The Objective
Opinión

La polémica más absurda de la historia

«¿Qué interés hay en sostener la polémica cuando el acusado no puede controlar aquello que se le reprocha?»

La polémica más absurda de la historia

Ilustración de Alejandra Svriz.

«Un escorpión quiere cruzar un río y le pide ayuda a una rana para que lo lleve sobre su espalda. La rana duda, porque teme que la pique. El escorpión le dice que no tendría sentido hacerlo: si la pica, ambos se ahogarían. La rana acepta. Pero a mitad del río, el escorpión la pica. Mientras se hunden, la rana le pregunta por qué lo hizo. ‘No puedo evitarlo, es mi naturaleza’, respondió el escorpión antes de morir». Fábula atribuida a Esopo.

La gala de los BAFTA de 2026 ha terminado convertida en algo más que un incidente incómodo, ha sido un laboratorio moral sobre varias cuestiones: la culpa frente a un acto involuntario, la atribución de intención en la era de las redes sociales, el peso de la pedagogía en el cine y la gestión desigual del lenguaje en la televisión pública. Lo sucedido con John Davidson —escocés, diagnosticado en la adolescencia con un síndrome de Tourette severo que marcó su escolarización, su inserción laboral y su vida social— ha desplazado el foco desde el hecho clínico hacia un brutal juicio público sobre su responsabilidad moral.

Davidson se dio a conocer en 1989, cuando la BBC emitió el documental John’s not mad, un retrato crudo de aquel adolescente que gritaba obscenidades en clase y era expulsado entre risas nerviosas. El programa, pionero en mostrar el Tourette sin filtros, convirtió a aquel chico pelirrojo y desbordado en un rostro reconocible de la discapacidad invisible. Años después, nuevas piezas televisivas siguieron su vida adulta, su activismo y sus recaídas. Que su historia acabara convertida en película no era oportunismo: era la culminación de una biografía vivida en público.

De ahí la importancia simbólica de su presencia en esa gala. Incontrolable (I Swear), el biopic inspirado en su vida, no solo competía, sino que ganaba: Robert Aramayo recogía el BAFTA al mejor actor por encarnar precisamente a John Davidson, por reproducir sus tics, su respiración entrecortada, su mirada cansada tras cada explosión verbal. La paradoja era casi literaria: el hombre cuya incontinencia verbal había sido dramatizada y premiada en la ficción se convertía, en la vida real, en el epicentro de una polémica por esa incontinencia.

El personaje galardonado y la persona cuestionada coincidían en la misma butaca.

El núcleo del debate es sencillo: ¿puede hablarse de racismo cuando la emisión de una palabra es consecuencia directa de un trastorno neurológico? La coprolalia, recuerdan los neurólogos, consiste en la verbalización involuntaria de términos socialmente tabú, a menudo los más cargados de violencia simbólica, precisamente porque el cerebro del paciente tiende a seleccionar aquello que resulta más disruptivo. No hay deliberación, no hay voluntad, no hay intencionalidad política. Sin embargo, en redes sociales la discusión se desplazó con rapidez hacia la sospecha. El hecho de que la palabra «nigger» se escuchara cuando intervenían Michael B. Jordan y Delroy Lindo fue interpretado por algunos como prueba de intención: «No es casualidad», se repetía. El argumento presupone que un tic responde a estímulos conscientes y selectivos, cuando la evidencia clínica describe lo contrario: los picos de ansiedad, el entorno de máxima exposición y la tensión ambiental pueden intensificar la aparición de los tics sin que exista un propósito dirigido.

Davidson gritó «pedófilo» al presentador, Alan Cumming, entre otros exabruptos. El actor reaccionó recordando que en la sala había una persona con Tourette y que sus tics eran involuntarios. La escena, lejos de alimentar una narrativa de ofensa personal, fue encauzada desde el escenario hacia la contextualización. Pero ese matiz se borró en redes y el fragmento viralizado confirmaba el supuesto racismo intencionado. Ya saben que en las redes no se permite que la verdad eche por tierra un buen y venenoso tuit.

No es la primera vez que ocurre algo semejante. En el pasado, Davidson profirió insultos hacia la reina Isabel II en un acto público: «¡Que la jodan!», le dijo a la cara. La monarca entendió el contexto clínico y no se dio por aludida. El protocolo real respetó la obviedad médica. El episodio se interpretó como una lección silenciosa sobre la diferencia entre síntoma y agravio.

Aquí emerge la cuestión central: la culpa presupone libertad, una elección. Si el comportamiento es efecto directo de una condición neurológica que anula el control, ¿qué tipo de culpa puede atribuirse? El debate en redes, sin embargo, ha pasado del hecho médico a la narrativa ideológica. Y en ese desplazamiento, la figura de nuestro protagonista ha sido reducida a un despiadado trending topic.

Luego está la pésima gestión de la BBC. La cadena optó por mantener audible el insulto racial en la emisión diferida, mientras se suprimió en la retransmisión el «free Palestine» del discurso de Akinola Davies. ¿Por qué se editó una consigna política, pero no una palabra racista (aunque esta última sea fruto de un tic)? La BBC ha argumentado que revisaría la edición para futuras emisiones y ha pedido disculpas, pero el daño estaba hecho.

Editar el insulto podía interpretarse como invisibilizar la realidad del síndrome de Tourette y diluir la pedagogía sobre el trastorno que precisamente la película premiada pretendía reforzar. No editarlo expuso a la audiencia a una palabra con una enorme carga histórica que ofende a toda una minoría racial. En cambio, la consigna política fue neutralizada sin discusión alguna. La decisión editorial, en cualquier caso, revela que la televisión pública opera bajo criterios confusos.

¿Pero qué interés hay en sostener la polémica cuando el acusado no puede controlar aquello que se le reprocha? Parte de la respuesta reside en la dinámica propia de las redes sociales, donde se acusa rápido y no se matiza nada. Otra parte se inscribe en la tensión real entre la protección frente al racismo y la protección frente a la estigmatización de la discapacidad. Ambas causas son legítimas. El conflicto surge cuando se presentan como excluyentes.

El episodio de los BAFTA ha evidenciado que la inclusión no elimina el conflicto, sino que lo hace visible. Y ha puesto sobre la mesa una paradoja casi cinematográfica: el hombre cuya vida fue premiada por enseñar al público lo que significa no poder controlar una palabra ha sido cuestionado, cancelado, por no poder controlarla en directo. Sin control no hay culpa en sentido estricto. La tarea pendiente no es elegir entre empatía hacia la discapacidad o sensibilidad ante el racismo, sino sostener ambas actitudes con coherencia.

Y cuando la conversación pública renuncia a distinguir entre la voluntad y un trastorno, el resultado nos convierte en testigos de uno de los debates más absurdos en la historia del cine y la televisión, con el racismo como telón de fondo. El panorama no puede ser más negro.

P.D.: Un consejo. Que le concedan el año que viene un galardón especial al genio que sentó a John Davidson cerca de un micrófono sabiendo que iba a estar abierto durante toda la gala. Querido amigo del servicio de la organización: si te hubieras molestado en ver la película nominada, habrías entendido que no era buena idea. Y, ya puestos, otro premio para el editor, por listo.

Publicidad