La generación Z sucumbe a la telefobia: el 25% de los jóvenes nunca coge llamadas por miedo
El 56% de los jóvenes asocia las llamadas telefónicas con la posibilidad de recibir malas noticias

Joven atiende con miedo una llamada telefónica. | Freepik
La generación de la era digital tiene una asignatura pendiente: descolgar el teléfono. Uno de cada cuatro jóvenes nacidos entre finales de los noventa y comienzos de la década de 2010 reconoce que nunca atiende las llamadas que recibe en su móvil. No es una cuestión de descortesía, sino de ansiedad. El fenómeno ya tiene nombre —telefobia— y empieza a pasar factura en distintos ámbitos, especialmente en el laboral. Un desafío para los jóvenes, pero también para unas empresas que siguen considerando la llamada telefónica una herramienta esencial de comunicación.
A diferencia de tecnologías que han quedado relegadas al olvido, como el fax, la llamada de voz continúa plenamente vigente en el entorno profesional y en la atención al cliente. Sin embargo, la generación Z se siente más cómoda en un ecosistema comunicativo asíncrono: mensajes de texto, correos electrónicos o redes sociales. Estos canales les permiten pensar, editar y controlar el mensaje antes de enviarlo, algo que no ofrece la inmediatez —y la exposición— de una conversación telefónica en tiempo real.
Haber crecido en la cultura de la mensajería instantánea ha desplazado la llamada tradicional incluso en el terreno personal. Mientras los jóvenes dan prioridad al texto frente a la voz, solo el 11% de los mayores de 55 años afirma preferir las redes sociales como vía principal de contacto. Entre las personas de 35 a 54 años, apenas un 1% opta por enviar un mensaje de voz en lugar de hacer una llamada convencional. Aun así, la reticencia a contestar no es exclusiva de los más jóvenes: un 9% de la cohorte entre 35 y 54 años admite que también suele ignorar las llamadas entrantes.
La preferencia por la comunicación escrita es clara: casi dos tercios (61%) de los jóvenes de entre 18 y 34 años prefieren recibir un mensaje antes que una llamada. ¿El motivo? Más de la mitad (56%) asocia las llamadas telefónicas con la posibilidad de recibir malas noticias, lo que incrementa la ansiedad ante el sonido del teléfono.
Según una encuesta elaborada por la plataforma británica Uswitch, el rechazo a descolgar también responde al temor al fraude y al spam telefónico. De hecho, el 63% de los encuestados reconoce que las llamadas comerciales o fraudulentas les hacen más propensos a no contestar. Entre los mayores de 55 años, esta preocupación alcanza al 74%, convirtiéndose en la principal razón para evitar responder.
La segunda causa más habitual es la cautela ante números desconocidos: la mitad de los participantes asegura que prefiere averiguar primero quién llama antes de atender. A ello se suma el ritmo acelerado de vida: estar ocupado (24%) o no querer ser interrumpido (23%) figuran entre los motivos más citados. Pese a la tendencia descendente de las llamadas, los mayores no renuncian del todo a ellas. Más de la mitad (59%) considera que una «charla general» sigue siendo motivo suficiente para descolgar el teléfono, una percepción más extendida entre mujeres (64%) que entre hombres (53%). Además, casi la mitad (46%) afirma que se sentiría molesta si un familiar o amigo no les llamara para comunicar una buena noticia, como un compromiso, un ascenso o el nacimiento de un hijo.
Un problema en el trabajo
Donde esta tendencia muestra su cara más problemática es en el entorno laboral. La dificultad para atender llamadas no es solo una cuestión de preferencias comunicativas, sino que empieza a convertirse en un foco de fricción entre generaciones. Cada vez más directivos reconocen dificultades para gestionar a los trabajadores más jóvenes, en parte por estos nuevos códigos de comunicación.
Según otra encuesta ya publicada en THE OBJECTIVE, el 51% de los jefes admite sentirse frustrado al trabajar con empleados de la generación Z —menores de 28 años—. Supervisarlos, aseguran, exige más tiempo y una mayor implicación emocional de la habitual. De hecho, un 18% llegó a plantearse abandonar su puesto para evitar esa carga adicional. Entre los reproches más frecuentes figuran el uso excesivo del teléfono móvil (50%), la supuesta falta de ética de trabajo (47%), la escasa iniciativa (45%) y las dificultades para organizar el tiempo (44%). Aunque estos datos reflejan un choque generacional más amplio, la resistencia a las llamadas telefónicas se ha convertido en uno de los símbolos más visibles de esa brecha. La generación Z ya representa entre el 15% y el 20% de la fuerza laboral, y sus hábitos están obligando a replantear dinámicas tradicionales.
La investigación también revela el reverso de la moneda: tres de cada cuatro jefes reconoce haber tenido que adaptar su estilo de liderazgo para ajustarse a las expectativas de estos jóvenes profesionales. Más retroalimentación, más orientación y explicaciones más detalladas forman parte de la nueva rutina. No se les considera ingobernables, pero sí más demandantes de acompañamiento. Ese apoyo extra implica más reuniones individuales, más seguimiento y, en ocasiones, la sensación de que buena parte de la jornada se dedica a tareas de mediación. No es casual que un 27% admita que evitaría contratarlos si pudiera elegir.
Su rechazo a las llamadas se explica, en parte, por haber crecido en entornos en los que la rapidez, la autogestión y la comunicación escrita son la norma. En situaciones delicadas —como reclamaciones o gestiones económicas complejas— muchos optan por canales como la mensajería instantánea, que les permite ordenar sus ideas y reducir la presión emocional de una conversación en tiempo real. Solo cuando el proceso está avanzado aceptan la intervención directa por voz.
Para las empresas, acostumbradas a utilizar la llamada telefónica como vía principal de contacto, este cambio supone un desafío estructural. Algunos jóvenes bloquean números desconocidos o activan filtros contra el spam corporativo, ampliando así la distancia comunicativa. El resultado es una brecha que no solo afecta a cómo se trabaja, sino también a cómo se interactúa dentro del trabajo.
