David Broncano, Edmundo Bal y reírse de la dignidad
«Del despotismo ilustrado hemos pasado al ‘pasotismo ilustrado, del que hace gala Broncano siempre que puede»

Edmundo Bal y David Broncano en 'La revuelta'. | TVE
El exdiputado de Ciudadanos, Edmundo Bal, quiso ir de público al programa La revuelta presentado por David Broncano. Lo que está claro es que no fue a divertirse, como dice la premisa del programa con el que compite por liderar la audiencia. Hormigueante era la sensación que sentía por su cuerpo. Un cosquilleo nervioso que envolvía con un aplomo y decencia difícil de llevar a cabo cuando se dio cuenta de que se dirigía al matadero. No era fuego amigo precisamente el que le lanzaba el presentador de ese programa. Hacer leña del árbol que presumen caído está muy lejos de los estándares de lo que busca el humor. El mérito está en hacer sorna o ironía del que tiene poder en la actualidad, mirar hacia arriba sí pretendes reírte de alguien. El humor fácil, lejos de tener valor, devalúa a quien lo lleva a cabo. Como si las ideas hubieran desaparecido o no hubieran existido nunca. Tirar del piloto automático y que el avión se estrelle igualmente porque carece de alguien al mando.
La revuelta suele comenzar cada día destacando a las personas del público que les parecen más peculiares. Cuanto la rareza sea más palpable y evidente en esa persona, más posibilidades tendrá de ser protagonista en ese momento del programa. Y seguramente ese fue el problema de Edmundo Bal. A los componentes de ese programa les pareció extrañísimo que una persona abandonase la política por propia iniciativa para volver a su anterior profesión. Abandonar una disciplina de la que se vive muy bien por desavenencias con la jerarquía del partido. Ser expulsado de un lugar por puro respeto a tus valores morales y éticos, y no quedarse a chupar del bote. Esto les debió de parecer una rareza propia de un perro con tres cabezas o de haberle encontrado la bondad a Pedro Sánchez.
Grison, uno de los componentes del programa, le trató como «una especie en extinción» y las primeras de Broncano fue para colocarlo en UPyD, y no en Ciudadanos. Un ninguneo que buscaba despreciarle poniendo en el centro el desconocimiento para poder hacerlo. Querer humillar a alguien porque no sabes ubicarle correctamente. Del despotismo ilustrado hemos pasado al «pasotismo ilustrado», del que hace gala Broncano siempre que puede. El presentador desconocía si a día de hoy seguía siendo diputado y este le contestó que había vuelto a su anterior trabajo como abogado del Estado.
Siguió preguntándole si Ciudadanos seguía existiendo como partido político o si ya sólo quedaban para jugar al fútbol sala. Una pregunta, por cierto, que pronto podrá hacerle a su querida Yolanda Díaz cuando Sumar sea un partido «menos». Broncano quiso saber si seguía teniendo relación con Albert Rivera y a qué se dedicaba en estos momentos. Edmundo Bal le contestó que seguían en contacto y que ahora dirigía un club de negocios. En ese momento, el presentador se descojonó, pues es el término más correcto y preciso de lo que hizo, como si dudara irónicamente de lo que eso significaba.
Pero hubo un momento en que no pudo evitar Broncano mostrar su patita más sectaria. La independencia que debe mostrar todo canal público volvió a quedar una vez más en el olvido y le preguntó al excandidato a la Comunidad de Madrid, «si amenazaban con volver a la política». Bal contestó que podían estar tranquilos y que la respuesta era que no. El presentador aliviado suspiró un «te lo agradezco». Como si un partido como Ciudadanos hubiera tenido peso y gran responsabilidad en las fechorías llevadas a cabo por la clase política en nuestro país los últimos cincuenta años.
Los que me lean asiduamente saben que no rindo pleitesía a ningún partido político. Que siento animadversión por todos en una mayor o menor medida, pero que intento ser lo más justo que sé conmigo mismo y con los demás. Y Ciudadanos ha tenido la misma influencia política en España que cuando Frodo Bolsón pidió jugar en la NBA. Todo lo bueno y lo malo que nos ha pasado estos años se debe a los «dos monstruos» y a sus esbirros favoritos, los partidos nacionalistas vascos y catalanes.
Edmundo Bal no se merecía un aquelarre envuelto en risas inquisidoras. No se me ocurre una acción más digna que dejar la política. No querer aprovecharse de los privilegios que conlleva. No tener que quedarse en un sitio por no saber hacer otra cosa y no tener otro asidero del que agarrarse. Entrar y salir de los sitios por convicción y no por intereses espurios, como sí tienen la gran mayoría de nuestros políticos. La única vocación es la de pertenecer a una clase privilegiada. Bal, como no le debía nada a nadie, y menos a la política, pudo volver a su anterior oficio. Elegir lo que se quiere ser antes de obedecer a ese becerro de oro. Cuando se muere alguien, se suele decir eso «de que siempre se van los mejores», pero yo esta expresión se la adjudicaría a los que dejan la política por darse cuenta de que no es un lugar donde las virtudes sean alabadas.