Alejandro Pérez, nutricionista: «El antidepresivo biológico con el que el cerebro se medica, y que puedes hacer en pareja»
A veces no hay que complicarse la vida ni ir al gimnasio para tener un ejercicio más saludable de lo que parece

Dos personas antes de hacer el amor. | ©Freepik.
Vivimos tiempos de sobreexcitación cuando se habla de envejecimiento, edad biológica y edad cronológica. Cada semana aparece un gurú con una fórmula revolucionaria para retrasar el reloj del cuerpo. El biohacking se ha convertido en la nueva religión de quienes buscan alargar la vida a golpe de tecnología. Cámaras de crioterapia, infusiones intravenosas de vitaminas y protocolos de ayuno intermitente se han colado en la conversación pública. Todo vale con tal de arañar unos años más de salud, de movilidad y de lucidez. La industria del antienvejecimiento mueve cifras millonarias y no deja de crecer. Pero… ¿y si pudiéramos combatir al envejecimiento con el sexo?
Después de tanta ciencia y tanta innovación, puede que las respuestas más eficaces estén más cerca de lo que pensamos. A veces la obsesión por lo sofisticado nos hace pasar de largo ante lo evidente. La naturaleza ya diseñó mecanismos de autocuidado que llevamos incorporados de serie. No requieren suscripción mensual, ni aparatos carísimos, ni la supervisión de un coach de longevidad. Requieren, eso sí, algo de voluntad, complicidad y ganas de pasarlo bien. Hacer el amor es una de las herramientas antiaging más potentes, más completas y más placenteras que existen.
Alejandro Pérez, dietista y divulgador, lo tiene claro: «Hacer el amor es una de las terapias biológicas más infravaloradas que existen». Su afirmación no nace del romanticismo, sino de la evidencia científica acumulada durante décadas. El acto sexual activa cascadas hormonales, estimula el sistema inmunitario y mejora parámetros cardiovasculares. Fortalece el vínculo emocional, reduce el estrés y favorece un descanso nocturno reparador. Todo ello sin efectos secundarios indeseados, sin receta médica y sin lista de espera. Merece la pena detenerse a entender qué ocurre en nuestro organismo cada vez que nos entregamos al placer compartido.
Hacer el amor, un festival de hormonas liberadas

Cuando dos personas mantienen relaciones sexuales, el cerebro se convierte en el director de una orquesta bioquímica de primer nivel. Según explica Alejandro Pérez desde su cuenta de Instagram @alejandro_dietista, «el cerebro no solo disfruta, se medica». La primera gran protagonista de esta sinfonía es la oxitocina, conocida popularmente como la hormona del apego. Su función va mucho más allá del enamoramiento: actúa como un ansiolítico biológico natural. Para hablar de sexo y envejecimiento, Pérez lo detalla sin rodeos: «Liberamos gran cantidad de oxitocina, un ansiolítico biológico reductor directo de la ansiedad y modulador del sistema nervioso parasimpático, el que induce calma y relajación». Esa calma profunda se percibe de forma inmediata al terminar el acto, como una oleada de serenidad.
Las endorfinas entran en escena como el segundo gran regalo hormonal del sexo. Son opioides naturales que el propio cuerpo fabrica sin necesidad de ningún fármaco externo. Pérez recuerda que estas moléculas «se unen a los mismos receptores que la morfina, reduciendo la percepción del dolor y generando un bienestar profundo». El alivio que proporcionan no es solo físico, también alcanza la esfera emocional. Como es lógico, las ventajas del sexo contra el envejecimiento se pueden poner en práctica en casi cualquier momento.
La dopamina completa el trío estelar de este cóctel neurohormonal. Es el neurotransmisor que enciende la motivación y regula el estado de ánimo. Alejandro Pérez no duda en calificar el sexo como «un antidepresivo biológico». Pero la cosa no acaba ahí: la práctica sexual regular «afina nuestro sistema endocrino y equilibra el eje hipotálamo-hipófisis-gónadas, aumentando la libido y la testosterona». La testosterona, lejos de ser solo una hormona masculina, resulta esencial para la masa muscular y la salud cerebral. A todo ello se suma la mejora del sueño, ese efecto tan reconocible por el cual tantas personas caen rendidas tras el encuentro íntimo. Algo de lo que ya te hemos hablado en THE OBJECTIVE.
El sexo, un ejercicio contra el envejecimiento muy completo
Nadie va a prescribir aquí cuántas veces a la semana hay que practicar sexo, ni con quién, ni en qué postura. Eso pertenece al terreno de la intimidad y del deseo de cada persona o pareja. Lo que sí se puede afirmar es que el acto sexual constituye una actividad física de intensidad moderada. La frecuencia cardíaca se eleva, la respiración se acelera y la musculatura de todo el cuerpo se activa. Estudios de medicina deportiva han estimado un gasto energético de entre 3 y 4,5 equivalentes metabólicos. Esa cifra sitúa al sexo en un rango comparable al de caminar a paso ligero o practicar yoga dinámico. Evidentemente, va a depender de la intensidad, como tantos otros ejercicios, pero es una buena piedra de toque.
El trabajo muscular durante el sexo involucra grupos que a menudo se descuidan en el gimnasio. Como es lógico, el suelo pélvico se contrae y se relaja de forma rítmica, fortaleciendo una zona clave para la salud postural. También los abdominales profundos, los glúteos y la musculatura lumbar participan en el sostén y el movimiento. A su vez, la coordinación entre respiración y esfuerzo físico mejora la capacidad pulmonar con el tiempo. Sin olvidar que la variabilidad de posturas y ritmos exige una adaptación constante que estimula la propiocepción. Todo ello ofrece como resultado un entrenamiento funcional que no aparece en ningún plan de ejercicios, pero que el cuerpo agradece.
Desde el punto de vista cardiovascular, el sexo regular entrena al corazón como lo haría cualquier actividad aeróbica moderada. La dilatación de los vasos sanguíneos favorece la circulación y contribuye a mantener la presión arterial en valores saludables. Diversos estudios epidemiológicos han asociado una vida sexual activa con menor riesgo de eventos cardíacos. A ello se añade el efecto positivo sobre el sistema inmunitario: quienes mantienen relaciones con regularidad muestran niveles más altos de inmunoglobulina A. En definitiva, el sexo actúa como un ejercicio integral que cuida el cuerpo por dentro y por fuera. Como sentencia Alejandro Pérez, «es de las pocas terapias donde el placer forma parte del tratamiento».
