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Historias de la historia

Suecia dice adiós a la neutralidad

La entrada de Suecia en la OTAN pone fin a dos siglos de neutralidad, iniciada paradójicamente por un soldado profesional contratado como rey

Suecia dice adiós a la neutralidad

Bernadotte, un soldado profesional que se convirtió en rey de Suecia, inició dos siglos de neutralidad sueca.

Suecia no era el paraíso social de nuestros tópicos a inicios del siglo XIX. El rey Gustavo III había sido asesinado en 1792 en una conspiración de aristócratas reaccionarios, descontentos porque el monarca le había quitado el poder a la nobleza. Como correspondía a gente de tanta alcurnia el regicidio tuvo lugar en una ocasión de gala, un baile de máscaras en el Teatro de la Ópera de Estocolmo. En la noche del 16 de marzo de 1792, en los más animado de la fiesta, cinco enmascarados vestidos de negro rodearon al rey y uno de ellos, el barón Anckarström, le disparó por la espalda.

El hijo del rey muerto, Gustavo IV, también terminó violentamente su reinado. Era un absolutista y tuvo la mala idea de hacer una guerra con Rusia en la que perdió Finlandia (otro de los países que ahora entran en la OTAN por miedo a Moscú), por lo que en 1809 sufrió un golpe militar que lo destronó y envió al exilio de por vida.

El Parlamento le dio la corona a su tío, el anciano Carlos XIII, que era un liberal y fue un buen rey, pero no tenía hijos. Nombró heredero a un príncipe danés, aunque sólo duró cuatro meses, pues murió repentinamente. Como solía pasar, inmediatamente surgieron rumores de que había sido envenenado, y no había mejor candidato a culpable que el conde Fersen.

Axel de Fersen era un personaje legendario, aventurero y donjuán. Había sido amante de María Antonieta, y para alejarlo de ella lo enviaron a luchar a la guerra más lejana, la de independencia de Estados Unidos. Durante la Revolución Francesa organizó la fuga de Luis XVI y María Antonieta, conduciendo él mismo el coche que los sacó de París, aunque después de ponerlos a salvo y separarse de ellos, los reyes volverían a ser capturados por los revolucionarios. La muerte de su amada en la guillotina le reafirmó en su absolutismo a ultranza, por lo que tenía muchos enemigos en Suecia.

Como Gran Mariscal del Reino, el 20 de junio de 1810 fue designado para presidir los funerales del príncipe muerto, pero a la multitud reunida le pareció un ultraje, pues lo consideraba el responsable de aquella muerte. Atacó a Fersen a pedradas, lo tiró por las escaleras del Ayuntamiento, lo arrastró por la calles y expuso su cadáver en el mercado de Estocolmo, como si fuera una res.

Un mariscal de Napoleón

«Suecia está perdida a menos que elija a un mariscal de Napoleón». Tras las repetidas tragedias políticas que hemos relatado, no es extraño que esta idea se extendiese entre los oficiales del ejército y los miembros del llamado «partido patriótico». Napoleón representaba para la Europa liberal el progreso con orden. Era hijo de la Revolución Francesa, de la que había aplicado muchas ideas a su gobierno, pero se había proclamado primero dictador y luego emperador para asegurar la estabilidad política.

Suecia quería un Napoleón, y eligió al mejor candidato para ello, el mariscal Bernadotte, que era realmente lo más parecido al Emperador. Amigos desde jóvenes, Bernadotte incluso le había quitado a Bonaparte la novia, Desirée Clary, casándose con ella. Como militar era el único que se podía comparar con el genio de Napoleón, y algunos murmuraban que ciertos triunfos de Bonaparte se debían a la pericia de Bernadotte. Es cierto que éste llevaba un tatuaje en el pecho que decía: «Muerte a los reyes», pero eso eran pecadillos de juventud. Había demostrado ser un gobernante prudente en varias partes de Europa, donde las victorias militares le otorgaron el poder.

Se hablaba incluso de Bernadotte como sustituto de Napoleón, una alternativa para ocupar el trono de Francia aceptable para las potencias europeas, pero cuando le ofrecieron la corona sueca Bernadotte pensó que más valía pájaro en mano. Aprendió rápidamente sueco y cuando el viejo rey Carlos XIII lo adoptó como hijo y fue designado heredero de Suecia, tomó el nombre de Carlos, desde 1818 Carlos XIV. Enseguida tomó las riendas del gobierno y demostró que Suecia no iba a ser un satélite de Francia. Es más, tras el desastre de Napoleón en Rusia en 1812, comprendió que había llegado el fin de su época, y se afilió al bando de sus enemigos, poniendo los intereses de su nuevo país por encima de su antigua lealtad a Francia.

Fue un giro copernicano, el enemigo histórico de Suecia era Rusia, pero Bernadotte se alió con ella. Al frente del ejército sueco, el antiguo mariscal francés tomo parte en la batalla de Leipzig en 1813, junto a Rusia, Austria y Prusia. Leipzig supuso la puntilla para Napoleón.

Sería la última guerra en la Historia de Suecia. Carlos XIV, antes Jean-Baptiste Bernadotte, el rey-soldado, inició una política de neutralidad de 200 años, que Suecia mantuvo incluso en la Segunda Guerra Mundial, cuando sus tres vecinos, Finlandia, Noruega y Dinamarca, eran arrastrados sin querer a la conflagración.

Ahora la amenaza del expansionismo de Putin lleva a Estocolmo a la Alianza Atlántica. Si hay cambios históricos, éste es ejemplar.

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