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Contraluz

Franco, Sánchez y el derecho internacional

En nombre del ‘No a la guerra’, Sánchez habría apoyado en 1945 dejar a los demócratas españoles a merced del dictador

Franco, Sánchez y el derecho internacional

Ilustración de Alejandra Svriz.

Ya vamos quedando pocos, pero quien esto escribe pasó su infancia y su primera juventud bajo la dictadura de Franco. Fiel a sus convicciones democráticas, hizo política cuando fue estudiante y fue miembro de la Agrupación Socialista Universitaria (ASU), una pequeña célula clandestina (no podía ser de otra manera) que luchó con medios muy escasos por introducir prácticas democráticas en las organizaciones estudiantiles nominalmente falangistas, que eran las únicas que se permitían entonces.

La dictadura de Franco era un régimen militar duro y represivo, aunque estoy convencido de que menos que los actuales regímenes teocráticos islámicos del Oriente Próximo, como los de Irán y Afganistán. Por ejemplo, ni en los momentos más duros de la represión dictatorial franquista, los años de la Segunda Guerra Mundial, una mujer hubiera sido detenida, no digamos ya torturada o muerta, por no llevar velo en la iglesia, como ocurrió en Irán a Mahsa Amini en 2022, por enseñar un poco el cabello bajo el velo, no ya en una mezquita, sino simplemente en la calle.

Ya los estudiantes que nos manifestábamos contra la dictadura en la calle (los cincuenta) nos pegaban los guardias con la porra y ocasionalmente nos detenían, pero no disparaban contra nosotros. A los estudiantes detenidos (lo digo por experiencia propia) se nos encerraba y se nos metía en la cárcel, se nos amenazaba, pero no se nos torturaba. La dictadura era muy clasista, y a los detenidos de clase baja, o infiltrados clandestinos, sí se les agredió físicamente a menudo, y más de uno murió a manos de la policía como Enrique Ruano, Tomás Centeno o Julián Grimau (este fue condenado a muerte para ocultar su estado tras las torturas).

Cuando terminó la Segunda Guerra Mundial, muchos, dentro y fuera de España, esperaban que los vencedores, las potencias aliadas (en especial Estados Unidos y Reino Unido), contribuyeran de un modo u otro a poner fin a la dictadura de Franco que, aunque no intervino plenamente durante la guerra, sí simpatizó abiertamente con las naciones del Eje (Alemania, Italia y Japón). La Alemania nazi y la Italia fascista habían contribuido decisivamente a la victoria de Franco en la guerra civil española, y, aunque la España franquista no entró abiertamente en la Segunda Guerra Mundial (Franco y Hitler no se entendieron en su encuentro de Hendaya en octubre de 1940), sí contribuyó al esfuerzo militar nazi-fascista, no solo con ayuda económica, sino con el envío de la llamada División Azul, un cuerpo de ejército que el Gobierno de Franco envió a Alemania a luchar en el frente oriental, esto es, contra la Unión Soviética.

Era natural esperar en 1945-46 que, una vez derrotadas las potencias del Eje en la guerra mundial, su aliado y criatura, el régimen falangista del general Francisco Franco, cayera también y fuera una nación más que, como Alemania, Italia, Francia, Bélgica, etc., restaurara la democracia pre-fascista y contribuyera a la modernización de Europa. Pero no fue así, por las razones que veremos, y ello fue una enorme decepción para muchos demócratas dentro y fuera de España.

«La razón de la reticencia de los aliados a intervenir en España fue el inicio de la Guerra Fría»

No hubiera sido tan difícil acabar con el régimen franquista. Movidos por esta esperanza, varios grupos de izquierda, señaladamente comunistas y anarquistas, cruzaron los Pirineos y se enfrentaron con la policía y el ejército del régimen de Franco. Paralelamente, las recién estrenadas Naciones Unidas pasaron mociones condenando al régimen y proponiendo la retirada de embajadores de los países democráticos en Madrid y, en todo caso, el aislamiento total de la España franquista. Hubiera sido muy sencillo y natural haber manifestado el apoyo internacional a las pequeñas fuerzas antifranquistas que mantenían una guerra de guerrillas al sur de los Pirineos, reforzándolas con personal voluntario y con los medios necesarios, algo parecido a las Brigadas Internacionales que apoyaron al Gobierno republicano durante la guerra civil española. En caso necesario, podrían haberse intensificado las hostilidades y bloqueado la economía.

Es muy posible que el régimen franquista no hubiera resistido. El país estaba empobrecido y desmoralizado; y, muy posiblemente, el Gobierno, que no tenía más apoyo internacional que el de la Argentina peronista, se hubiera dividido entre los irreductibles y los dispuestos a negociar con los aliados y las Naciones Unidas. Pero esta presión político-militar no se llevó a cabo y los maquis antifranquistas fueron derrotados gradualmente por las fuerzas del régimen hasta que acabaron por desaparecer.

La razón de la reticencia de los aliados a intervenir en España fue, naturalmente, el inicio de la Guerra Fría. Franco era un dictador odioso, pero a la vez era una garantía de que España no iba a caer en manos del comunismo estalinista. Como al parecer había dicho una década y pico antes Franklin Roosevelt del dictador cubano Gerardo Machado: «Es un hijo de perra, pero es nuestro hijo de perra». Algo similar debió pensar Harry Truman de Franco.

Para muchos demócratas, españoles y extranjeros, la pasividad de las potencias aliadas fue una gran decepción. Franco respiró aliviado y permaneció 30 años más en el poder. Según él mismo dijo entonces, «Yo no voy a dimitir, como Primo de Rivera; yo, de aquí al cementerio». Y así fue.

«El hipotético Pedro Sánchez de 1945 hubiera sido el salvador de Franco»

Ahora bien: ¿imagina el lector que un primer ministro socialista francés o inglés, por ejemplo, se hubiera opuesto a la intervención armada contra la España falangista alegando que no había que recurrir a la guerra para acabar con la dictadura de Franco y que, en todo caso, había que recurrir al diálogo dentro del marco de la legislación internacional? Pues ese es exactamente el papel que adopta el gran antifranquista Pedro Sánchez con respecto a la tiranía teocrática de Irán.

En nombre del «no a la guerra» y del respeto al derecho internacional, el hipotético antecesor europeo de Pedro Sánchez en 1945 habría propugnado dejar a los demócratas españoles a merced de la dictadura de Franco, contra la que, hoy, a toro pasado, el Sánchez de carne y hueso se da terribles golpes de pecho. El hipotético Pedro Sánchez de 1945 hubiera sido el salvador de Franco. Nada más y nada menos. Porque, como en estas mismas páginas han dejado muy claro Guadalupe Sánchez y otros, el derecho internacional, por desgracia, ha fracasado estrepitosamente en su misión de azote de las dictaduras. De modo que acudir a él como paladín de la democracia revela cinismo o ignorancia, o ambas cosas a la vez.

¿Pues saben ustedes cuál es mi divisa, la de un demócrata de entonces y de ahora? No a Pedro Sánchez, ni al de entonces ni al de ahora.

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