THE OBJECTIVE
Mi yo salvaje

Bendecidos por Camarón (segunda parte)

«Caminaban cabizbajos, contenidos en cuerpo y habla, calma que antecede a la tormenta»

Bendecidos por Camarón (segunda parte)

Una cama deshecha. | Freepik

Con los ecos del beneplácito de Camarón, cuya voz quedó amordazada por las puertas que insonorizan la salida del bar, subieron calle arriba. «Enamorá de la vida, aunque a veces duela. Si tengo frío, busco candela», tarareó Amanda con un ya no disimulado  acento andaluz por el suelo empedrado del barrio más castizo de Madrid. Caminaban cabizbajos, contenidos en cuerpo y habla. Calma que antecede a la tormenta. Introversión que sucede tras el desvele de la atracción compartida. Duda. Taquicardia. Incertidumbre. Bradicardia. «No sé qué coño has hecho, pero me has puesto muy cachonda» , le soltó al final de la cuesta que acababan de subir con el aliento alterado. 

Se paró ante una puerta de hoja doble. Tres metros de puerta que en otra época habrían guardado el honor de unas cuantas familias decentes dieron paso a este par de hambrientos. Una segunda puerta sin historia les impedía el paso; «aspetta che abro, la porta é vecchia, aspetta…» . La llave atascada se hizo de rogar. «Ecco! » , gritó ella, imitando un anuncio de cafés cuando la puerta crujió al abrirse. No sabía bien qué significaba pero antes de que pudiera preguntarle cayeron sobre la puerta y sobre sí feroces. Sus cuerpos embrutecidos cerraron la puerta con un golpe que se oyó hasta el último piso.  

Comenzaron a engullirse como gusanos, sin saber dónde la boca comienza o termina el cuello del otro. Barbillas, ojos, saliva u orejas se entremezclaban ciegos, como si hubieran ya hecho ese mismo camino sobre el otro muchas y variadas veces en muchos y variados tiempos anteriores. Cayeron con violencia sobre la cama; con prisa, con puños, con dientes, con fuerza, con sangre agolpada que les empuja a lo siguiente y a lo posterior. Sintió Amanda que le dolía el alma, como si se tratara de un órgano que contuviera un concentrado infinito de sentimientos y sensaciones que pudieran percibirse en su máximo grado todos de una vez. Le dolía como duele el fluir de la sangre bajo el pellizco de un pezón que dejó de apretarse, como las primeras gotas que cruzan las marcas sobre la piel de un torniquete prolongado. Le dolían las tantas ganas que le tenía a este cualquiera que era nadie y alguien a la vez, al olor que emanaba. Le dolían las ganas de amar esa mirada que se le antojaba conocida, encarnada en un cuerpo que veía por primera vez. Eros y Psique se habían encontrado, se habían olido y apenas en treinta minutos habían comenzado a follar.  A follar como animales, como dioses, como mortales nostálgicos con la reverberación de un «te conozco de algo, de antes, de qué, de qué, de qué…».

Sólidamente se apretaba contra él. Saúl se tumbó sobre ella y le vertió sobre el oído:  «ti amo, ti amo, ti amo… pero quién coño eres tú? Chi sei? Ma de dove has salido, amore, amore mio?» . A la vez, le enfundaba su polla dura, larga y gruesa. A la vez sentía su calor dentro de ella. Como la canción, la batía con la fuerza de los mares y la amaba de esta forma sobrehumana tal que de Amanda fluyó una catarata de agua ardiente que le arrancó a Saúl, además del asombro, una mirada de deseo voraz y una erección monumental.  Amanda se rió echándole los brazos al cuello rogándole que entrara de nuevo, que no parara ese ritmo frenético con el que había zarandeado su vagina hasta despertarla y hacerla llorar. 

La penetró durante horas, hasta que sendos dolores pélvicos les hicieron parar. Hasta que no hubo más trapos que absorbieran más fluidos carnales ni más sábanas limpias para poner. «Limpiaba el agua del río, como la estrella de la mañana, limpiaba el cariño mío, al manantial de tu fuente clara. Como el agua…», seguían ahondando en ella las últimas palabras de Camarón. 

Entonces, él hincó sobre su vulva la cabeza y en esto también anduvieron minutos que pudieron ser más de una hora. Hasta que el sueño empujó sus mejillas sobre los muslos de ella y la lengua se le quedó como una autómata, trabajando a la orden del goce de los dos. Hasta que Amanda se tensó al borde del orgasmo y él despertó y lo acompañó insertándole dos dedos para adornar aún más el momento. Hasta que volvió el manantial a brotar de nuevo y abrió su boca para tragarlo. «Como el agua, como el agua, como el agua» , sonaba ya a media mañana por el patio interior. 

Entonces, fue ella la que hincó su cabeza sobre la polla de él durante horas. Hasta que de tanto chupar la mandíbula se le resintió y fue la mano la que cogió el testigo. Hasta que de paseársela  por el rostro como un masajeador facial, el cansancio la dejó rota bocabajo en el colchón. Hasta que él de nuevo le abrió la boca con los dedos para ponerla dentro pausadamente, mientras se fumaba un cigarro;  y a ella se le erectó la lengua al volverle el contacto de su glande. Cobraban vida una y otra vez cuando menos pensaban que pudieran seguir follándose como lo hacían: con las espaldas, los ojos, los codos, las palabras, los corazones, las axilas, el sudor y las gargantas.  Siete horas, un imposible, como que el alma sea un órgano del tamaño de una almendra que se sitúa entre los pulmones y el corazón. 

Despertaron a media tarde. Temblaban. Los músculos no conseguían mantenerlos en pie sin tiritar. Amanda se vistió, se calzó y se acercó a la puerta. Agarrando el pomo le dijo adiós, sin teléfono, sin señas ni pistas. «Da vero, Amanda? Nunca mai? Ni si quiera te la puse en el culo… nos queda tanto aún por hacer!». Una maravillosa frase de despedida con la que, a veces, muy de vez en cuando, se masturba Amanda mientras oye en su habitación: «De ti deseo yo todo el calor, pa’ ti mi cuerpo si lo quieres tú, fuego en la sangre nos corre a los dos. Como el agua… como el agua… como el agua…» . 

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