Días santos en Lisboa
«Hay una sensualidad específica portuguesa, distinta de la brasileña pero también dulce»

Vista de Lisboa. | Wikimedia Commons
1. Lunes. Pisar Lisboa. Los primeros pasos por sus adoquincitos son siempre regeneradores, como cuando uno entra por primera vez en el mar cada verano. Es volver a casa en un sentido profundo: al sitio de la felicidad. Nos alojamos en la rua das Flores. La ventana da al jardincito con la estatua de Eça de Queiroz. Después de comer conseguimos la mejor mesita del mirador de Sta. Catarina, con vistas al Tajo y al puente. Tras la puesta de sol, bajamos al río nocturno. Las pasarelas vacías de los ferrys crujen y gimen: son el canto de las sirenas lisboetas. Llegamos a las dos columnas que se abren al río-mar. Seguimos callejeando y a última hora nos tomamos una copa en el fastuoso Pavilhão Chinês. Me dice mi acompañante: «No sé qué hacemos en España». Al menos hemos huido esta Semana Santa: a procurar días santos a nuestra manera.
2. Martes. Nunca había vivido una primavera tan deliciosa en Lisboa: manga corta durante todo el día, sol y brisita atlántica, sin la fastidiosa lluvia intermitente de los anteriores viajes. Bebiendo en terrazas: plaza de Camões, jardín del Príncipe Real al mediodía (con música brasileña ao vivo) y al atardecer Ribeira das Naus. Visita a la Travessa, la librería de Ipanema en Lisboa, donde compro libros sobre Río de Janeiro y de poemas de Adriana Calcanhotto y Antonio Cicero. Culmina el toque brasileño con cena en Acarajé da Carol, restaurante de Bahía. Mi acompañante se pone en la muñeca una cinta de Bonfim, formulándose un deseo con cada uno de los tres nudos que le ato. Como le quedan demasiado largas las dos tiras sobrantes, le pide a la camarera baiana que se las corte. Le digo: «Perdeu dois desejos». Y la baiana, sonriendo: «Não perdeu não, ficam os três».
3. Miércoles. Después de tres días en Lisboa, la actualidad política española se ha esfumado. Me asomo a la prensa, pero es lo mismo: todo aparece fantasmal, ajeno; los personajes han perdido sustancia. Como tampoco sé nada de la actualidad portuguesa, renovada tras las últimas elecciones (quedan carteles pasados en las calles), la vida se presenta como una apoteosis continua de lo concreto, sin extensiones periodísticas. Hoy hemos tomado el tren para Estoril y Cascais. Iba abarrotado. Allí, con verdadero calor, ambiente de verano en las calles y las playas. Damos con una librería de viejo fabulosa: Galileu. Compro un montón de libros brasileños, entre ellos la novela que lleva uno de los mejores títulos de la literatura: O homem que matou Getúlio Vargas, de Jô Soares. En Brasil todos saben quién mató a Getúlio Vargas, porque se suicidó. En la vuelta, el sol atlántico en la cara. Adormilamiento feliz.
4. Jueves. Museos: el del Chiado el otro día, el Gulbenkian hoy, ambos de pintura contemporánea. Reconozco que, más que las obras, me gustan las chicas de las salas, tan formalitas y amables. Hay una sensualidad específica portuguesa, distinta de la brasileña pero también dulce. Por ejemplo, en la entonación en que dicen a veces «obrigada» (algo así como óbrigaaada). Nos tomamos un café en el jardín del Gulbenkian y luego vamos, atravesando el parque Eduardo VII, a la librería Buchholz, cerca del marqués de Pombal. Mis nuevas adquisiciones han de ser pocas y delgadas, o no me cabrán en el vuelo de vuelta. Desde la comida, en Casa da Índia, notamos la multiplicación de turistas de ayer a hoy. En Senhora do Monte está imposible acceder al barecito brasileño, casi secreto hasta hace nada. Tomarse una caipirinha con vistas a Lisboa se acabó. Por la noche, enorme luna roja.
5. Viernes. Para escapar de la avalancha turística cogemos el tranvía a Estrela: jardín da Estrela, basílica da Estrela. Caminamos por las calles vacías de Lapa y Pampulha. Es el tercer día de calor: parece verano. Conseguimos una mesa a la sombra en el Catch Me, el restaurante con ventanales al puente. Después atravesamos Alcântara para llegar hasta él. Me habría gustado subir, pero el ascensor sigue estropeado y mi acompañante no quiere pegarse los más de veinte pisos de escaleras. El año pasado viajé solo y lo hice. La atracción está consignada como Ponte 25 de Abril: Experiência Pilar 7. Y es una verdadera experiencia: de lo sublime. El ascenso por la estructura traqueteante hasta lo alto, con el zumbido del tráfico y el viento. Luego LX Factory y de noche caña en el bar Jobim, cena en la terraza de Príncipe Real y copas en el Pavilhão Chinês.
6. Sábado. Última jornada. No anoté anoche que se nos acercó el jefe y nos contó que en 1998 abrió un Pavilhão Chinês en Madrid. Tampoco anoté nuestras visitas de esta semana a Espaço Chiado, el centro comercial semiabandonado que, entre sus pocas tiendas, cuenta con varias de discos viejos. Hablamos con el dj Barbosa. Hoy, con el sol eterno de todos los días, vamos a la Feira da Ladra, el Rastro lisboeta. Al pie del Panteão afluyen los desechos portugueses, entre los que rebuscamos con fruición. Me hago con un libro más, poco y delgado: Trocar de rosa, traducciones de Eugénio de Andrade. Incluye a Luis Cernuda, delicado poeta de Lisboa: «A própria névoa ri: un riso branco no vento. / Obscuridade ou luz, ali são belezas iguais». Lo hojeo, mientras mi acompañante se demora en el mercadillo, en una mesita del jardín en declive Botto Machado, encima del río-mar.
