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La otra cara del dinero

Nos damos un tiro en el pie como sociedad al criticar a los empresarios por ganar dinero

Aunque está justificado exigir más a quien más tiene, no debemos perder de vista que lo hacemos porque ayudar es bueno, no porque los beneficios sean malos

Nos damos un tiro en el pie como sociedad al criticar a los empresarios por ganar dinero

La ministra de Hacienda, María Jesús Montero, ha rectificado el impuesto a las energéticas para que grave los beneficios y no los ingresos, como inicialmente pretendía. | César Ortiz (Europa Press)

En uno de sus maravillosos artículos, describe Manuel Vicent el reencuentro de dos viejos amantes. Ambos han sido aguerridos militantes de izquierdas. La mujer aún conserva «aquella disposición juvenil […] que la había empujado siempre a apoyar las causas perdidas» y, como consecuencia de esta abnegación impenitente, tiene hoy un modesto empleo en una librería. Él, por el contrario, renunció a cambiar nada para centrarse en su carrera y se ha convertido en «un arquitecto de éxito, un tipo elegante de pelo plateado». Posee «una casa con jardín guardada por dos perros rottweiler de orejas cercenadas» y, cuando alguna visita le pregunta sobrecogida por los ladridos por qué vive protegido por ese par de asesinos, responde: «El hombre nuevo, que anunció Lenin, se ha demorado. El mundo está lleno de maleantes».

Vicent es demasiado elegante para estropear su prosa pulida con una condena explícita, pero la moraleja implícita es obvia: dedicarse a ganar dinero es egoísta e insolidario. Se trata de una convicción muy común en Occidente, y no solo entre los comunistas que aguardan la llegada de ese hombre nuevo de Lenin, sino entre millones de cristianos que tampoco renuncian a traer el Reino de los Cielos a la Tierra.

Por ello, cuando los gobernantes se aprestan como ahora a gravar los beneficios «excesivos» de las empresas, pocos ciudadanos levantan la voz. Piensan: «Que paguen, que paguen». Y aunque en tiempos de tribulación está perfectamente justificado exigir un mayor sacrificio a quienes más tienen, no deberíamos perder de vista que lo hacemos porque ayudar es bueno, no porque ganar dinero sea malo.

El pecado original

«El registro histórico es claro», escribe el sacerdote y presidente del Austrian Institute of Economics Martin Rhonheimer. «Durante los dos últimos siglos, la economía capitalista […] ha mejorado sostenidamente las condiciones de vida de todos los niveles sociales, siempre y en todo lugar. En cambio, todas las versiones del intervencionismo estatal [las] han deteriorado». Paradójicamente, la mayoría de la gente está convencida de que el mercado es el problema y el Estado la solución. ¿Por qué?

Hay dos razones principales. La primera es técnica. A nadie le cuesta imaginar a un funcionario asignando recursos, pero es más difícil entender cómo miles de agentes se las arreglan para coordinarse y producir lo que se necesita en cada momento a partir de las señales que emiten los precios. El economista Paul Seabright cuenta que, poco después de la caída del Muro de Berlín, un funcionario ruso que visitaba Londres le preguntó quién se encargaba del reparto del pan y se quedó atónito cuando respondió: «Nadie».

El segundo motivo es ético. Friedrich Hayek decía que el capitalismo era el único sistema que respetaba la libertad de elección del individuo, pero esta moralidad de partida no garantiza ni la moralidad de los resultados ni, sobre todo, la de los medios. ¿Cómo puede, en efecto, defenderse un sistema sin alma, que promueve abiertamente la búsqueda insaciable de la satisfacción personal?

Defensa del interés propio

El vínculo del capitalismo con la codicia ha dañado durante siglos su reputación. Adam Smith parece asumirlo en La Riqueza de las Naciones con su famosa observación de que «no es de la benevolencia del carnicero […] de la que podemos esperar nuestra cena, sino de […] su interés».

Pero Smith no creía que la satisfacción personal fuese en sí misma inmoral. Era inevitable. «Cada vez que respiramos, que nos lavamos las manos, que comemos fibra o tomamos vitaminas […] obramos en nuestro propio interés», observa el investigador del Discovery Institute Jay Richards. Podemos ignorar esta realidad, como hace el socialismo, y organizar nuestra convivencia sobre la suposición rusoniana de que el hombre es bueno por naturaleza. O podemos aceptarla y dejar que el mercado la canalice. Porque como señala el Smith de La Teoría de los Sentimientos Morales, «a pesar de su egoísmo y su rapacidad natural, [los hombres de negocios] son guiados por una mano invisible y, sin pretenderlo ni saberlo, trabajan en beneficio de la sociedad».

«Adviertan», enfatiza Richards, «que [Smith] escribe a pesar de su egoísmo». No dice que el carnicero deba ser egoísta. Al contrario. Ha de sobreponerse a «su rapacidad natural»para lograr que se le compre la carne a él y no a otro. Para colmar sus apetencias, tiene que encontrar antes la manera de saciar las de los demás.

Bill Gates y la madre Teresa

En una economía de mercado, el éxito requiere altruismo en su sentido más literal de procurar el bien ajeno. Antes de poder vender nada, el emprendedor debe desarrollar un artículo o un servicio que los demás quieran, anticipando sus necesidades y sus inclinaciones. La teoría marxista siempre ha sostenido que uno se hace rico a base de empeorar la vida de los otros, de arrebatarles algo que poseían, pero es al revés. El secreto de Bill Gates o de Steve Jobs radica en que nos ofrecen algo que anhelamos. Se han hecho millonarios porque nos han proporcionado algo que no teníamos y deseábamos.

El rabino Daniel Lapin plantea incluso la provocadora pregunta de quién ha contribuido más al bienestar mundial: ¿Bill Gates o la madre Teresa de Calcuta? «La mayoría de quienes han adquirido un artículo de Microsoft», argumenta, «lo han hecho porque enriquecía sus vidas […] de otro modo, no habrían realizado la compra. Puede, por tanto, afirmarse sin faltar a la verdad que Bill Gates ha mejorado la existencia de millones de individuos», muchos más que los que han hallado alivio en los morideros de las Misioneras de la Caridad. «Bill Gates», concluye, «ha hecho más bien».

Las encíclicas de la Iglesia insisten en que el empleo debe ser el objetivo fundamental del empresario, pero «la rentabilidad es su ley», escribe Rhonheimer, y es legítimo que así sea, porque «indica que la producción y los deseos de los consumidores coinciden». Y añade que el «Occidente industrializado, hoy rico, llegó a serlo gracias a [individuos] que querían hacer fortuna» y que, guiados por la información que les suministraban sus cuentas de resultados, tomaron decisiones que perseguían el mismo propósito que sus trabajadores: la prosperidad.

Pureza de las intenciones e impureza de los resultados

Habrá quien, como Immanuel Kant, objete que ningún acto es plenamente moral si lo impulsa una motivación extrínseca y que carece, por tanto, de mérito ayudar a cambio de dinero. Y es verdad que la calificación ética de una conducta o un sistema no depende únicamente de sus resultados. Los experimentos nazis en los campos de concentración permitieron notables avances en la lucha contra el paludismo o la deshidratación, pero a nadie se les ocurriría repetirlos.

Ahora bien, la intención por sí sola tampoco lo legitima todo. Los islamistas que estrellaron sus aviones contra las Torres Gemelas lo hicieron animados por los más virtuosos propósitos: querían alertarnos de nuestra cultura decadente y darnos la oportunidad de salvar el alma.

Importan, pues, los resultados e importa la intención y, como no podemos abrirle el pecho a cada patrono para comprobar su limpieza de corazón, debemos cerciorarnos de que no hace trampas. Y mientras respete el estado de derecho y las normas de la competencia, nadie tiene por qué avergonzarse de ganar dinero, ni siquiera el arquitecto de Vicent, que seguramente ha generado con sus proyectos más empleo y bienestar que la librera con sus recomendaciones.

Al rabino Lapin no le falta razón cuando apunta que nos damos un tiro en un pie cuando denigramos a los empresarios porque su búsqueda de la rentabilidad no es kantianamente pura.

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