The Objective

La viñeta animada sobre... los ayatolás

Irán, epicentro del universo chiita, arrastra una maldición bíblica. Pueblo orgulloso donde lo haya, el fanatismo religioso ha arraigado de modo fértil en sus áridas tierras. Esa inmensa nada en medio de todo, por la que hollaron sus pisadas Alejandro Magno o Marco Polo, pieza central en «El Gran Juego» entre los imperios ruso y británico, siempre ha sido el abismo que separa Oriente de Occidente.

Sin remontarnos a tiempos tan lejanos, podríamos señalar al gran valedor de los valores democráticos, sir Winston Churchill, como el que les echó el mal de ojo, como una gitana tuerta, y que hizo una de sus mayores gatadas (sin olvidar Gallípoli) al fomentar el golpe de Estado —Operación Ajax para la CIA, Operation Boot para el MI6— contra Mosaddegh en el año 53. Se le acusó falsamente de comunista, pero su único crimen había sido denunciar los contratos leoninos que ostentaban los ingleses sobre la producción petrolífera de Irán, que percibía un ínfimo porcentaje de aquel manantial de oro negro. En el propio contrato estaba la prohibición al Gobierno de Irán de verificar y auditar el mismo, y se supo con el tiempo que los ingleses pagaban sus propios impuestos restándolos de los beneficios que abonaban a los iraníes. Eran más sucios que socios, los British. Mosaddegh no se arredró: decretó la nacionalización de la producción petrolera de su país, e Inglaterra respondió con un boicot internacional. Mosaddegh lo llevó al Tribunal Penal Internacional de La Haya y… ganó. Y, claro, aquello le salió caro: con la British Petroleum hemos topado.

El golpe prosperó, se le condenó a arresto domiciliario hasta su muerte e hizo su entrada en escena Mohammad Reza Pahlavi, el Sha. El resto es historia. Cierto es que, bajo su corrupto mandato, teledirigido por la CIA, Irán alcanzó cotas de prosperidad y libertad inimaginables hoy. Sus universidades se contaban entre las mejores del mundo y las mujeres eran libres de estudiar, trabajar, ponerse bikini o minifalda y hacer con sus cuerpos lo que les viniese en gana. Pero, para imponer esa libertad, el Sha reprimió y torturó, y Francia, la vieja puta de Europa, estaba al acecho: vio la oportunidad de vender armamento y hacerse esencial si el poder lo ocupaba aquel clérigo con cara de malfollao que tenían hospedado en París y que todos recordamos: el ayatolá Jomeini, aquel barbas cejudo con cara de cabreo perenne. Bajo su fétida sotana y su puño de hierro se iniciaron cincuenta años de dictadura religiosa que duran hasta nuestros días. Homosexuales colgados públicamente de grúas de la construcción y el aplastamiento de cualquier intento de apertura o disidencia. Por el camino, Irán se ha convertido en el gran promotor regional del terror, armando milicias —Hezbollah— y sin perder ocasión de sembrar el caos y la discordia en la zona, a la par que persiguen con un ahínco cerril su “pacífico” programa nuclear, con el que pretenden volarnos a todos, empezando por Israel, por los aires.

Las protestas masivas en Teherán de estos días son un rayo de esperanza en su negro horizonte. Mucha suerte, Irán: la vamos a necesitar todos.

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