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Historias de la historia

La muerte de un rey en desgracia

La breve visita a España de don Juan Carlos nos hace rememorar que hace justo medio siglo falleció otro «rey en desgracia»: Eduardo VIII de Inglaterra

La muerte de un rey en desgracia

Fotografía de archivo de Eduardo VIII y Wallis Simpson|EFE

Los funerales de estado de la Monarquía británica son sobrecogedores. La Capilla de San Jorge del Castillo de Windsor, panteón real donde reposan 12 monarcas ingleses, acoge el féretro en penumbras apenas paliadas por seis velones. Cuatro oficiales de la Guardia lo escoltan  apoyados en sus espadas, con la cabeza inclinada como si estuviesen rezando. Como el ritual dura 72 horas y llevan unos gorros de pelo de oso de medio metro de alto, tienen que relevarlos regularmente para que no contraigan una lesión cervical.

Eduardo VIII solamente había sido rey de Inglaterra durante 326 días, la Familia Real lo consideraba un desertor por su abdicación y un expediente secreto demostraba que había cometido traición, pero de todas formas tenía derecho a ese funeral de estado. Había fallecido en su destierro en París el 28 de Mayo de 1972, pero sus restos fueron remitidos a Windsor. Después de muerto iba a ser rey otra vez durante 72 horas, pero lo fue en la más triste soledad. La reina –Isabel II, la misma que ahora celebra su Jubileo de Platino- había ordenado que nadie le rindiese honores, que nadie lo despidiese en la Capilla de San Jorge.

Después de los tres días protocolarios tuvo lugar el funeral. Sonaron las trompetas de plata de las grandes ocasiones, pero fue una ceremonia brevísima, media hora. Asistieron sólo 14 personas: la reina, la Familia Real y Wallis, la viuda de Eduardo VIII, la «mala» de la historia para la Familia Real, a la que excepcionalmente se había autorizado entrar en Inglaterra por humanidad, pero que fue devuelta enseguida al exilio. Y no enterraron a Eduardo en la Cripta Real, junto a su padre y su abuelo, sino en el vecino cementerio de Frogmore, donde se entierra a los miembros menores de la realeza británica.

Eduardo VIII fue un arquetipo de «rey en desgracia». Vivió en una época en que los medios de comunicación imperaban ya sobre la opinión pública, y su romance «con una plebeya» –en los años 30- lo convirtió en un campeón de la prensa del corazón. Su historia de enfrentamiento a la envarada Monarquía británico lo hizo un héroe para millones de personas, pero su pecado no fue su rebeldía contra las convenciones, sino que eligió muy mala compañera para esa batalla contra la vetusta tradición.

No era sólo que Wallis fuese plebeya y divorciada, lo terrible es que, según documentó el Servicio Secreto, a la vez que era novia de Eduardo VIII mantenía una aventura de cama con el embajador nazi en Londres, Von Ribbentrop, futuro ministro de Exteriores de Hitler, ahorcado tras el juicio de Nüremberg. Y, tras la abdicación, Wallis se llevó a Eduardo a Alemania, para presentarle a Hitler y a sus amigos nazis, de los que esperaba que repusiesen a Eduardo en el trono de Inglaterra, con ella como reina consorte.

Es más, cuando comenzó la Guerra Mundial, como Eduardo fue nombrado «enlace con el ejército francés», se aprovechó de su puesto para espiar a favor de Alemania. En Juego de Tronos algo así se habría resuelto estrangulando al ex rey mientras dormía, pero el primer ministro Winston Churchill resolvió el problema de forma más discreta. Churchill nombró a Eduardo gobernador de las Bahamas, «una colonia de tercera clase», en frase del ex rey, en realidad una jaula de oro lo más lejos posible de los frentes de batalla, y le pidió al FBI que lo vigilase, como si fuera un capo del narcotráfico exilado.

Exilio dorado

Pese a todo lo relatado había que salvar las apariencias. No se permitiría jamás que Eduardo VIII volviese a vivir en Gran Bretaña, aunque se autorizaron algunas visitas, pero recibió una dotación económica regia, conservó el tratamiento de Alteza Real y se le otorgó el título de duque de Windsor, con el que reinaría sobre revistas como Paris-Match

Después de la Guerra Mundial tuvo que buscar un lugar para su destierro y pensó que París no estaba mal. Los franceses, que carecen de realeza y la añoran, estaban encantados con aquella pareja de celebrities (aún no se había acuñado el concepto, pero lo eran) que irradiaban glamur. El municipio de París le proporcionó, a un precio más que razonable, una casa adecuada: Château de Bois (el Castillo del Bosque), una mansión de pórtico dórico con 14 habitaciones y un gran jardín, situada en el Bosque de Bolonia, el principal parque de París. De la decoración se encargaría la Maison Jansen, la firma más importante del mundo, la misma que arregló la Casa Blanca al gusto de Jacqueline Kennedy.

Aparte de sus encantos, Château de Bois era un palacio con personalidad propia e historia tumultuosa. Había sido propiedad de la familia Renault, una de las más ricas de Francia, fabricantes de los famosos automóviles, pero al terminar la guerra el patriarca, Louis Renault, fue acusado de colaboracionista con los nazis y el gobierno le expropió las fábricas y fincas. En una especie de justicia política, se instaló en Château de Bois el general De Gaulle, el hombre que había encarnado la resistencia contra Alemania y había salvado el honor de Francia.

Los Windsor vivieron allí desde 1952 hasta 1986, aunque a partir de 1972 Wallis estaba sola. Cuando ella murió –tras años de demencia senil- aquella mansión estaba cargada de morbo. ¿Quién se atrevería a alquilarla? Pues Mohamed Al Fayed, el multimillonario árabe padre del amante de la princesa Diana de Gales. Precisamente el día en que Diana y Dodi Al Fayed murieron en un accidente de tráfico, habían estado visitando Château de Bois. Conociendo la enrevesada personalidad de Lady Di y el rencor que guardaba hacia la Familia Real, quizá pensaba en ocupar físicamente el lugar de Eduardo VIII, puesto que ella también era un miembro de la realeza «en desgracia».

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Vista del Château de Bois, en Satigny. | Wikimedia Commons

El soberbio marco de Château de Bois no podía evitar sin embargo la carga de la melancolía del destierro. Aunque apareciesen mucho en las revistas ilustradas, los Windsor se sentían abandonados. Cada noche se vestían magníficamente, como si tuvieran que lucirse ante la corte: Wallis lucía exquisitos trajes de noche de Dior y joyas de Cartier, y Eduardo daba rienda suelta a su extravagancia poniéndose el jubón de terciopelo y la falda del traje de gala escocés, pero en realidad estaban solos.

En un momento dado esta soledad ya ni siquiera era de pareja, sino individual. Una enfermera norteamericana, Juliana Alexander, contratada en los últimos tiempos de la enfermedad de Eduardo, confesaba que en el tiempo que estuvo allí, Wallis jamás cenó con él. En realidad esas cenas eran un ritual muy triste. El camarero le traía los más exquisitos bocados en magníficos servicios de plata, y Eduardo los rechazaba. Al final le traía, también en servicio de plata, un cigarrillo, y se lo fumaba con ansia. Murió por un cáncer de garganta provocado por el tabaco.

Cuando Al Fayed ocupó el último palacio del «rey en desgracia», también quiso apoderarse de todo lo que le había pertenecido. Pagó 4,5 millones de dólares al Instituto Pasteur, heredero de los Windsor, por todos los objetos que había dentro de Château de Bois, 40.000 en total, desde mobiliario a cartas o fotografías. Y luego los subastó en Nueva York.

Entre esos 40.000 objetos que salieron en almoneda pública, había uno que quizá encerraba un indicio explicatorio de la tragedia de Eduardo VIII. Se trataba de una muñeca que le había regalado su madre, la reina Mary, cuando era niño. Pero hace un siglo a nadie se le ocurría regalarle una muñeca a un niño varón. ¿Estaría ahí la clave de su enfermiza relación con las mujeres?

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