Los diarios de Luis Bravo Velasco
La vida no es una novela, ni un poema, ni por supuesto un ensayo se parece a un diario, si este está bien hecho

'Las terradas desiertas' y 'Brisas de nada' de Luis de Bravo.
Un diario desarrollado, un cuaderno corregido con el mismo espíritu con el que se escribió, unos apuntes misceláneos y espontáneos revisados no con los ojos de la literatura o del cálculo sino, todavía, con los de la vida y la mayor espontaneidad posible: creo que, al cabo, ese sería el género literario que más me gusta, en el que más creo, y es el que, por ejemplo, encontramos en algunos libros de viaje, donde claramente las notas tomadas sobre el terreno, reposadas, se retoman para ser redondeadas, enderezadas, toqueteadas por aquí y por allá pero no mucho, impidiendo que se pierda ese aire de lo que se anotó un poco de pie, o en el tren, casi sin tinta ya, o con el viento molestando y doblando las hojas.
Me gusta que en las primerísimas páginas de Brisas de nada se mencione dos veces El cuaderno gris, porque el de Josep Pla es el ejemplo sublime de libreta a la que se vuelve tiempo después (mucho tiempo después, en aquel caso) para ponerla en limpio, quitarle algunas arrugas, asearla un poco pero sin decorarla o inflarla en absoluto, sin alterarla demasiado (o, por lo menos, consiguiendo que no se note la intervención, la manipulación). Y, aunque su estructura no es ya la del diario (no la ortodoxa, por lo menos), con el último libro de Luis Bravo (Madrid, 1994) sucede lo mismo que con muchos de Francisco Umbral, que adquirían la forma de colección de artículos, pero que obviamente hay que añadir a la lista de los libros diarísticos del autor por lo que más importa a la hora de hacer esas clasificaciones, que es el espíritu, el tono, no tanto los temas como las marcas explícitas (y generalmente deliberadas, muy conscientes) que deja sobre el papel el sucederse de los días.
Sucede además que el año pasado Bravo ofreció ejemplos de ambas formas de entender la escritura diaria. Para prolongar una obra iniciada con sus llamativos tres libros de poemas (recordemos: Triestino, Las horas grises y Hojas de acanto y rosas) y con un buen libro de cuentos (La noche de San Silvestre), en febrero de 2026 publicó Las terrazas desiertas, un diario escrito entre 2018 y 2020 y que, para entendernos, iba con entradas, sin fechas ni encabezamientos pero con esa inconfundible estructura de textos más o menos breves que se van sucediendo, independientes unos de otros pero con un significado al cabo general, y que tal vez tendría más que ver con la reconstrucción que con el autorretrato. Los modelos literarios de ese primer diario se reconocían tácitamente desde la página de exergos, donde figuraban Miguel Sánchez-Ostiz, Andrés Trapiello y Jordi Doce, y después llegaba una irregular yuxtaposición de impresiones, sucesos, viajes, semblanzas o lecturas de diferente puntería (o merecedoras de diferentes calificaciones), pero entre las que leímos desde buenos apuntes «terrenales» como que «ningún escritor lo es de verdad si no le pagan» hasta consideraciones sin tiempo, como esa, sublime, de entender el mundo interior de cada uno como ese «jardín cerrado por el que uno se pasea solo».
Y no como complemento o contraejemplo, sino como continuación, coherencia, insistencia… En noviembre han aparecido estas Brisas de nada, precioso título una vez más bajo el cual se agazapan textos que, si bien han ido apareciendo en prensa digital, no tienen mucho de columna de opinión, sino más bien, con claridad, de paseo, de divagación, pero aferrada a algo concreto (un libro, una conversación, un cambio de clima…). Eso es así incluso en la última parte, en la que (supongo…) Bravo se aventura un poco más en el camino de la ficción, del ensoñamiento, pero sin alejarse mucho de su propio mundo, que también incluye lo imaginado, lo anhelado, las fantasías con esa «Marquesa de S» a la que visita y ayuda con sus cosas y sus libros, sin que se sepa bien si ella es de verdad una compañía o más bien un fantasma: tengamos en cuenta que «uno, cuando escribe, está más solo aún que lo que intenta reflejar».
Lo importante es que, tanto si habla de una visita a Felipe Benítez Reyes o de un café con Juan Antonio Bernier, como si conjetura sobre una misteriosa asidua a la Filmoteca, como si busca libros en las casetas de la feria de anticuarios de Recoletos…, Luis Bravo va, por un lado, levantando un nuevo Madrid (y eso es así, diría yo, incluso cuando se escapa de la ciudad), y es un Madrid, digamos, «neo-neorromántico» y arbóreo, y por otro va perfilándose y fijándose a sí mismo, o al personaje que ha elegido para él, a base de buenas intuiciones y de hallazgos felices: «De las cosas cercanas, cuanta más prisa tengamos por comprenderlas, más tardarán en desvelarse», dice, y también que «bajo ningún concepto se deberían tomar en vano las acciones que realizamos».
Además, «perder el tiempo ayuda a tener una mejor relación con lo vivido porque hace diferente lo que ya ha pasado y subraya la diferencia en lo que ocurrirá», «creo que todos deberíamos tener el derecho a tomar ese billete de ida y vuelta de Babia sin que presuponga una descortesía con quien estemos hablando» e incluso que «si existe alguna ventaja en la tercera edad, es la seguridad que se adquiere a la hora de echarle valor al toro para saltarse las reglas, aunque sean unas que poca importancia tiene incumplirlas».
La vida, digan lo que digan, no es una novela. Tampoco es, por descontado, un poema (ni un variado libro de poemas); ni, por supuesto, un ensayo o un tratado; ni, por favor, una obra de teatro. Si la vida fuera teatro, sería mucho mejor no vivir. A lo que sí se asemeja la vida es a un diario, si este está bien hecho. Y, por lo que se ha empezado a ver, hay cierta renovación en el género, cierta continuidad. Mientras haya alguien como Luis Bravo garrapateando días, la vida, nuestra vida, estará en buenas manos.
