Sara Barquinero ventila las vergüenzas de la universidad española
La autora de ‘Los escorpiones’ critica las relaciones de poder en el mundo académico en ‘La chica más lista que conozco’

La escritora Sara Barquinero. | © Archivo de la autora
Hace un par de años, Sara Barquinero (Zaragoza, 1994) se convirtió en una especie de rock star de las letras españolas. Su novela Los escorpiones, extraña y desbordante a lo Pynchon o Bolaños o Enriquez o… dejó a todo el mundo boquiabierto y creó unas expectativas quizás hasta excesivas, pese a la calidad evidente de su escritura. La chica más lista que conozco (Lumen) cambia completamente de tercio: explora con mucha sustancia el género de la novela de campus.
En ella, Alicia, una adolescente empollona y poco sociable, deja su Valladolid natal para estudiar Filosofía en una universidad pública de Madrid (ficticia, pero muy parecida a la Complutense). Mientras acumula matrículas de honor, lucha por integrarse en el peculiar ecosistema social de la facultad. Acomplejada por su «provincianismo», consigue milagrosamente hacerse un hueco entre la élite de alumnos pijipis, progres tan acomodados como encantados de conocerse. Pero aún le queda otro escalón. Mientras borda trabajos sobre el significado del amor en Platón o Sartre y se deja arrastrar por el feminismo #MeToo, cae rendida ante los encantos de un profesor «más o menos joven (¿treinta y tantos?)», que «vestía un traje oscuro y llevaba el pelo castaño largo, como Jared Leto. Tenía el aspecto justo entre aspirante a Lord Byron y cantante de post punk». Y le dice que es «la chica más lista que conoce»…
Barquinero explica y defiende su nueva novela en una promoción agotadora que lleva con profesionalidad e inteligencia. Agradable, pero concisa como buena aragonesa y precisa como la chica lista que es: licenciada en Filosofía por la Universidad de Zaragoza, se instaló en Madrid para hacer un máster de Escritura Creativa y Creación Literaria y otro en Filosofía que terminó en un doctorado por la Complutense sobre el concepto de lo sublime en Kant. Todos los papeles en regla para echarle un vistazo a la vida académica que la dejó, básicamente, hasta las narices. Y no lo disimula.
«Quería denunciar la situación de los campus universitarios españoles atravesados por muchísimos problemas. Por ejemplo, el de la burocratización del conocimiento, el sometimiento del proceso del saber y la enseñanza a reglas ajenas, camarillas y juegos de poder», dice Barquinero, sin pelos en la lengua: «Yo, por ejemplo, he hecho todo lo que tenía que hacer y ahora estoy expulsada del mundo académico».
Atención… Pero no, bajamos un poco pistón: «Quizá no fui nunca carne académica, por así decirlo, por demasiado independiente y poco precisa: lo que me importa es que las historias y los textos me llenen. O sea, que en parte es cosa mía, pero tampoco se puede negar que muchísima gente hace su carrera perfecta, su máster, su doctorado con beca, su estancia internacional… todos los pasos. ¿Y luego qué? ¿Aspirar a una plaza por 400 euros? ¿Hasta ahí hemos llegado?»
Acoso sexual
Y ya no se baja más el pistón. La indignación no ha hecho más que empezar.«Quería hablar de todo eso y también de esas relaciones permanentes de erotismo entre profesores y alumnos en la universidad». Entramos en el verdadero núcleo de la novela. A cierta altura de la trama, Alicia vuelve a Valladolid de vacaciones. Sigue siendo una empollona, pero ha subido de nivel. Los personajes de su antigua vida de colegiala ya no le asustan porque carecen «de la consistencia ontológica necesaria para que pudiera sentir vergüenza ante su mirada». Maticemos que no todo en la novela son frases de semejante enjundia: la autora las utiliza puntualmente, igual que otros recursos estilísticos de aire académico, para expresar la perspectiva de alguien como Alicia, cuya vergüenza cambia de escenario.
«Subtitulé el libro Un tratado de la vergüenza. En la facultad de Alicia se le dedica mucha atención a El ser y la nada de Sartre, donde la vergüenza es fundamental, y eso me permitía hablar de cómo afronta Alicia sus orígenes, ese provincianismo, pero también de un tema central: las situaciones de abuso o acoso sexual». Un tema muy central. Los involucrados son ficticios, pero en un interesante epílogo Barquinero menciona nombres y apellidos que todos conocemos. Errejón se ha llevado los grandes titulares, pero hay más, muchos más, en este espeso caldo de cultivo: varios de los personajes de la novela, por ejemplo, acaban integrándose en movimientos políticos de la izquierda alternativa…
¿De verdad es para tanto, o la novelista estiliza para señalar? «Yo lo he visto en todas las universidades en las que he estado. Con estos ojos. En todas», asegura Barquinero, que matiza: «Me lo he inventado todo. Por decirlo muy rápido, yo no he tenido una relación sexual o romántica con un profesor universitario, pero he visto cómo otras la han vivido, y muchas otras cosas que cuento, sobre todo el retrato de tipos humanos, se basan en mis experiencias».
Dicho lo cual, pasa a analizar el fondo del asunto. «Se trata de relaciones de hombres adultos con mujeres estudiantes. En la cultura popular, las mujeres aprendemos a sexualizar esas relaciones a través del consumo de muchas ficciones en las que el hombre mayor interesante debe ser salvado por la joven de buen corazón. No sucede a la inversa». Y la gran bofetada: «Por otro lado, muchos profesores viven la universidad como una suerte de patio de recreo particular y permanente, un espacio cerrado y no del todo adulto que les permite seguir viviendo con otros ritmos; el año, por ejemplo, empieza en septiembre, con el curso, y se acaba en junio… Ese tipo de cosas».
Sociedad patriarcal
Además, «tienen una posición de poder que les permite seducir jovencitas. Yo creo que, por una parte, les debe dar gusto, pero quizá también sean incapaces de relacionarse de otra manera. Yo me imagino a muchos profesores que se han liado con alumnas en un bar, intentando ligarse a esas mismas alumnas sin haberles dado clase… y sería ridículo, patético. Y si lo intentasen con una de su edad, ¿les iban a contar la última luchilla de poder en el departamento? Pues no, a esas se la soplaría».
Para mayor bochorno, estas facultades son el criadero de movimientos como el #MeToo. «Ha sido un proceso absolutamente necesario, pero ciertos abusos nos han hecho perder la batalla cultural, dejándolo como algo pasado, aburrido, y a las que lo defendemos como unas petardas. ¡Pero si luego no pasa nada! En la universidad hay profesores que todo el mundo sabe que son unos guarros: ¿qué hacen ahí todavía? ¿Por qué no se ha conseguido apenas nada? A lo mejor en parte tiene que ver con la explosividad del #MeToo y el hecho de que, a veces, cuando se hace una exposición pública, no esté claro cuál es la demanda, qué se está buscando. Es cierto que hay que plantearse la orientación del movimiento, pero también que seguimos viviendo en una sociedad totalmente patriarcal y que la gente no tiene ganas de cambiarlo».
Barquinero reconoce que no toda la culpa es del patriarcado. «En el caso de la universidad, mucha gente no quiere posicionarse con una denuncia pública porque está esperando que su doctorado tenga un puesto… y no va a discutir con el jefe del departamento». Y aquí se abre el verdadero melón: la hipocresía. En la novela, un profesor del grupo más conservador es cancelado hasta el martirio, escraches incluidos, mientras que los excesos de uno de los líderes del bando más canónicamente progresista, conocido por todos como el Héroe de la Vieja Guardia, se pasan por alto. «Me apetecía mucho retratar ese ambiente de camaradería de izquierdas en el que no admites que tu aliado pueda ser en realidad tu enemigo, o sea, un abusador».
El Héroe de la Vieja Guardia vive de las rentas, del contra Franco vivíamos mejor, y de su habilidad para manejar las luchas de poder en las junglas burocráticas de la universidad: «Echan de menos la auténtica revolución perdida de yo que sé Mayo del 68, una cosa ya pasada que convierten en su excusa para no hacer nada más que regodearse en su privilegio». Pero el caso es que el Héroe de la Vieja Guardia de la novela tiene una legión de jóvenes admiradores que llenan sus clases… «Sospecho que hay gente de mi edad que sigue siendo así, que se quedan en la floritura para seguir perpetrando unas conductas terriblemente machistas, pero probablemente también clasistas, casi cualquier lista que podamos ponerle detrás».
Privilegios
La clase social activa otra paradoja: el único personaje que comparte origen proletario con Alicia es Alberto, un doctorando… del bando conservador. «Desde hace un tiempo existe una especie de mito cultural sobre la igualdad de oportunidades. Incluso desde la izquierda se lanza un discurso intelectual que reivindica la superación de la desigualdad, pero a la hora de la verdad ves personajes como los de la novela, que han ido a un colegio concertado laico y se conocían de antes y sus padres son X y Z. No solo pasa en la universidad, en la política es clarísimo, pero también en el mundo del arte, del diseño… Te enteras de quiénes son hijos de quién y te das cuenta de que hay un número no pequeño de personas que vienen de una situación muy privilegiada. De eso no se ha hablado lo suficiente. En la derecha yo no me meto, pero creo que la izquierda debería tenerlo en el centro».
Barquinero no duda en hablar en una reivindicativa primera persona del plural: «Algunos llegamos desde un espacio no necesariamente proletario, inculto ni nada por el estilo, sino de una familia normal, y no sabemos cómo movernos en algunos ambientes. Eso no tendría por qué ser un problema en sí mismo, pero en el caso de la universidad lo es, porque muchas veces un puesto universitario depende de una decisión que se toma en un despacho por un grupo que quiere favorecer claramente la candidatura de una persona frente a otra para, no lo olvidemos, un puesto público».
Alicia está en esas y, sin embargo, dice la novela que se apunta «de forma bastante inconsciente a cosas como la actualidad, el género, el capitalismo, la ecología, algo que siempre irritó profundamente a su padre que le decía: ‘Si solo te gusta ir a la tuya, ¿cómo pretendes ser socialista?’» Barquinero reconoce que «hay una manera ahora de ser de izquierda muy de eslóganes que después se demuestran vacíos. Pero creo que en toda ideología política siempre hay un elemento de vacío, ¿no?»
A ella el vacío le duele especialmente, se nota, cuando se da en la izquierda. De ahí ese epílogo furibundo con nombres reales de personajes públicos. De momento, no ha habido repercusiones, pero el libro acaba de salir. «La semana pasada, me levanté una mañana, llamé a mi agente y le dije: ‘Mira que si voy presa…’ Me dijo: ‘Así andes presa siempre’». Se ríe. ¿Y quién podría meterla presa? «Si lo digo, daría una razón para que me meta presa» Es una chica lista, esta Sara Barquinero.
