Juan Gabriel Vásquez: «El buen periodismo es esa gota que va horadando la piedra»
Conversamos con el escritor colombiano sobre ‘Esto ha sucedido’, un libro de columnas donde reflexiona

Juan Gabriel Vásquez.
Luego del éxito de su novela, Los nombres de Feliza, el escritor colombiano Juan Gabriel Vásquez (Bogotá, 1973) llega a las librerías españolas con Esto ha sucedido (Alfaguara, 2026) una compilación que reúne casi cinco años de columnas escritas en el epicentro de lo que él llama «el mundo de la posverdad y la pospandemia», un tiempo en que las mínimas certezas necesarias para poder decir, con Camus, «esto ha sucedido» parecen haberse desvanecido.
Desde febrero de 2021, cuando escribe el primer texto, hasta la actualidad, Vásquez observa cómo se consolida algo más que una simple inflación de mentiras políticas: la ruptura de una realidad común y la rentabilidad del caos como proyecto compartido por los nuevos autoritarismos y los plutócratas de la tecnología.
Las columnas, agrupadas en tres grandes bloques —Instrucciones para no ser sonámbulos, sobre verdad y mentira; Cuidado: aquí hay historia, centrado en la historia y la violencia latinoamericana; y El arte no es un lujo, dedicado al lugar del arte— dibujan un mapa de estas transformaciones y articulan una defensa del periodismo y del humanismo en un paisaje dominado por la desinformación, el tribalismo y la velocidad de los algoritmos. Desde ahí, y siempre con su doble mirada de novelista y columnista, Vásquez reivindica la conversación, la complejidad y la diferencia entre verdad y mentira como condiciones indispensables para cualquier democracia que aspire a seguir siéndolo. En THE OBJECTIVE, pudimos conversar con Juan Gabriel Vásquez sobre esta novedad literaria.
PREGUNTA.- Tu nuevo libro es de tu columnas publicas. Empiezas el libro reuniendo columnas solo desde 2021, aunque escribes desde 2007. ¿Por qué este corte y por qué ahora?
RESPUESTA.- Hay varias razones. La primera es una noción que cada año se me ha ido haciendo más clara: a partir de 2016 nuestro mundo cambió radicalmente. Cambiaron nuestra manera de describir la realidad visible, la relación que tenemos con la verdad y la mentira y nuestra manera de contar historias para explicar el mundo en que vivimos. Después tuve la impresión de que, tras la pandemia, hubo una nueva vuelta de tuerca de esas transformaciones. Se instaló una desconfianza nueva en las democracias occidentales, desconfianza entre ciudadanos y Gobiernos, de los Gobiernos hacia los ciudadanos, y de los ciudadanos entre sí. Todo eso envenenó aún más un clima de conversación que ya venía siendo muy difícil de sostener. En medio de todo eso me pregunté: ¿por qué sigo escribiendo artículos de mil caracteres, relativamente complejos, que respetan los matices, que aspiran a estar bien informados y a ser estudiosos? La respuesta me llevó al título del libro y es que hoy, lo que hace el periodismo que me interesa, como dice La peste de Camus, es decir «esto ha sucedido» cuando ves que, en efecto, esto ha sucedido. Eso se ha vuelto lo más difícil e incluso algo subversivo. Quise que el libro se leyera como el diario de un observador, pero también como una defensa del mejor periodismo como lugar de resistencia frente a esa conjura de fuerzas y como una manera de interrogar la dificultad que tenemos hoy para mirar la realidad con clarividencia y contar lo que pasa.
P.- En el libro hablas de cómo se mezclan verdad y mentira hasta erosionar las democracias. ¿No habría que refundar el concepto de verdad?
R.- No sé si somos capaces de ponernos de acuerdo sobre lo que es la verdad; es un concepto escurridizo, incluso para quienes decimos que la buscamos. Pero sí creo que hay algo irrenunciable y es la noción de una realidad común. Todos describimos esa realidad según nuestras convicciones políticas, religiosas, biográficas, de manera distinta, pero la realidad común existe. Y eso es precisamente lo que ha saltado por los aires. Una de las principales consecuencias de nuestra vida en redes sociales ha sido hacer estallar la noción de una realidad objetiva y compartida. La primera consecuencia, que es muy meditada, no accidental, ha sido encerrar a cada usuario en una realidad que solo él ve, creada por algoritmos a partir de su perfil digital. En función de nuestro sexo, edad, raza, lugar donde vivimos, historial de consumo, opiniones políticas, el tiempo que pasamos en una página u otra, entonces se nos da una versión del mundo que no es la misma que la de nuestro vecino. Eso es nefasto para la democracia, que depende de la negociación y el diálogo. No se puede negociar bien entre ciudadanos si no estamos viendo la misma realidad. La ruptura de la conversación política, la crispación constante, la polarización, todo eso tiene que ver con que lo que llamábamos realidad común ya no existe.
P.- A esa ruptura de la realidad compartida le sumas una «conjura» entre populismos y plataformas tecnológicas. ¿En qué te basas para afirma eso?
R.- Con los años he visto cómo se afianza una relación que me parece perversa y nefasta entre los populismos, los autoritarismos tipo Donald Trump y las plataformas tecnológicas, esas plutocracias tipo Elon Musk. Me pareció que nuestra relación con la realidad visible se había deteriorado tanto y que era tan evidente que todo formaba parte de una gran conjura de intereses muy oscuros entre autocracias y plataformas tecnológicas, que ahí había algo que examinar. Una parte de esa conjura consiste en desacreditar sistemáticamente a los intermediarios, entre ellos el periodismo. El gran éxito del lado oscuro de la fuerza, de gente como Musk o Trump, ha sido convencer al ciudadano de que ya podemos prescindir de los medios tradicionales porque son elitistas y venales, y que todo el periodismo que vale la pena se hace con un teléfono móvil desde la calle. Yo no creo eso.
P.- Pero al mismo tiempo eres crítico con los medios. ¿Hasta qué punto el periodismo no ha caído en la lógica de las redes?
R.- El periodismo se equivoca cuando empieza a jugar al mismo juego, con las mismas reglas, que las redes sociales. Cuando acepta que todo se rige por la captura de la atención, por el clic, por esa medición perversa de cada segundo de nuestra mirada. He tratado de no ceder a la idea de que el periodismo tradicional atraviesa una crisis moral irremediable. Creo que el periodismo tradicional hace a día de hoy una labor extraordinariamente difícil, acosado desde muchos flancos. Desde Milei, que llama a los periodistas «hijos de puta»; desde Trump, que los llama «enemigos del pueblo»; desde Gustavo Petro, que a las periodistas que no le gustan las llama «muñecas de la mafia» y a los periodistas que no le gustan «nazis»; todos están sometidos a campañas muy organizadas de desprestigio. Yo quiero hacer lo contrario, reivindicar el periodismo tradicional y decir que, cuando está bien hecho, se convierte en un lugar de resistencia muy valioso frente a esas conjuras entre autoritarismos y plutocracias tecnológicas. Nadie tiene que explicarme que el periodismo puede falsear la realidad, ser sesgado o venal; pero también sé que los buenos periodistas son irreemplazables. Tienen una deontología, una ética, y están dispuestos a jugarse cosas muy serias por decir la verdad, aunque sea una verdad inevitablemente sesgada. El problema es cuando ese periodismo serio empieza a trabajar en función del clic. Ahí empiezan muchos de los errores.
P.- Tú no estás en redes sociales. ¿Cómo te relacionas entonces con ese universo que tanto analizas en el libro?
R.- Aunque no esté en redes, no soy inmune a ellas. Por las mecánicas extrañas de la comunicación moderna, las conversaciones en redes se filtran en la prensa: una noticia cita un pantallazo de Twitter o de X como si fuera una fuente más. Así que esas conversaciones nos llegan incluso a los profanos, a los que estamos fuera. Y luego está la otra parte: la transformación de la sociedad es visible para cualquiera que tenga las antenas paradas. Si ves que la gente está más crispada, que las conversaciones están más envenenadas, que la intolerancia sube, que las emociones tristes como el odio, la envidia, el rencor o el miedo dan forma a la vida política, te preguntas por qué está pasando eso. Si te haces esa pregunta y te dedicas a investigar, llegas a las redes y a las plataformas. Lees a gente que está pensando esto con más conocimiento que uno como Marta Peirano, Jaron Lanier y su panfleto tan útil, o a Shoshana Zuboff con la era del capitalismo de vigilancia, entre tantos otros. Entonces ves que la realidad se ha transformado delante de nuestros ojos. Si uno consigue verla, empieza a hacerse preguntas y acaba llegando a las conclusiones que atraviesan el libro.
P.- Citas también a Martín Caparrós en relación con la responsabilidad de la tecnología en el voto o en las decisiones políticas. ¿Hasta qué punto no estamos exagerando el poder de los algoritmos?
R.- Caparrós advierte contra esa tendencia de culpar de todo a la tecnología o a la decadencia de la educación, porque a veces eso es también un modo de renunciar a buscar soluciones. Coincido en que no se trata de decir que la gente vota mal porque la manipulan unas máquinas, pero eso no nos exime de examinar cómo se ha modificado el terreno sobre el que se toman esas decisiones. Mi pesimismo, que es un pesimismo de constitución, como digo en el libro, tiene que ver con constatar que muchos de los escenarios que temía se han cumplido. Durante la pandemia, por ejemplo, me preguntaron si creía, como se repetía entonces, que nos iba a hacer mejores, más solidarios, más conscientes de lo público y del medio ambiente. Yo escribí que nada de eso iba a pasar, que la pandemia nos iba a crispar más como sociedades, nos volvería más desconfiados, reforzaría los nacionalismos y los encierros, y provocaría guerras y pobreza. Y, lamentablemente, eso es lo que hemos visto.
P.- Dices que escribes columnas «para tener razón», como una forma de proselitismo. ¿Cómo se traduce eso en tu trabajo?
R.- Uno escribe para convencer. Para mí, el artículo de opinión es un acto de proselitismo. No escribo columnas para hacerme preguntas en público, sino para poner una respuesta posible sobre la mesa y tratar de convencer al lector de que esa respuesta tiene sentido. Ese impulso es radicalmente opuesto al que me mueve al escribir novelas. Las novelas las escribimos para averiguar, para descubrir; las escribimos desde la incertidumbre y la ignorancia. Las columnas las escribo desde una ilusión de certidumbre, desde la idea de que tengo, aunque sea por un momento, una respuesta. Es un gesto arriesgado porque nos equivocamos y cometemos excesos. Por eso trato de escribir desde un lugar de equilibrio y justicia, manteniendo mis opiniones pero intentando ser justo, no sectario, no entender la política como una actividad de tribu. Lo triste, al componer el libro, ha sido comprobar que, cuando esas columnas han anticipado el futuro, las que han acertado más han sido las menos optimistas, las más escépticas sobre nuestra capacidad de actuar éticamente en tiempos confusos.
P.- Volvamos a las plataformas. Hablas de falta de transparencia y de la resistencia a cualquier regulación en nombre de la libertad de expresión. ¿Cómo ves ese debate?
R.- Creo que falta transparencia de manera clamorosa. Desde sus comienzos —pongamos como fecha arbitraria el 2010—, las plataformas han trabajado en la sombra absoluta, amparadas por un discurso muy exitoso: que regularlas, exigirles transparencia o investigar sus mecanismos internos era una forma de atentar contra la libertad de expresión y de pensamiento, y contra un supuesto mundo nuevo de comunicación más democrática. Ese ha sido su gran éxito: la idea de que las redes sociales eran conquistas democráticas llamadas a horizontalizar la conversación y eliminar elitismos, y que cualquier intento de regular lo que se dice allí era censura. Bajo ese paraguas se ha producido un caldo de desinformación, calumnia, mentira política y teorías de la conspiración que han destrozado la convivencia y envenenado nuestros comportamientos democráticos y ciudadanos, con total impunidad. La frecuencia con la que aparecen whistleblowers diciendo «Zuckerberg sabía desde el principio que Facebook estaba programada para tener ciertas consecuencias en la mente de un adolescente, y no hizo nada» es reveladora. Cada cierto tiempo hay un pequeño escándalo, no pasa nada y seguimos igual.
P.- Ante esa impunidad, ¿qué puede hacer el periodismo? ¿Sirve de algo denunciar si parece que nunca pasa nada?
R.- Entiendo el desaliento. Nos enteramos de cosas gravísimas, todo sale a la luz y, sin embargo, no pasa nada, pero sigo pensando que es absolutamente necesario seguir dando la discusión, seguir alimentando el conocimiento de la gente y haciendo que los ciudadanos tomen conciencia de lo que está ocurriendo. Solo así, quizá, se crearán o se inventarán organismos capaces de regular esto. Parte de lo que vamos a ver en los próximos años, creo, es una toma de conciencia ciudadana sobre lo que ha estado pasando sin que la gente se enterara. Es un proceso lento que exige tiempo y ponerse en situación de permeabilidad ante informaciones impopulares que nadie quiere oír. El buen periodismo es esa gota que va horadando la piedra. Si no quiero caer en el cinismo absoluto, tengo que creer en eso.
P.- Hay una figura que recorre el libro y que conectas con el buen periodismo, el fotógrafo colombiano Jesús Abad Colorado. ¿Qué significa para ti?
R.- Me dio mucho gusto tener esa figura en el libro. Jesús Abad aparece dos veces. Una a propósito de su libro El testigo y otra cuando lo cito para abrir un discurso ante alumnos del Máster de Periodismo de El País. En ambos casos, lo que me interesa de él es algo muy sencillo y muy radical. Su decisión de erigirse en testigo. Es alguien que observa y dice «he observado esto». Eso ya me parece revolucionario en un momento en que hay fuerzas extraordinarias que invierten mucha energía, tiempo y dinero en crear un mundo donde ya no sea posible decir «he visto esto y lo cuento». Después de publicar el libro hubo tres casos muy seguidos que me dejaron en estado de pánico. El primero fue el de la mujer asesinada por agentes del ICE en Minneapolis mientras intentaba alejarse y donde el relato oficial decía que intentaba atropellarlos y segundo, el caso del enfermero Pretti, al que matan también agentes, y luego se dice que tenía una pistola cuando tenía un teléfono. Por último, Trump en Davos hablando de Groenlandia —Greenland— y confundiendo con Iceland —Islandia—, y la Casa Blanca negando su error con argumentos absurdos. Todos vimos lo que pasó, pero cuando una autoridad narrativa tan fuerte como la Casa Blanca o un Gobierno nos dice «usted no ha visto lo que ha visto», estamos ya en territorio de 1984, de las distopías. ¿Qué se puede hacer? Artículos como estos. No veo muchas más opciones.
P.- Por otra parte, el mundo anglosajón y europeo está empezando a entender como novedad cosas que América Latina ha conocido siempre. ¿Lo ves así?
R.- Sí, es interesante ese movimiento. Hay algo casi irónico en que el mundo descubra ahora, a través de Estados Unidos, lo que significa que un poder político te diga que lo que has visto no ha ocurrido, que manipule la realidad de forma descarada. Eso que hoy escandaliza cuando lo hace «el gran monstruo imperial» es algo que en América Latina y en muchos otros países venimos sufriendo desde hace mucho. Que el centro del imperio experimente esa distorsión quizá ayuda a que el resto del mundo comprenda mejor lo que nos ha pasado a nosotros.
P.- El libro está dividido en tres partes y dices que la última, la literaria, es la que más te interesa. Escribes sobre Zweig y Montaigne y el concepto de uno mismo. ¿Qué te interesaba de ahí?
R.- No es que las otras no me interesen, pero vivimos sumergidos en la actualidad y a veces uno necesita salir de ella. La tercera parte me permite volver a mi territorio natural de la literatura, el arte, las vidas de los libros. En la columna sobre Stefan Zweig escribiendo sobre Montaigne hablo de dos ideas que me obsesionan: la necesidad de «ser uno mismo», de conocerse para estar en el mundo, y la reflexión sobre la libertad de expresión. En esa columna que, para muchos fanáticos, la libertad de expresión consiste en exigir que los demás se callen para que sus ideas no interfieran con las suyas. Lo vemos hoy en los intentos de Musk, Zuckerberg o Sam Altman de liberarse de cualquier regulación estatal, ya que defienden una idea de libertad de expresión que, en realidad, es la libertad de imponer su propio sesgo ideológico. Creen en la libertad de expresión hasta que las ideas vienen del feminismo, del colectivo trans, de la defensa de Palestina… Entonces la libertad ya no les parece tan divertida y aparecen la censura y la cancelación. Son contradicciones muy características de nuestro momento político.
P.- Esa columna te sirve también para hablar del yo en la escritura. ¿Cómo evitar que hablar de uno mismo se convierta en narcisismo en una época tan ególatra?
R.- Creo que lo que hay que perseguir es el fenómeno de mirar hacia afuera. Incluso los escritores que más asociamos con la primera persona, con el yo, en los casos que a mí me interesan, utilizan ese yo para asomarse por la ventana y mirar a los otros. En mis escritores favoritos, escribir en primera persona significa interesarse por los otros, hacer el viaje para ser otro. Proust es el ejemplo perfecto: un yo obsesivo que reflexiona sobre sus pensamientos, pero que en cada página te está enseñando a mirar a los demás, a prestarle atención a lo que les pasa por dentro. Hay una idea que recorre todo el libro, aunque no aparezca formulada, y es que estamos fatalmente encerrados en un solo punto de vista. Una de las pocas maneras que hemos inventado para romper ese encierro es el arte. Toda la tercera parte del libro se justifica desde ahí en mis lealtades como lector, como espectador de arte y en los entusiasmos que intento compartir. Todo gira en torno a la idea que da título a ese capítulo: el arte no es un lujo. Es de una urgencia política enorme que lo convierte en objeto de primera necesidad para romper los encierros a los que nos someten las demás formas de estar en el mundo.
P.- Dices que el arte es una urgencia política porque permite «dar el salto hacia la conciencia del otro». ¿Cómo lo entiendes?
R.- Proust decía que podríamos desarrollar alas y otro sistema respiratorio y viajar a planetas lejanos, pero si conservamos la misma mirada no habríamos salido de nosotros mismos. Solo el arte nos permite cambiar de mirada. Nos permite instalarnos en una realidad y verla a través de un punto de vista que no es el nuestro. Eso es lo que pasa cuando leemos a Virginia Woolf o a Dostoyevski, o cuando nos detenemos frente a Las meninas de Velázquez porque, durante un momento, miramos el mundo desde un lugar que no es el nuestro, con una mirada prestada. Ahí empezamos a averiguar qué se siente ser otra persona, y eso no es una tontería de libro de autoayuda, es una urgencia política. Antes, cuando todos veíamos la misma realidad, al que pensaba distinto lo llamábamos contradictor. Ahora, como cada uno vive en una realidad distinta, ya no creemos que el otro tenga otra opinión, ahora creemos que miente, que es deshonesto y que es el enemigo. Ahí es donde se envenena una sociedad. El arte es una de las pocas herramientas que nos quedan para combatir ese envenenamiento.
P.- En la parte final también aparece la inteligencia artificial, que te preocupa mucho. ¿Cómo ves su impacto sobre el escritor?
R.- Pienso dos cosas. La primera es que va a tener un impacto nefasto en el aspecto económico de nuestro oficio. Creo que la generación de mis hijas probablemente será incapaz de ganarse la vida con su creatividad y su talento, porque la competencia de una inteligencia artificial capaz de construir un relato coherente sin la menor originalidad, pero con la mayor eficacia, va a ser brutal. La segunda es un consuelo, un consuelo imbécil si se quiere, pero consuelo al fin, y es que la inteligencia artificial, por definición, es incapaz de crear de la nada. Es incapaz del accidente y del azar, que son cosas muy valiosas en la creación artística. La inteligencia artificial crea a partir de lo que ya existe.
P.- ¿Y qué papel juega ese azar en la historia de la literatura?
R.- Pensemos en la segunda parte del Quijote. Cervantes publica la primera parte, tiene un éxito enorme, y aparece un imitador, Alonso Fernández de Avellaneda, que saca su propia versión con los mismos personajes. Cervantes, de pura rabia, escribe la segunda parte para vengarse, para recuperar a sus criaturas. Es esa segunda parte la que hace del Quijote la obra maestra que anticipa la novela moderna. Eso es fruto del azar, de un accidente histórico y biográfico. En poesía, siempre cito un verso de W. H. Auden: escribió en inglés «the poets know the names of the seas», «los poetas conocen los nombres de los mares», y lo mandó a imprenta. Cuando volvió a ver las pruebas, el maquetador se había equivocado en una letra y había puesto «the ports know the names of the seas»: «los puertos conocen los nombres de los mares». Auden lo vio y dijo: «Es mucho mejor que el mío», y lo dejó así. Eso es un accidente, exige un factor de azar humano. Así es como el arte ha abierto caminos nuevos, llevándonos a comprender zonas de la condición humana que antes no comprendíamos. La inteligencia artificial no es capaz de eso. Ese es mi consuelo. No sirve para proteger el modo de vida de los escritores, pero demuestra lo importante que es la intervención humana en el arte.
