Aunque no se trata de una oferta oficial, la Administración de Donald Trump estudia entregar hasta 100.000 dólares a cada uno de los residentes en Groenlandia a cambio de que voten a favor de la secesión de Dinamarca en el referéndum que pueden convocar en cualquier momento, en ejercicio de su derecho de autodeterminación.
Dado que ahora mismo hay empadronados en la isla ártica unas 57.000 personas, el coste total para el Tesoro americano sería de unos 5.700 millones de dólares.
Se supone, también, que Estados Unidos mantendrá los subsidios que actualmente reciben de Copenhague los groenlandeses, y que ascienden a 600 millones anuales. Si los sumamos al pago único de 100.000 dólares, el coste total de la operación rondaría al cabo de 10 años los 12.000 millones, un monto insignificante comparado con los 186.000 millones que alberga el subsuelo groenlandés en reservas explotables de distintos recursos minerales y energéticos.
Como el Padrino, Trump parece haber pensado: «Les haremos una oferta que no podrán rechazar», pero la experiencia revela que el dinero no es el único móvil que anima a las personas. Es más, a veces puede resultar contraproducente. Por ejemplo, ¿qué opinaría su pareja si, después de una cita romántica, le pusiera usted un billete de 100 euros en la palma de la mano mientras le decía, guiñándole un ojo: «Me lo he pasado fenomenal esta noche»?
El economista Tyler Cowen trae a colación un precedente aún más específico.
«Hace unos 20 años —recuerda en su columna sindicada—, en un pequeño pueblo mexicano del estado de Guerrero […] General Motors quería hacerse con unos terrenos […] para construir un circuito de prueba para sus coches». Como Trump, la compañía disponía de fondos casi ilimitados. La población local era, además, muy pobre, pero «las negociaciones nunca llegaron muy lejos».
¿Por qué?
Los aldeanos sintieron que no se les trataba como personas, sino como objetos, y las promesas de mejores carreteras, de escuelas y de hospitales, aparte del bono personal que cada uno podría haber recibido, simplemente no funcionaron.
Por mucho que a Trump le cueste comprenderlo, hay cosas que el dinero no puede comprar, y no es descartable que una de ellas sea el sentimiento patriótico.


