidad, aunque adoraba a mi bebé

Cuando comprendí que estaba atravesando la matrescencia —una etapa vital importante que hemos descuidado e ignorado— empecé a poder darle sentido a todo. Necesitamos lenguaje para hablar y conectarnos con otras personas y para entender nuestras vidas. La matrescencia —y también la patrescencia— puede ser transformadora.

P. Muchas mujeres describen los primeros meses como un caos emocional. ¿Qué le dirías a alguien que siente que ha perdido el control de sí misma?

R. Esto me habría ayudado a mí: no siempre te vas a sentir así, lo que estás sintiendo es normal. Este es un momento caótico. Pero si cada día se siente muy difícil, habla con alguien: un médico o un terapeuta. Hay ayuda y tratamientos disponibles. Busca personas con las que puedas expresarte con honestidad sobre cómo te sientes.

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P. ¿Crees que es común que mujeres que acaban de ser madres se separen de sus parejas porque no se sienten apoyadas? ¿Qué deberían hacer o comprender los hombres en el posparto?

R. Los hombres podrían aprender sobre la matrescencia y la patrescencia para entender que los cambios que todos experimentamos son importantes y que implican un proceso.

P. Mencionas que hay células fetales que permanecen en el cuerpo de la madre después del embarazo.

R. Para mí fue fascinante sentir que mi hija no había abandonado completamente mi cuerpo después de nacer y luego aprender sobre el microquimerismo: que células del feto permanecen en el cuerpo materno. Los estudios sugieren que nuestras células fetales permanecen en el cuerpo de nuestras madres, ¡y también las de nuestros hermanos mayores! Estamos mucho más conectados de lo que sugieren las ideas filosóficas tradicionales posteriores a la Ilustración.

Depresión posparto, soledad y aislamiento

La crianza humana ha sido históricamente una tarea colectiva, no una responsabilidad aislada dentro de la familia nuclear como sucede hoy en muchas sociedades. Este cambio de modelo ha contribuido a que la salud mental materna se convierta en una crisis global silenciosa: según The Lancet Psychiatry, hasta un 20% de las madres experimenta problemas de salud mental. De hecho, la depresión posparto, que afecta a millones de mujeres en todo el mundo, está estrechamente relacionada con factores sociales como el aislamiento, la precariedad o la falta de apoyo.

P. Hablas de la pérdida o transformación de la identidad anterior. ¿Cómo podemos distinguir entre el duelo natural por quien éramos y una depresión posparto?

R. Es una pregunta muy buena e importante. No soy psiquiatra, pero creo que he experimentado ambas cosas. En el Reino Unido, los médicos utilizan la escala de Edimburgo para diagnosticar la depresión posnatal. He tenido depresión clínica en distintos momentos de mi vida y siempre la he pensado como una herida o llaga que se infecta y se convierte en algo más crónico y difícil de curar.El embarazo y el parto implican cambios hormonales sísmicos, los mayores en la vida adulta. La caída de hormonas después del nacimiento de un bebé, por desgracia, siempre hará que algunas personas enfermen mentalmente.

Nuestra sociedad está organizada para que todo recaiga esencialmente en la madre, en lugar de en redes colectivas de cuidado que han sido destruidas por el capitalismo. Esto hace que el vínculo madre-bebé esté cargado de presión y pueda generar estigma si la madre está pasando por dificultades

Pero también creo que existe un problema social importante: el maltrato a las madres y la forma en que hemos estructurado la familia y los cuidados, ya que esto puede agravar los problemas de salud mental y aumentar el riesgo de depresión. La soledad —que la mayoría de las madres experimenta— aumenta ese riesgo. También ayudaría que normalizáramos el duelo y las complicaciones que implica convertirse en madre —¡que son completamente normales!— en lugar de patologizarlas. Muchas mujeres encuentran difíciles los primeros años de la maternidad y el propio parto es un trauma para el cuerpo. Es extraño que no permitamos que las mujeres sientan esa ansiedad, ese miedo o ese duelo, que son totalmente naturales.

En lo que respecta a mí, me alegro de haber acudido a un médico rápidamente, de haber sido diagnosticada y tratada por depresión posparto, y tuve suerte de que la medicación me ayudara pronto. Pero también creo que deberíamos pensar en diagnosticar a la sociedad con un problema respecto a las madres, más que al individuo, y buscar formas en que el apoyo social o una sociedad más justa y amable impidan que esa herida se infecte.

P. Hasta un 20% de las madres experimenta problemas de salud mental perinatal. ¿Por qué sigue siendo tan difícil hablar de ello sin culpa o estigma?

R. Porque tememos que las madres no se vinculen con sus bebés o que no los amen. En parte porque nuestra sociedad está organizada para que todo recaiga esencialmente en la madre, en lugar de en redes colectivas de cuidado, como aquellas de las que evolucionamos, y que han sido destruidas por el capitalismo neoliberal. Esto hace que el vínculo madre-bebé esté cargado de presión y pueda generar estigma si la madre está pasando por dificultades. También influye la falta de investigación e inversión en salud materna. De hecho, todavía no sabemos lo suficiente sobre los problemas de salud mental perinatal ni el enorme impacto hormonal del embarazo en el cerebro y el cuerpo.

P. Sabemos que históricamente la crianza humana ha sido comunitaria. ¿Cómo afecta a la salud mental materna criar en familias nucleares aisladas?

R. Creo que es bastante catastrófico. Quiero decir, me encanta la privacidad y la autonomía de mi familia nuclear, especialmente como persona introvertida. Pero no es bueno en los primeros años de la crianza. Puede llevar a estrés, agotamiento y burnout. Durante mucho tiempo he fantaseado con vivir en una comuna. Algunos estudios sugieren que las madres recientes pasan ocho horas al día solas. No es extraño que, siendo animales sociales, tengamos tasas tan altas de mala salud mental materna.

Cambios y reformas estructurales

P. ¿Qué expectativas actuales consideras más opresivas para las madres?

R. La expectativa de «disfrutar cada minuto» de esta experiencia vital que, aunque profundamente alegre y maravillosa, también es psicológica y emocionalmente compleja, pues genera ansiedad, está socialmente infravalorada, es estresante y ocupa las 24 horas del día. Ese tabú cultural es opresivo y conduce a la soledad, el aislamiento y la vergüenza, además de reprimir posibles cambios revolucionarios.

P. Sostienes que la matrescencia también es un concepto político. ¿Qué reformas estructurales —permisos parentales, vivienda, redes públicas de cuidado…— son urgentes para que esta transición no se convierta en precariedad?

R. Depende del país y de su política, pero sí: permisos parentales adecuados, trabajo flexible, vivienda asequible, espacios públicos donde los niños puedan jugar y los padres reunirse, transporte público que no sea hostil para bebés y niños pequeños, inversión en atención al embarazo y al posparto… Y, con una mirada más amplia, un sistema económico que ponga el cuidado, la vida y el bienestar en el centro, en lugar de las ganancias.

P. Tu libro cuestiona la idea de un ‘clic’ instintivo al nacer el bebé. ¿Lo que llamamos instinto es una mezcla de biología, contexto y aprendizaje —y en muchos casos presión cultural?

R. Descubrí que tenía un instinto de amar y proteger a mi bebé, pero no sabía instintivamente cómo hacerlo. Pensé que podría calmar naturalmente su llanto porque la había llevado dentro de mí, pero no siempre era posible; no era algo «natural». He aprendido a cuidar, a criar, y eso forma parte del proceso de matrescencia o patrescencia. Por supuesto, todas las personas nacemos con el circuito neuronal para ser cuidadores.

¿Hacia una transformación social?

P. ¿Escribir este libro fue una forma de comprender tu propia experiencia o también de atravesarla? ¿Qué has aprendido sobre la maternidad que no sabías al empezar?

R. Ha sido muy revelador sobre el contexto social: nuestro sistema económico, lo que valoramos, cómo nos sentimos respecto a las madres o a lo maternal como objeto. He aprendido que cuidar bebés y niños pequeños es mucho más difícil y desafiante de lo que solemos reconocer, especialmente en sociedades modernas. También que la maternidad ha sido mucho más salvaje, radicalizadora y politizadora de lo que esperaba. A medida que he salido de los primeros años, he encontrado mucho disfrute aprendiendo de mis hijos: sobre creatividad, curiosidad, aprendizaje, el cuerpo… Ha sido una experiencia muy intelectual, política y enriquecedora.

P. ¿Qué te gustaría que un hombre —o alguien que no quiera tener hijos— entendiera después de leer tu libro?

R. No me gusta dar lecciones, pero, en mi caso, creo que habría sido una mejor amiga para quienes tuvieron hijos antes que yo si hubiera entendido realmente lo que implica criar a un bebé. De hecho, tuve que pedirles perdón por no haber estado a la altura ni haberlas apoyado como necesitaban en ese momento.

P. Si nombrar la matrescencia es el primer paso, ¿cuál sería el segundo hacia una verdadera transformación social?

R. Sinceramente, me cuesta ver cómo puede ocurrir una transformación social real dentro de nuestro sistema económico actual. Pero mientras tanto cualquiera puede transformar su entorno local o su comunidad: simplemente hablando con otras personas, organizándose juntos, creando espacios donde la gente pueda reunirse, pidiendo a los políticos locales que hagan el lugar donde vives más amigable para niños, bebés y cuidadores, luchando contra la contaminación del aire, los recortes en servicios de maternidad o el dominio de los coches en los espacios públicos.

P. Si pudieras viajar en el tiempo y decirle algo a la Lucy que acababa de llegar a casa con su primer bebé, ¿qué le dirías ahora?

R. «Vas a sentirte muy rara durante un tiempo, pero no para siempre. Y, en realidad, vas a aprender muchísimas cosas, incluso a cuidar de ti misma por primera vez, además de cuidar a tus hijos. Al final, todo saldrá bien».

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