'Marty Supreme', la vida es un partido de ping-pong
La película de Joshua Safdie recrea las andanzas de un campeón de tenis de mesa interpretado por Timothée Chalamet

Timothée Chalamet en 'Marty supreme'. | Diamond Films España
Cuando dos hermanos que firman juntos sus películas se separan e inician carreras en solitario se desvela cuál era el listo y cuál era el tonto. Ha sucedido con los Coen: de momento, yendo por libre, Joel gana por goleada a Ethan. La otra pareja de hermanísimos del cine yanqui son los Safdie, que juntos han firmado acelerados thrillers neoyorquinos como Good Time (con Robert Pattinson) y Diamantes en bruto (con Adam Sandler), no aptos para espectadores con propensión a la taquicardia. Ahora también han decidido separarse artísticamente y de momento han dirigido un largometraje cada uno, estrenados con unos pocos meses de diferencia.
En octubre del año pasado llegó a los cines españoles The Smashing Machine de Ben Safdie y este viernes se estrenará Marty Supreme de Joshua Safdie. La comparativa entre ambos es interesante, porque tienen algunos elementos en común —los dos juegan con temática deportiva y están inspirados en personajes reales—, aunque sus resultados so diametralmente opuestos.
The Smashing Machine recrea la vida del luchador Mark Kerr, una figura al parecer legendaria de una modalidad de artes marciales mixtas que gozó de mucho éxito en Japón y de la que es probable que no hayan oído hablar en su vida. Al tipo, que aparece en persona al final de la cinta, lo interpreta Dwayne Johnson con pelo, prótesis faciales y aspiraciones a demostrar que, además de ser un héroe de acción apodado La Roca, también puede ser un actor dramático solvente. Esto último lo consigue solo a medias, en una película que naufraga por las vías de agua en su progresión dramática y porque el pretendido drama existencial del protagonista, incapaz de digerir una derrota, tiene un interés tirando a nulo.
Como debut en solitario The Smashing Machine es decepcionante, aunque hay que apuntar que Ben Safdie tiene una carrera paralela como actor, en la que ha interpretado papeles secundarios notables, entre los que destaca el político gay con doble vida de Licorice Pizza de Paul Thomas Anderson y el físico nuclear de Oppenheimer de Christopher Nolan.
Llega ahora Marty Supreme de Joshua Safdie, muy superior a la cinta de su hermano. En su caso se inspira en las andanzas juveniles en los años cincuenta del pasado siglo de un campeón de ping-pong neoyorquino llamado Marty Reisman, relatadas en unas memorias tituladas The Money Player. Sin embargo, mientras que The Smashing Machine es un biopic al uso de Mark Kerr, Marty Supreme utiliza detalles de la vida de Reisman, pero lo transforma en Marty Mauser, tomándose muchas licencias con respecto al personaje real del que parte.
Un pícaro de Nueva York
Con todo, algunas de las anécdotas que pueden parecer más disparatadas resulta que son reales. Marty Reisman era un joven judío de ascendencia rusa, que se ganaba la vida en la zapatería de un familiar, pero aspiraba a convertirse en campeón de tenis de mesa, un deporte que por aquel entonces no despertaba en Estados Unidos ningún interés. Marty jugaba en clubs por dinero, engatusando a pardillos con los que apostaba, y participaba en torneos internacionales para los que tenía que financiarse de su bolsillo los desplazamientos.
El personaje real, como el de la película, actuó por dinero en giras internacionales de los Harlem Globetrotters, amenizando los intermedios con partidas de ping-pong jugadas con sartenes y cacerolas o con varias pelotas a la vez. Y también es cierto que su gran rival era un japonés que jugaba con una innovadora pala acolchada (Hiroji Satoh, convertido en la pantalla en Koto Endo). Y que Marty Reisman era un liante de cuidado que consiguió que la federación internacional corriera con sus elevados gastos en un torneo celebrado en Londres.
A este aspecto de la personalidad del personaje real se le exprime todo el jugo en Marty Supreme, presentándolo como un caradura con magnetismo de seductor, un buscavidas, un embaucador, un encantador de serpientes, un jeta, un engatusador, un superviviente nato. Lo interpreta un desatado Timothée Chalamet, que va enfilado hacia el Oscar, tras perderlo el año pasado por su papel de Bob Dylan en A Complete Unknown. El actor sabe inyectar ambigüedad moral a este antihéroe maestro del engaño y dispuesto a humillarse para conseguir el triunfo, a este pícaro inmaduro cuyo verdadero triunfo final será asumir los compromisos de la madurez. Lo que suele llamarse sentar la cabeza.
Ritmo frenético
Tras ser derrotado en el torneo de Londres por su rival japonés, Marty pretende tomarse la revancha en otro torneo en Tokio, para lo cual necesita financiarse el viaje. Y esto lleva a una enloquecida sucesión de líos y trapicheos para conseguir el dinero. Engatusa a una vecina casada y amiga de la infancia con la que tiene un lío amoroso (Odesa A’zion). Seduce y engaña a una actriz de cine de los años treinta retirada (Gwyneth Paltrow), casada con un hombre de negocios sin muchos escrúpulos (Kevin O’Leary). Mete en un lío a un amigo negro taxista (el rapero Tyler, the Creator). E intenta estafar a un inquietante criminal que ha perdido a su perro (al que interpreta el mítico cineasta Abel Ferrara).
Todo esto y algunos chanchullos más llevan al personaje a un encadenado de situaciones límite, que incluyen un tiroteo, un amago de detención en Central Park por escándalo público, otro amago de detención porque su tío zapatero considera que le ha robado dinero, la explosión de una gasolinera…
Marty Supreme se beneficia de una deslumbrante ambientación en los minúsculos apartamentos, tiendas de medio pelo y tugurios del Lower East Side de Manhattan y de una galería de tipos de rostros singulares (admirable trabajo de casting), filmados en agobiantes primerísimos planos. Y sobre todo del ritmo infatigable que sabe imprimir Joshua Safdie a la huida hacia delante de Marty, siempre escurriendo el bulto, viviendo a salto de mata, engañando y siendo engañado, metiéndose en un embrollo tras otro… La película dura dos horas y media que no se sienten, porque se desarrolla a la velocidad frenética de una partida de ping-pong.
