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Historias de la historia

La pasión europea de Pedro el Grande

Hablar bien de Rusia resulta políticamente incorrecto, pero no se puede pasar por alto el 350 aniversario del estadista que más ha hecho por acercar Rusia a Europa

La pasión europea de Pedro el Grande

Pedro el Grande, retratado como un soberano europeo por el pintor francés Jean-Marc Nattier. | Wikimedia

Pedro I el Grande nació en Moscú hace tres siglos y medio, el 9 de junio de 1672, hijo del segundo casamiento del zar Alejo I, y no estaba destinado a ceñir la corona, porque tenía por delante a dos hijos y una hija del primer matrimonio de su padre. La hermana mayor, Sofía, maquinó hasta hacerse con el poder, poniendo en el trono a dos niños, Iván y Pedro, que tenía 10 años. Los más desaforados guionistas de Juego de Tronos no imaginarían las intrigas y violencias que rodearon al niño, que sin embargo sobrevivió, creció y a los 17 años tomó el mando demostrando gran carácter. Le cortó la cabeza a los partidarios de su hermana Sofía, las exhibió ante el balcón de ella, y luego la encerró de por vida en un convento, un confinamiento solitario, pues solamente se le permitía ver a las otras monjas el día de Pascua.

Hasta aquí nada nuevo en la corte de Moscú, los zares eran déspotas orientales y su país se parecía más a Asia que a Europa. Pero aunque Pedro tuviese esa naturaleza despótica y brutal, que se manifestaba en sus métodos, tenía también un ansia de modernidad, un espíritu reformador que le empujaba hacia Europa. Viajó en la llamada ‘Gran Embajada’ por Alemania, Francia e Inglaterra, pero sobre todo quedó fascinado por Holanda, un país que ni siquiera era una monarquía, sino una república gestionada por la más dinámica burguesía de Europa. Absorbió todo lo que pudo de los Países Bajos, incluso se puso a trabajar durante cuatro meses como obrero en sus astilleros para aprender a construir buques. La pequeña Holanda era una potencia marítima, y en aquella época Rusia no tenía salida al mar –solamente tenía un puerto en el Ártico, que era como no tener nada.

Cuando Pedro regresó a Rusia, llevaba consigo a un numeroso acompañamiento de europeos expertos en diversas ciencias e industrias, con los que transformaría su país, pero también se trajo pinturas de Rembrandt y otros artistas holandeses. La galería de pinturas del Palacio de Monplaisir (significativamente un nombre francés, Mi Placer), su residencia de verano en el Golfo de Finlandia, sería el primer museo que hubo en Rusia, embrión del Hermitage, que gracias a Pedro tiene la mejor colección de pintura holandesa que existe fuera de Holanda.

San Petersburgo

Citar el Hermitage supone hablar de San Petersburgo, ‘la Ciudad de Pedro’, una urbe que resume la pasión por Europa de Pedro el Grande. San Petersburgo, una ciudad de nueva planta, de trazado absolutamente racional y de una magnífica belleza, la Venecia del Norte la llaman, sería el balcón de Rusia mirando a Europa, y la puerta por donde entraría Europa en Rusia, pues canalizaría el 90% del comercio exterior ruso.

El cosmopolitismo de la nueva capital, donde se instalarían muchos extranjeros y en cuya Corte se hablaría en francés, empezaba por su nombre. Lógicamente el zar quería que recordase quién la había fundado, pero no la bautizó Petrogrado (Ciudad de Pedro en ruso), sino Sankt Piterburj, que es el mismo nombre en holandés. Posteriormente el nombre se germanizó, Sankt Petersburg, y solamente durante la Primera Guerra Mundial, cuando Rusia mantenía un terrible enfrentamiento con Alemania, a algún nacionalista que no tenía otra cosa que hacer se le ocurrió que aquel nombre no era nada patriótico, y la rebautizaron Petrogrado, justo el nombre que no quería Pedro el Grande. De todas formas el nombre castizo duró poco, porque tras la Revolución, a la muerte de Lenin en 1924 se lo cambiaron otra vez a Leningrado, la Ciudad de Lenin. Hasta que cayó el comunismo en 1991 y recuperó su denominación tradicional.

Este baile de nombres puede servirnos de lección de Historia de Rusia, pero la misma creación de la Ciudad de Pedro es un paradigma de la contradicción entre Oriente y Occidente que afrontó Pedro el Grande. Hemos dicho más arriba que San Petersburgo resume la querencia europea de Rusia, pero la forma que tuvo Pedro el Grande de satisfacer esa tendencia fue la de un déspota asiático, atropellando a todo lo que se le ponía por delante, sin conmiseración por las numerosas víctimas que provocó. Viendo como actuó entonces Pedro el Grande se comprende la forma de actuar de Putin, que también pretende entrar en la Historia de Rusia con letras mayúsculas.

Para empezar hacía falta un territorio en la costa del Mar Báltico, pero en el siglo XVII el Báltico era un lago sueco. El reino de Suecia ocupaba las riberas de lo que hoy es Finlandia, Rusia, las Repúblicas Bálticas, incluso parte de Polonia y Alemania. La única forma de conseguir un puerto en el Báltico, según lo entendió Pedro el Grande, era la guerra, y a ella se lanzó sin dudarlo. No sería una guerra cualquiera, por algo es llamada la Gran Guerra del Norte. Duró 21 años (1700-1721), implicó a Rusia, Suecia, Noruega, Dinamarca, Alemania, Polonia y Lituania, y no hay forma de saber el número exacto de muertos que provocó, quizá medio millón, quizá más.

En 1703 Pedro el Grande ya dominaba la costa oriental del Báltico y podía empezar a levantar su ciudad. Quería un terreno virgen, deshabitado, donde no hubiese poblaciones con recuerdos del pasado, sólo quería tener por delante la modernidad. Encontró el lugar que reunía estas condiciones, pero si allí no vivía ni un alma era por algo. Era una zona pantanosa e insana, y los que trabajaban en la construcción de la nueva ciudad comenzaron a morir como moscas. Nadie quería reemplazarlos, pero eso no era obstáculo para la voluntad del zar, llevó trabajadores forzados, esclavizó a quienes debían poner en marcha la modernidad y el progreso.

Y cuando terminó esa magnífica metrópoli barroca, de elegantes calles diseñadas en cuadrícula, de innumerables canales que le dan un especial encanto, ningún ruso quería ir a vivir sobre aquel cementerio. Hace siglos que los vecinos de San Petersburgo están orgullosos de residir en la mejor ciudad de Rusia, pero en su momento hubo que llevar a los habitantes a la fuerza, como si fueran deportados por algún delito imaginario. 

La contradicción de Pedro el Grande.

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