The Objective
Historia canalla

El 'no a la guerra' de Chamberlain

En ‘Historia Canalla’, Jorge Vilches repasa la trayectoria de personajes polémicos y desmonta mitos con ironía y datos

El ‘no a la guerra’ de Chamberlain

Ilustración de Alejandra Svriz.

El pacifismo falso de Pedro Sánchez solo se puede entender como subterfugio para movilizar a una sociedad que prefiere el idealismo a la realidad dura de la geopolítica. Entre los recuerdos de ese pacifismo electoral hay muchas referencias al no a la guerra de 2003 y a algún paralelismo histórico. Resulta interesante en esta tesitura recordar cómo Neville Chamberlain adoptó la política de apaciguamiento en clave interna para satisfacer a una sociedad británica que prefirió creer que las concesiones y el diálogo impondrían la paz con la Alemania nazi.

Chamberlain y su ‘no a la guerra’ constituyen uno de los nudos críticos de la historia europea del siglo XX. No solo porque desembocó en la guerra que pretendía evitar, sino porque cristalizó un pacifismo inconsciente que redujo la política exterior británica a una apuesta por la buena fe de los nazis en un momento en que este enemigo concebía la política como la fuerza de la voluntad y el arte del engaño.

Creo que el error de Chamberlain no fue simplemente táctico, esto es, una concesión mal negociada, sino que fue algo cultural. Me refiero a que el deseo de paz hizo creer a buena parte de los británicos que el enemigo era razonable y respetable, capaz de tomar el diálogo como instrumento, y que los verdaderos enemigos de la paz eran los que en su propio país alertaban de la peligrosidad del nacionalsocialismo. Ese error se ancló en un pacifismo socialmente extendido pero poco consciente de sus implicaciones, y generó decisiones que, lejos de comprar tiempo útil, abarataron el precio de la agresión y elevaron el coste final del conflicto.

Vamos con los antecedentes. Desde mediados de los años treinta del siglo XX, el Reino Unido vivía bajo el recuerdo de la Primera Guerra Mundial entendida como una «guerra innecesaria» a la que se fue con un engaño que no benefició a la gente común. Esto alimentó un consenso emocional: la paz a cualquier precio. La prioridad era no repetir la carnicería, incluso si ello implicaba revisar el statu quo del acuerdo de Versalles si Alemania lo juzgaba «excesivo» o «injusto». La idea, por tanto, era priorizar la paz incluso con cesiones. En este sentido, Chamberlain creyó que podía reordenar Europa con concesiones y garantías verbales, convencido de que Londres conservaba margen de maniobra y de que la racionalidad del interlocutor respondería a esos incentivos y que se reforzaría con los frenos tradicionales. Fue un error de diagnóstico sobre el carácter del régimen nazi, no solo sobre la correlación de fuerzas.

Chamberlain fue elegido primer ministro el 28 de mayo de 1937, sucediendo a Stanley Baldwin como líder del Partido Conservador. Su mensaje principal fue evitar la guerra como fuera. En su plan mezcló cálculo utilitarista y esperanza moral; por eso, tras alentar el pacifismo como motor de popularidad personal, viajó tres veces a Alemania con la convicción de que la diplomacia del contacto directo y la promesa de rectificaciones territoriales «razonables» lograrían el objetivo supremo: la paz. Sin embargo, mientras tanto, Chamberlain desoyó dos movimientos clásicos. No tuvo en cuenta una alianza con la Unión Soviética, ni llevó a cabo una política de rearme que disuadiera a Berlín antes de septiembre de 1938. Prefirió sacrificar a terceros, como Checoslovaquia, antes que rectificar su política pacifista, que tenía una evidente clave interna.

La crisis de los Sudetes condensa el itinerario de esa ilusión. Hitler usó al Partido Alemán de los Sudetes para provocar una crisis que combinaba los derechos de los pueblos germanos con la violencia. El objetivo era romper la cohesión de Checoslovaquia, un Estado democrático con una base industrial y defensiva de primer orden en las zonas fronterizas. Con Francia paralizada por su crisis política y una Unión Soviética distante y poco fiable a ojos británicos, Londres quiso ser el árbitro. El resultado fue el Acuerdo de Múnich, entre el 29 y el 30 de septiembre de 1938, que fue firmado sin los checos en la mesa de negociación. El resultado inmediato fue que el cinturón fortificado y la columna vertebral industrial de Checoslovaquia pasaran al Reich. Y la consecuencia a medio plazo fue que Hitler vulneró el Acuerdo en marzo de 1939 al ocupar Bohemia y Moravia. En suma: Múnich no apaciguó, sino que envalentonó al enemigo.

Los datos materiales son elocuentes: con la cesión de los Sudetes, Checoslovaquia perdió territorio, población, fortificaciones y capacidad industrial estratégica, como el acero, el cemento y la energía, quedando estratégicamente desarmada. La mutilación no solo quebró un aliado potencial; también transmitió a la Alemania nazi la lección de que el riesgo de desafiar a las democracias europeas era manejable si la presión se envolvía en la retórica de la «autodeterminación» de las naciones oprimidas y en la amenaza velada del uso de la fuerza. Usaron el pacifismo de Chamberlain, que interpretaron como debilidad.

La política de Chamberlain fue posible porque conectó con una cultura pacífica que se volvió inconsciente al confundir medios con fines, es decir, no entendieron que quien quiere la paz debe prepararse para la guerra. Fue así como elevaron el ‘no a la guerra’ a criterio rector, aunque erosionara las condiciones de una paz durable. El mejor termómetro quizá está en la cultura material y visual de 1938-1939. En esos días, el marketing político creó lo que se llamó el «paraguas de Chamberlain», que transformó un objeto cotidiano en el emblema de un «hombre de paz». Apareció en la prensa y en la propaganda con todo tipo de lo que hoy llamamos merchandising para condensar una estética de la calma, la cortesía y la civilidad frente a las botas, cascos y uniformes de los dictadores. Pero esa iconografía, rápidamente satirizada por viñetistas como David Low, se volvió contra su dueño, Neville Chamberlain. La ocupación de Praga por los alemanes el 15 de marzo de 1939 evidenció el fracaso del pacifismo, la fragilidad de una paz de símbolos y palabras, más que en capacidades y alianzas militares.

No se trata de ridiculizar aquel deseo de paz. Lo que conviene subrayar es su inconsciencia estratégica, el carácter irresponsable del sacrificio indirecto, es decir, que otro pague hoy para que nosotros no paguemos mañana, tanto como la psicología del alivio inmediato, la paz para hoy y mañana ya se verá. Ninguno se preguntó sobre los incentivos y la impresión que se creaban en el enemigo, la sensación de debilidad y fortaleza, o la idea de la impunidad. El presentismo fue decisivo.

Eso sí: en cuanto fracasó la política de apaciguamiento, la popularidad de Chamberlain cayó en picado. Se pasó del culto al «umbrella man» al sarcasmo y el desprecio al personaje del «Mein Kampf», conforme la realidad desmentía la promesa. No obstante, tampoco la sociedad pacifista que había aplaudido el ‘no a la guerra’ de Chamberlain asumió su responsabilidad.

La discusión sobre la política pacifista de Chamberlain ha sido muy amplia. Las lecturas del Acuerdo de Múnich se han movido al ritmo de cómo los británicos se imaginaron a sí mismos, desde la condena moral de Guilty Men (1940, lit.: «hombres culpables») y el relato épico de Churchill, que requerían personalizar culpas para galvanizar al país en guerra, hasta las interpretaciones posteriores que veían en el apaciguamiento la prudencia de una potencia en declive y en Chamberlain un realista que compró tiempo para rearmar. Actualmente, se insiste en que no se trabajó el rearme como elemento disuasorio, ni las alianzas estratégicas. El problema central fue que se subestimó al nacionalsocialismo y se sacrificó la lógica del equilibrio de poder.

Desde esa perspectiva, el «pacifismo inconsciente» es un concepto útil para leer el ‘no a la guerra’ de Chamberlain. Es el punto ciego de una sociedad que buscó legítimamente la paz, pero que creyó que podía mantenerse al margen de la guerra con solo mirar hacia otro lado. Los británicos construyeron un consenso emocional para convencerse de que las cesiones y el diálogo podían contener al enemigo. Muy pronto eligieron a su hombre de paz con su símbolo, convirtiendo el paraguas en la metáfora perfecta: protegió contra la lluvia, pero fue incapaz de detener la tormenta.

Al volver la vista a 1938, vemos que Chamberlain hizo suya la sensibilidad mayoritaria de los británicos de evitar otra guerra, y la tradujo en una estrategia que confundió deseo con análisis. Cuando Churchill dictó su célebre veredicto —«entre la guerra y la deshonra, escogieron la deshonra, y tendrán guerra»— no describía solo un error diplomático, sino el cortocircuito entre intenciones morales y consecuencias estratégicas que anida en todo apaciguamiento.

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