Soledad Puértolas y la poética de ‘En el camping’
La escritora explora en su nuevo libro de relatos la cotidianidad, las ausencias y las pequeñas transgresiones de la vejez

Soledad Puértolas.
«Las desapariciones son esenciales en la vida» nos dice la escritora y académica de la Real Academia Española, Soledad Puértolas (Zaragoza, 1947). Lo dice sin dramatismo y enuncia un hecho cotidiano. Y lo son en sus cuentos, estos que componen su nuevo libro titulado En el camping (Anagrama, 2026). «Son los cuentos que he escrito en este trozo de mi vida, mientras tengo una novela en desarrollo», afirma la autora en entrevista con The Objective.
«Siempre desde pequeña he escrito», recuerda. Primero fue «un refugio, como algo que te aísla de la realidad», y poco a poco se convirtió en «un instrumento de estar en la vida. La escritura se va construyendo, no es que hay un día que dices, ‘ah, esto es así’, sino que te va formando a lo largo de los muchos años», nos explica hasta llegar a una certeza íntima: «Mi vida ha salido de aquí y, a partir de la escritura, yo me relaciono con el mundo. Es una manera de estar, de intentar entenderlo, de intentar encontrar algún sentido a todo lo que me rodea».
Su rutina actual es sencilla y obstinada. «El proceso es sentarme todos los días frente a una pantalla vacía o semi llena y seguir y seguir escribiendo historias». El soporte, ya sea a mano o en ordenador, le importa poco: «El lenguaje se manifiesta como quieras. Menos mal, el lenguaje es una persona, por llamarle persona, bastante asequible».
Cuando distingue entre cuento y novela, lo hace en términos de disposición interior. «Yo sé cuando estoy en actitud de novela porque la escojo e intento sumergirme en un mundo más lento», dice. La novela que está terminando «tiene quince años; y claro, en quince años vas cambiando y va cambiando la novela». El cuento, en cambio, tiene «un lapso de desarrollo mucho más corto, abarca menos» y se parece a «unos fogonazos». «El cuento tiene un desarrollo muy minimalista, muy intenso, que a veces parece que no pasa nada, pero sabes tú qué está pasando, que hay una densidad allí», explica.
En ambos casos, el pistoletazo de salida para Puértolas es el mismo: «El impulso de escribir para mí es poético». Lo define como «una búsqueda de algo distinto, algo en lo que me sienta más alejada e inspirada, como si estuviera en otro mundo». De ahí que se sienta «muy cómoda en los cuentos, porque están más cerca de mi primer impulso», aunque reconozca que «la novela te ofrece una acogida y te garantiza un tiempo, y eso es muy agradable; ya que tienes un espacio propio».
Sobre las teorías del cuento, se aparta de ellas con suavidad. «No tengo una teoría del cuento, no parto de ninguna», afirma. Se ríe de esa definición ajena que a veces recibe: «Yo soy muy mental, sin embargo, no me gusta que la escritura de un cuento sea un juego por el juego». Le divierte escribir: «Me lo paso bien y estoy jugando a la vez». Lo que busca en cada relato es «coger un matiz de la vida y resaltarlo». Por eso, mirando el libro en su conjunto, concluye: «En este libro veo que mi acercamiento a cada una de las escenas es realmente distinto. No hay una fórmula; por lo menos yo no la veo y no la he seguido».
Lo que sí hay es un hilo conductor. Lo vemos en lo cotidiano y en lo que falta en esas acciones diarias. «Para mí la cotidianidad es muy importante en estos cuentos» y también «esas cosas que se dejan de decir, esas ausencias». De los diez relatos dice que los escribió a partir de su último libro de cuentos y lo que ve en común en ellos es «la búsqueda de lo extraordinario o de lo poético en todos ellos, pero a través de escenas muy distintas de la vida».
El primer cuento arranca con unas amigas que dejan de verse durante la pandemia. «Ya tienen una edad donde romper una costumbre es muy difícil de recuperar», explica. El reencuentro, tiempo después, está lleno de reproches soterrados que acaban disolviéndose: «Creían haber perdido eso que las unía y, sin embargo, de repente, se borran los reproches al verse, porque las dos son personas que siguen buscando». Lo que buscan, dice, es «ese punto extraordinario que creen haber tenido, que es lo que las ha unido durante toda su vida». Y cuando duda si eso es solo un matiz, se corrige: «La búsqueda es un matiz muy importante de la vida».
En otros cuentos tira de materiales que la acompañan desde hace décadas. «Cojo una leyenda antigua aragonesa, que es mía, que me la inventé hace años. También nos cuenta de sus personajes masculinos y de donde nace una de sus afirmaciones más rotundas: Nadie es anodino. Yo esa palabra no la entiendo. Sí que puedo entender ‘esta persona es un aburrida’. Los aburridos no me interesan nada, porque no comunican nada», afirma, «pero los anodinos no existen, no hay, todo el mundo tiene algo extraordinario».
Cuando Puértolas habla de En el camping, el cuento que da título al libro, denota un cariño especial: «Es mi preferido, por eso lo escogí para titular estos cuentos». En particular este relato condensa varias obsesiones de la autora. «Me gusta el tema de la memoria, de cómo el nombre de una persona siempre está allí hasta que se pierde, hasta que la persona deja de estar. Y ahí está la ausencia, está el tema de la desaparición». Relaciona esa fijación con su momento vital: «Quizás son cuentos muy ligados al momento de la vida en el que estoy. Ya con 79 años recién cumplidos, pues quieras que no, recapacitas. Es algo muy natural».
Son relatos, insiste, que «no podían haber sido escritos en la juventud, ya que han necesitado una vida». Ademas, formula las preguntas que atraviesan el libro: «Te das cuenta de que ha habido personas en tu vida que han desaparecido. Las desapariciones son esenciales en la vida. ¿Qué haces con ellas? ¿Qué haces con los huecos que dejan las personas que se van?». Unas, añade, «fatalmente para siempre, que te las arrebata la muerte»; otras, «por circunstancias que no dependen de ti y otras, incluso, porque las has apartado de tu vida», afirma. «Hay mucho de mí, de la curiosidad por las personas que me han rodeado y que ya no están», reconoce. «Hay parte que puede haber sucedido, parte que no ha sucedido para nada. Es ahí que el escritor inventa».
En cuanto a los personajes masculinos, asegura que tiene arquetipos claros: «A la hora de la escribir tengo modelos de hombres y es que conozco muchos hombres así como los que relato en mis personajes». Habla de esos maridos que «andan en pijama todo el día después del COVID y ya no se quitan esa ropa, o que nada más hablan con sus hermanas y de sus enfermedades. Esto no es tan inverosímil, conozco gente que le ha pasado esto», comenta. Aunque no los considera prototipos, estos personajes sí son «bastante cercanos a la realidad».
Defiende, con igual énfasis, la importancia de los personajes secundarios: «Yo creo que los personajes secundarios son los que nos dan la pauta de la realidad, porque trazan los límites. Si hay un portero, ya ves la casa, aunque no necesites describir la casa; si hay un portero, es que hay una casa y hay pisos», afirma. «La manera en que el protagonista se relaciona con esos peones dice más de él que cualquier descripción. La conversación que se tiene con los personajes secundarios te definen el personaje principal», concluye.
Cuando conversamos sobre la vejez, matiza la idea que le planteo sobre la rigidez mental que se va adentrando a medida que envejecemos. «Yo creo que en la mente puede hacerse mucho más elástica». Desde fuera, reconoce que la edad «te limita mucho, porque tienes menos movilidad, menos energías» y «la dependencia es terrible, es lo peor, como idea», pero en personajes como la protagonista de uno de sus cuentos -una señora que entra en el Café Gijón, se fuma un cigarrillo en la barra y recuerda ese momento con una felicidad intensa- ve una compensación y es que «las pequeñas transgresiones de los personajes que ya son mayores me gustan».
La RAE y el ego
Cuando la conversación gira hacia el ego de los escritores a propósito de uno de los cuentos, ella desplaza el foco: «Cada uno hace lo que puede con el ego, pero mejor vamos a hablar de la vanidad. La vanidad es muy mala», así que distingue, «una cosa es ser presumido, ahora, ya el creértelo, el ponerlo como en el colmo de tu vida, el estar siempre en primera fila, todo eso es que no. Con la edad eso no te interesa, a mí por lo menos». Y aunque admite que todos queremos oír «qué maravilla, nunca he leído una cosa así», enseguida relativiza, «sabes muy bien que cuando lo dicen, luego se lo dicen a otro escritor que no tiene nada que ver contigo y que a ti te parece espantoso», se ríe. Para ella, lo importante es «disfrutar de los éxitos cuando se tienen, poner los fracasos en su debido sitio y tratar de alcanzar esta sabiduría interna», porque no lograrla con la edad «sí que sería un gran fracaso» de su vida.
Su experiencia en la Real Academia Española ha reforzado ese punto de vista. «La experiencia en la Academia, desde el punto de vista de hablar de las palabras, es muy rica, muy interesante». Soledad Puértolas comenta que va «con ilusión» a las comisiones, donde discuten «palabras nuevas o palabras que ya están en el diccionario pero que no están adecuadamente descritas dadas los cambios sociales o históricos». Ahí ha aprendido «la enorme diferencia que hay entre unos y otros en el uso de las palabras». La definición, concluye, «es todo un compromiso y es un sistema siempre insatisfactorio, como todo compromiso». Por eso, su gran aprendizaje es asumir que «es incompleto todo» e insiste, «ya una vez que sabes eso, eres más benigno, porque sabes que no se puede dejar a todo el mundo satisfecho».
Para una escritora que se define como alguien que lleva «una vida solitaria» y cuyos fundamentos «son las palabras», la Academia le ha dado «una perspectiva desde fuera del lenguaje. Tú estás dentro y luego desde fuera parece que tú ya no existes ahí», comenta. «Es casi una lección de humildad, ver a otras personas que te miran no como escritora, sino como una persona que está allí participando de esas conversaciones. En ese momento eres una persona que discute».
El presente y la literatura
En cuanto al presente convulso y las nuevas identidades, Soledad Puértolas no se aventura en pronósticos: «No tengo ni idea, eso sí que no lo sé», admite. Lo que sí considera «casi lo más amenazante, por así decirlo, a la literatura» son «todos los textos que fabrica la inteligencia artificial». Le inquieta esa posibilidad de que, con suficiente información sobre un autor, se pueda «escribir una novela como ese escritor». «Vivimos en un momento de perplejidad absoluta», dice; «no sabemos a dónde nos lleva todo este desarrollo de la inteligencia artificial».
Al mismo tiempo, precisa: «Parece que no crea, que no piensa, que todo lo que hace son cálculos de probabilidades; por cuanto más información tiene, más completo es». Sabe que hay personas que mantienen «conversaciones interesantísimas, filosóficas» con estas plataformas, pero le incomoda que «siempre te da la razón» admite y añade que «algunas personas esto lo consideran manipulación», aunque recuerda que «la manipulación ha existido siempre en la historia del ser humano».
Frente a ese escenario sostiene que «la inteligencia artificial no crea de la nada, tienes que dar una instrucción para que ella cree o un texto para que ella crezca; todavía no está el fogonazo, así que el fogonazo se lo damos nosotros». Ese fogonazo, ya sea poético o vital, es el que la autora sigue buscando en cada cuento y en la novela que lleva escribiendo desde hace quince años. De esa novela ha ido dejando pistas como las migas de pan en Hansel y Gretel: «Es como esos dibujos que dicen ‘descubra las diferencias’ y te ponen dos dibujos; yo ya he dado pistas de esa novela, pero nadie se debe dar cuenta», confiesa.
El personaje central de esta nueva novela se llama Mauricio y «es el personaje que llevo dentro de mí, un escritor de novelas juveniles que va contando ráfagas de su vida», explica. Aparece en su libro La novela olvidada en la casa del ingeniero, «él recibe un manuscrito, pero él es un escritor de novelas juveniles», y también en el cuento de esta compilación titulado Los escritores que hablan de sus vidas, donde es él quien narra.
Al final, cuando se le proponemos una definición de sí misma, rehúye las etiquetas fijas: «Esto de definirse ya no me apetece nada, eso es antiguo, esa necesidad de identidad. La identidad llega a un punto que dices, ‘¿dónde estará esta identidad? Yo no la veo’». Y, sin embargo, nos concede un deseo: «Bueno, si he de ser, que sea poética».
