THE OBJECTIVE
Historias de la historia

El rapto de la Roldana

Fue la primera mujer nombrada «escultora de cámara» del rey de España. No solo fue una gran artista, fue capaz de enfrentarse a su padre y al mundo

El rapto de la Roldana

'San Miguel venciendo al demonio', talla de la Roldana en la Galería de Colecciones Reales. | Patrimonio Nacional

En estas fechas en que todas las instituciones reivindican figuras femeninas, Patrimonio Nacional ha presentado un adelanto de lo que será la Galería de Colecciones Reales, que abrirá en junio. Se trata de El Arcángel San Miguel venciendo al demonio, enorme talla de Luisa Roldán. Esta artista sevillana fue la primera mujer que alcanzó el honor de ser «escultora de cámara de Su Majestad», otorgado por Carlos II cuando realizó, por encargo del rey,  precisamente este grupo escultórico.

Dicen que la Roldana se autorretrató como San Miguel, que tiene rasgos femeninos como solía hacerse con los ángeles del barroco. Pero lo que tiene gracia es que, según esa leyenda, al demonio que está pisoteando le puso la cara del marido. Aunque estas atribuciones no tienen base histórica, sí revelan que sus contemporáneos vieron en Luisa Roldán una mujer de armas tomar, capaz de enfrentarse con quien hiciese falta para salir adelante.

La Roldana era hija de Pedro Roldán, escultor sevillano de prestigio, maestro de dibujo en la Academia de Sevilla, la primera de España, fundada por Murillo. Tuvo Pedro 12 hijos, pero fueron niñas en su mayoría. Dado que la economía familiar contaba con el trabajo de los vástagos, Pedro puso a trabajar en su taller a sus tres hijas mayores, Francisca auxiliaba en la policromía, y María y Luisa en la talla, aunque pronto fue la menor de ellas algo más que un mero aprendiz.

Ceán Bermúdez, el historiador del arte más notable de la Ilustración, cuenta que en cierta ocasión Pedro Roldán realizó un San Fernando para la catedral de Sevilla, pero no les gustó a los canónigos, que lo rechazaron. «Volvió a su casa muy cabizbajo, pues jamás le había sucedido igual desaire, y la hija, que supo el motivo, mandó traer la imagen y aserrarla por las ingles» y el cuello, y se encargó ella de tallar piezas nuevas, con lo que «quedó tan airosa la figura que los canónigos la recibieron muy contentos, creyendo que era otra distinta».

El carácter que demuestra esta anécdota no sólo lo aplicaba al trabajo, sino también a la vida privada. Luisa Roldán llegó sin casarse a los 19 años, lo que en la época era ser una solterona. Seguramente Pedro Roldán no dejaba casarse a las hijas para no perder tan buenos y baratos ayudantes, a quienes no había que pagar sueldo. Pero el caso es que la Roldana no se aguantó con la imposición paterna, y urdió un plan que parece sacado de esas historias subsidiarias de mujeres que Cervantes intercala en el Quijote.

San Miguel venciendo al demonio.

Desafío al padre

El 17 de diciembre de 1671 un procurador presentó ante el juez una demanda en nombre de Luis Antonio de los Arcos, aprendiz del escultor Andrés Cansino, diciendo tener «palabra de casamiento» de Luisa Roldán, «con la que había tratado de requiebro de dos años a esta parte». También comparecieron varios testigos que refrendaron su versión. En la época, dar palabra de casamiento implicaba un fuerte compromiso equivalente al de un contrato, por lo que se solicitaba que un alguacil obligase a la referida Luisa a comparecer ante el juez.

Así se procedió: el alguacil se presentó en casa de Pedro Roldán y se llevó a Luisa, que una vez ante el tribunal declaró «que nunca había estado casada, que era moza doncella, que no era pariente de Luis Antonio, que no tenía voto de castidad y que a pesar de haber dado palabra de casamiento a Luis Antonio, no lo podía cumplir por la negativa de su padre a este matrimonio».

El juez sustrajo entonces a Luisa de la patria potestad, no la dejó volver al domicilio familiar, sino que le asignó una casa de acogida «con la guarda y custodia necesaria». Por todo Sevilla se conoció entonces lo que la gente llamó «el rapto de la Roldana». Para Pedro Roldán era una afrenta enorme, pero lo único que le quedaba era el crimen de honor, intentar llegar a su hija y matarla, arrostrando las consecuencias. Como no era hombre de espada, se aguantó, aunque desde luego no asistió a la boda de su hija, que se celebró una semana después, en la iglesia de San Marcos ante numerosos invitados.

La Roldana se estableció por su cuenta y no le faltó trabajo, dada su excelencia; se especializó en modelar en terracota belenes de deliciosa factura, al estilo napolitano, que se vendían muy bien, aunque la mayoría de las obras quedaron en el anonimato. Su marido, un simple desbastador de madera, le ayudaba en el taller, quizá se encargase de la policromía, aunque su principal papel era firmar los contratos de obra encargada, porque eso era algo no permitido a las mujeres. La anécdota del «rapto de la Roldana» muestra que en el Siglo de Oro existían mecanismos judiciales a los que las mujeres podían recurrir en busca de protección, pero ciertamente faltaba mucho para que una mujer tuviese los mismos derechos de un hombre.

Tras el berrinche por la boda de Luisa, Pedro Roldán comprendió los beneficios que le traería colaborar con su hija, de modo que se reconcilió con ella y la asoció en sus trabajos, aunque con eso también quedaba obscurecido el nombre de Luisa. Hizo la Roldana muchas imágenes para las cofradías que aún se pueden contemplar en las procesiones actuales, incluso hay historiadores que piensan que fue autora, nada menos, que de la Macarena, el principal icono de la Semana Santa sevillana.

En 1686 la Roldana se fue con su familia a Cádiz, requerida por el cabildo catedralicio, y allí tuvo otros numerosos clientes, empezando por el Ayuntamiento gaditano, pero a los dos años decidió trasladarse a la Corte en busca de más altos horizontes. Ya estaba en Madrid a principios de 1689, porque en febrero nació en la capital su última hija, ya que además de trabajar Luisa tendría siete hijos.

El objetivo de la Roldana era convertirse en escultora del rey, para lo que esperaba la ayuda de don Cristóbal de Ontañón, caballero de Santiago y ayuda de cámara de Su Majestad, conocido por su afición a proteger artistas. Pero mientras llegaba el momento la Roldana tenía que mantener a su familia, para lo que recurrió a las mismas obras de sus principios en Sevilla, las pequeñas terracotas con figuritas delicadas, objetos de ornato para cualquier oratorio particular que se vendían muy bien, pues eran realmente encantadores.

Por fin llegó la oportunidad soñada. Carlos II le encargó un grupo escultórico de gran porte para la sacristía del Escorial, precisamente el San Miguel venciendo al demonio que acaba de exponer al público Patrimonio Nacional. Han hecho falta dos años de trabajo de una especialista en escultura barroca, Ana Loureiro, para que el taller de restauración de Palacio devolviese todo su esplendor al espectacular conjunto. Y no solamente ha recuperado la talla toda su belleza, sino que la restauración muestra con toda la claridad las diversas inscripciones que Luisa Roldán quiso estampar en la obra para reivindicarse.

Así queda muy visible su firma en la sandalia del pie que pisa al demonio: «E[scultora de] CAMARA LVISA ROLDAN SEVILLA», porque precisamente al ver esta talla Carlos II quedó tan satisfecho que le otorgó el preciado título. Es significativo de la conciencia que tenía la Roldana de ser ella la gran artista y sostén de la familia, que aunque incluyó el nombre de su marido como colaborador -ESCULTOR LVIS ANTONIO DE L-, lo puso sobre la sandalia del pie derecho, que queda escondido hacia atrás, hasta el punto de que lo que se ve de esa sandalia es en realidad la suela, donde la Roldana puso el nombre de su cuñado, que era un colaborador más importante que el marido, pues se encargó de la policromía.

Este juego de firmas, en las que unas se ven y otras no, es lo que ha llevado a reflexionar sobre las malas relaciones de la Roldana y su esposo, y ha llevado a especular con que lo representó como el diablo humillado y pisoteado por ella. En todo caso, la inscripción principal, la que aparece en la peana de la obra, ignora al marido y proclama la gloria de ella: «Por mandato del Rei Nuestro Señor Carlos II Lvisa Roldán escultora de cámara de Su Majestad».

Publicidad
MyTO

Crea tu cuenta en The Objective

Mostrar contraseña
Mostrar contraseña

Recupera tu contraseña

Ingresa el correo electrónico con el que te registraste en The Objective

L M M J V S D