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Cultura

El ocaso de la crítica

El llamado «caso Uclés», última muestra de la pérdida de influencia de los prescriptores periodísticos

El ocaso de la crítica

Un expositor de periódicos en Manhattan con huecos vacíos. | Taidgh Barron (Zuma Press)

Decir que la crítica periodística no vive un buen momento no es decir nada nuevo. La revolución digital ha provocado cambios drásticos en la prensa en general, en la forma de informar y de informarse. Internet ha dinamitado, entre otras estructuras, los géneros -la crítica es uno de los clásicos- y los formatos que los envolvían. Tan devastadora ha sido la transformación que, en el interminable scroll, ya resulta muy difícil distinguir la opinión de la información.

La prensa ha perdido una función que, hasta la revolución digital, ejercía casi en exclusiva: la autoridad para la prescripción. Algo tan grave como si un médico perdiera el poder de recetar. A la hora de elegir una película, seguíamos la recomendación del crítico; después de ver una obra de teatro o de acudir a un concierto, constatábamos al día siguiente la opinión de la crítica; al elegir una exposición, consultábamos la reseña del experto. Hasta para elegir un restaurante recurríamos a la crítica.

Bien es cierto que también ha cambiado, y mucho, la forma de acercarse -no diré consumir- a la cultura. Al cine cada vez va menos público y las plataformas se han convertido en la principal fuente de acceso a películas y series; la música se escucha a través de streaming e, incluso, la unidad ha pasado de ser el álbum a limitarse a la canción. En cambio, las artes plásticas se siguen disfrutando de forma parecida y cada vez más masiva. Al igual que los libros, en los que el formato papel ha resistido la acometida digital.

Ha cambiado drásticamente el poder y el prestigio de la crítica. La crítica podía hundir un libro, una película o una obra de teatro. O, por el contrario, encumbrar una obra artística hasta hacerla popular. Expresiones como “éxito de crítica y público” se convirtieron en tópicos.

Pero eso ya es historia. ¿Quién prescribe hoy? ¿Una campaña en redes sociales, la opinión de un influencer -creadores de contenido, booktubers, bookstagrammers…-, un usuario a través de un anónimo en Google, capaz de destrozar la reputación de un restaurante? Es como si hubiéramos prescindido del médico y concedido a todos los pacientes la facultad de recetar, e incluso, de autorecetarse a sí mismos.

Quien ha salido ganando en esta transformación ha sido el márketing. Las editoriales lo saben. Con frecuencia, eligen a sus autores utilizando como criterio el número de seguidores que tengan en redes sociales, o añaden a sus catálogos a muy influyentes influencers. Da igual en qué influyan, todo vale, lo que provoca una indiscriminada avalancha de libros de autoayuda.

Parece evidente que estas prácticas han llevado a una frivolización de la cultura. No puedo por menos de recordar el escándalo que provocó en 1987 el entonces joven filósofo francés Alain Finkielkraut cuando publicó La derrota del pensamiento (Anagrama). El pensador denunciaba ya entonces la degradación moral de una sociedad como la europea en la que se consideraba igualmente cultura El Quijote que un slogan publicitario, una ópera de Verdi que un videoclip. De haberlo escrito hoy, hubiera dicho que tan artísticas son Las meninas como El plátano pegado en la pared.

La propia crítica tradicional no está haciendo mucho para superar su crisis. Las recientes acometidas de algunos críticos contra los últimos premios Planeta, o las descalificaciones de autores como David Uclés por la forma de vestir o de comportarse están más próximas al ataque personal que al concienzudo análisis de sus obras.

Estos intentos de los críticos por polemizar, por llamar la atención arremetiendo contra autores populares se escapa del trabajo del analista o preceptor de una determinada obra. Y en ningún caso contribuye a recuperar el prestigio de una labor indispensable, que, por el bien de la cultura, no puede caer en las mismas actitudes de tuiteros e influencers.

Fernando Trueba, que en su momento fue crítico, escribía en su Diccionario de Cine (Planeta, 1997) que «de todas las cosas fáciles que se pueden hacer en la vida, opinar es la más fácil de todas». Hacía notar el director la desproporción entre el esfuerzo de dedicar dos años a hacer una película, aunque sea la peor del año, y el de escribir dos folios sobre ella, por bien escritos y cargados de razón que estén.

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