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La historia británica, tumba a tumba

El periodista escocés Peter Ross nos lleva de paseo por los más célebres y curiosos cementerios británicos en su nuevo libro ‘Una tumba con vistas’

La historia británica, tumba a tumba

Cementerio de Highgate, ubicado al norte de Londres. | Wikimedia Commons

Aún hoy es fácil encontrar a algún apasionado fan de Harry Potter merodeando por el cementerio de Greyfriars, uno de los más célebres de Edimburgo, buscando la tumba de Thomas Riddell, de quien se dice que J. K. Rowling tomó el nombre para su emblemático villano Voldemort. Los fans de la saga van allí a la búsqueda de un personaje literario que les conecte con la historia de los libros, al igual que en la década de los 70 un centenar de personas, entre los que se encontraba el líder de los Sex Pistols, John Lydon, asaltaron las tapias del cementerio de Highgate, en Londres, con la esperanza de encontrarse con un vampiro, al que algunos testigos habían definido como una figura alta y oscura con ojos rojos y sombrero de copa.  

«Íbamos por las noches a las criptas y abríamos los ataúdes para echar un vistazo –relataba el músico en sus memorias–. Nos fijábamos en los cuerpos que no se habían deteriorado, preguntándonos si era real toda aquella historia de los vampiros. Había tanta gente haciendo lo mismo que aquello parecía un club social». 

Entre el fanatismo de los lectores de Rowling y aquella psicosis que había invadido a los jóvenes de los 70, había, sin embargo, un abismo. Nada que ver, más allá de una profunda fascinación por los cementerios. La misma de la que da apasionante cuenta el periodista Peter Ross en Una tumba con vistas (Capitán Swing), un curioso y chocante recorrido por la historia del Reino Unido, sus miserias y sus glorias a partir de diversos camposantos y lápidas, que recuerdan a otros libros de tafófilos –el curioso nombre que reciben los amantes de las tumbas–, como Alguien camina sobre tu tumba (Anagrama), de la argentina Mariana Enriquez.  

Portada del libro

De grandes historias están las sepulturas llenas 

Sin estacas ni ajos, solo sobre tinta, el periodista escocés escarba en su libro en la historia de estas necrópolis y relata curiosidades o leyendas como las que circulan sobre el mausoleo de Hannah Courtoy en el cementerio de Brompton, sobre el que se dice que, en realidad, bien podría tratarse de una máquina del tiempo victoriana. O las extravagancias de la marquesa bisexual Luisa Casati, una excéntrica dama de la alta sociedad que solía llevar collares de serpientes vivas y que, tras fallecer en 1957 a los 76 años, fue enterrada en camposanto londinense con pestañas postizas y un pequinés disecado.  

De historias así están llenos los cementerios, aunque las hay mucho más escuetas y trágicas, como aquella otra inscripción en Cathcart (Glasgow) que, sobre granito rosa, recuerda simplemente a «Mark Sheridan, comediante». Estrella del teatro de variedades, la última vez que se vio al actor con vida, en enero de 1918, había salido de su hotel para asistir a un ensayo al mediodía, pero nunca llegó a su destino. Su cuerpo fue hallado por dos hombres en el parque donde presuntamente se había quitado la vida, al parecer por las malas críticas que había cosechado en sus últimos tiempos.  

«El espectáculo de varietés Gay paree de Sheridan, en el que interpretaba a Napoleón acababa de entrenarse en el Coliseo, en Eglinton Street –evoca Ross–. Su hija y sus dos hijos también actuaban en él, y su mujer, Ethel, iba de gira con ellos. Poco antes de las siete, el telón estaba a punto de levantarse cuando la policía informó al director del teatro de la muerte del protagonista. El hombre hizo un anuncio melancólico y el público abandonó el recinto en silencio».  

Y es que, como recuerda el periodista, son los cementerios más pequeños los que cuentan a veces las historias más grandes, como la del viejo minero John Taylor, enterrado en el pueblo escocés de Leadhills, en South Lanarkshire. «De él se dice que vivió hasta los 137 años, aunque algunos sostienen que eso es absolutamente  ridículo y que, en realidad, murió a los 133. En cualquier caso, la suya no fue una jubilación larga: dejó el pico y la pala a los 117 años y murió en 1770. Según cuentan los lugareños, cuando estaba ocioso, que no era a menudo, le gustaba rememorar el eclipse de 1652».  

Reposar entre personajes famosos

Si, como decía Enriquez, los cementerios son ese lugar donde queda el nombre y la fecha, el testigo inquebrantable de que se estuvo y alguna vez se fue, también las lápidas evocan las grandes proezas del pasado, como la de Phoebe Hessel, primera mujer soldado raso, nacida en 1713, que sirvió durante años en el 5º regimiento de infantería hasta que descubrió su disfraz y fue licenciada junto a su amante. Viviría en Brighton, donde está enterrada, hasta 1821. Entre sus paseos el periodista tropieza con bustos como el de «un hombre con traje de chaqueta, chaleco, camisa de cuello alto y corbata, y con el rostro verde de musgo», situado en el cementerio de Kensal Green (Londres), donde también reposan los restos de Freddie Mercury. Es la tumba de Emidio Recchioni, un anarquista italiano, acusado de participar en el complot de 1931 contra la vida de Benito Mussolini, que regentó en la capital británica el famoso restaurante King Bomba que frecuentaron no solo activistas exiliados sino también intelectuales como George Orwell, Emma Goldman o Sylvia Pankhurst.  

Cuadro titulado ‘London from Highgate, St Paul’s Cathedral Beyond’, de Bernard Walter Evans (1843-1922). | Wikimedia Commons

Fuente de inspiración para escritores desde su fundación, en Highgate se encuentra «la última morada de Adam Worth –‘el Napoleón de los Ladrones’, según reza su lápida–, que se cree que inspiró a Arthur Conan Doyle para crear al profesor Moriarty, el archienemigo de Sherlock Holmes». Inaugurado en 1839, cuando Elizabeth Jackson se convirtió en la primera persona en ser enterrada ahí, hoy, dice su autor, el camposanto casi ha alcanzado su capacidad máxima. Famoso por las tumbas de intelectuales como George Elliot o Karl Marx, su celebridad es tal que en sus inmediaciones se venden hasta moldes para galletas del autor de El capital.   

«En Highgate también yace, en un ataúd forrado de plomo, Alexander Litvinenko, el exespía que fue asesinado en 2006 por agentes rusos usando té verde condimentado con polonio radiactivo. Y la pobre Lizzie Siddal, la artista y modelo que posó para la Ofelia ahogada del pintor prerrafaelita John Everett Millais, y que murió, a los 32 años, tras hundirse en una marea de láudano. Cuando la exhumaron siete años después para que su marido, Dante Gabriel Rossetti, pudiera recuperar un libro de poemas que deseaba publicar, se dice que el ataúd estaba lleno del pelo de la joven, que había seguido creciendo tras su muerte».  

Y es que, como escribió Dickens, que a su vez se inspiró en el camposanto de Russell Court para escribir La casa lúgubre, «extraños cementerios se esconden en la ciudad de Londres». Y no solo de Londres. Así, el cementerio de Warriston, en Edimburgo, llegó a impresionar tanto a Julio Verne que, mientras visitaba la ciudad en 1859, dejó dicho: «La imagen de la muerte no reviste allí el aspecto fúnebre de los mausoleos y las columnas truncadas de Francia; las tumbas parecen agradables casitas donde se desarrollara una vida atractiva y tranquila».   

Héroes, mártires y proscritos 

Además de los restos de escritores famosos como Wilkie Collins, M. R. James, Joseph Sheridan Le Fanu, Amelia Ann Blanfird Edwars, o la divulgadora científica Cerys Bradley, estas tumbas con vistas evocan relatos menos poéticos y curiosos, y nos devuelven a la realidad cotidiana de las islas. Escritos con sangre están los nombres de los hombres que cayeron en un conflicto del que aún quedan las lápidas del cementerio de Miltown en la capital de Irlanda del Norte. Belfast, describe Ross, es una ciudad repleta de cadáveres. «Resulta asombroso hasta qué punto se ha integrado el martirio en los propios ladrillos de esa parte de Belfast. Esas placas negras están por todas partes, como homenaje a los miembros del IRA y otros grupos paramilitares, a menudo en el lugar donde cayeron; los cementerios jardín aplacan la memoria de los finales violentos con flores bien cuidadas».

Entre desaparecidos de guerra y héroes caídos, en su extenso recorrido por los camposantos del país, el periodista no se olvida de las personas marginales que escapaban a los férreos cánones religiosos. Así, recuerda, se cree que Crossbones se estableció originalmente como un cementerio no consagrado para prostitutas o madres solteras. Situado al sur de Londres, 15.000 personas fueron enterradas en este cementerio que fue clausurado en 1853. Sin lápidas, Ross lo describe como «un santuario para los sintecho, los bebés abandonados, los suicidas, etc.; un lugar para reflexionar y apreciar a quienes no fueron queridos ni aceptados en vida».  

A la existencia de este cementerio, hay que sumar también la creación de los cilliní, lugares de enterramiento históricos de tradición irlandesa. Se trata de una especie de iglesias pequeñas que buscaban dar consuelo a los familiares de los niños que fallecían antes de que diera tiempo a bautizarlos. Se calcula que todavía hay hasta 1.400 de estos lugares en toda Irlanda, aunque la tradición se perdió durante el siglo XIX y muchos fueron destruidos.  

Cementerio de Highgate, ubicado al norte de Londres. | Wikimedia Commons

Pero si unos lugares desaparecieron, Ross también explora otros sitios proscritos que han terminado por convertir su existencia en toda una reivindicación. Tal es el caso de la tumba de Lilias Adie en Fife (Escocia), que murió en prisión el 29 de agosto de 1704 tras haber confesado ante el consistorio de la Iglesia presbiteriana escocesa que «había renunciado a su bautismo y había mantenido relaciones sexuales con el diablo».  A ella, denuncia hoy Ross, «la enterraron bajo una gran losa de piedra arenisca y por debajo de la línea de la marea de la bahía para que el agua cubriera su tumba: precauciones indicativas no solo del desprecio de la Iglesia, sino también del miedo de un pueblo que intentaba impedir el regreso de la mujer para vengarse».  Esta es la única tumba conocida de una ‘bruja’ en Escocia. Fue redescubierta en 2014 por el arqueólogo Douglas Speirs.

Y de las tumbas marginales pasamos, para terminar, a las fosas comunes, vestigio de épocas pasadas más turbulentas. Así, Ross nos lleva desde la famosa Cripta de los Huesos, un misterioso osario del siglo XIII situado bajo la Iglesia de la Santísima Trinidad en Rothwell (Inglaterra) que se calcula que alberga los restos de 2.500 personas, hasta la extinta capilla Enon, en Clement’s Lane (Londres), que fue fundada en 1823. En ella, cuenta el periodista, se apilaban hasta el techo los ataúdes de unos 12.000 cadáveres, lo que causó un escándalo en la época que desembocó en la Ley de Entierro de 1852, que cerró los cementerios dentro del área metropolitana de Londres. En 1847 el destacado cirujano George Walker la compró por 100 libras, retiró todos los restos e hizo enterrarlos en el cementerio de Norwood. Con los años, siendo su propietario el empresario George Sanger, la suerte de la capilla fue dispar: de tumba pasó a local de conciertos, teatro, casa de apuestas y, finalmente, sala de baile, antes de terminar siendo demolida.  

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