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Nosotros, tan alejandrinos

Foto: Rubens

Les propongo un pequeño juego al que ya jugó Jesús de Nazaret: ¿con qué podríamos comparar a esta generación? (Mt 11:16). ¿Qué otro momento histórico resulta más iluminador, cuál sería tan análogo como para extraer hoy de él mejores enseñanzas?

Empezaré apostando yo: pongo sobre el tapete la época helenística. Es decir, aquellos tres siglos que fueron desde la muerte de Alejandro Magno (de ahí que también se les llame alejandrinos) hasta la de su lejana heredera Cleopatra; del año 323 al 31 a. C., si queremos ponernos numéricos.

Fueron años de globalización: por primera vez lugares tan apartados como el Himalaya, los Balcanes y el Nilo se habían conectado bajo un mando común. Fueron años en que el hombre griego, que hasta entonces se había sentido reconocido en su ciudad-Estado (sobre todo si él era libre y esta era democrática), pasó a verse pequeñito e irrelevante en un gran imperio transcontinental. Fueron años de mezcla de culturas y de mezcla de sangres. De esplendor científico: Alejandría, Antioquía, Pérgamo… Fueron también años de despiste: perdidas las certezas de antaño, esquivas las deidades del pasado, no estaba aún claro qué nuevas certidumbres ni qué nuevos dioses las vendrían a sustituir.

¿No es esa también hoy nuestra circunstancia? Aunque tengamos la suerte (si habitamos, por ejemplo, en España) de vivir en democracia, no se precisa ser un lince para detectar que más y más decisiones se toman lejos de nosotros, en un mundo en que el capital viaja a golpe de clic y tanto los gigantes tecnológicos como los Gobiernos conocen cada vez más nuestras entretelas. Día tras día recibimos noticia de forasteros distantes y sus costumbres extrañas. Muchas veces en lengua inglesa, que funge como el griego koiné de aquel entonces. Conectados con todos, no obstante ignoramos cada vez más de nosotros mismos; perdidos los límites de nuestro círculo vital, cualquier geómetra nos corroboraría que también ignoraremos cuál es su centro. Crece el elenco de personas bajo tratamiento psicológico; se dispara el consumo de medicamentos para nuestras mentes; y aun cuando algunos nos aseveren que no hemos de preocuparnos por ello, que cuanto ocurre es únicamente que ahora atendemos lo que antes ni siquiera se diagnosticaba, no acaba de calmarnos del todo ese argumento (o al menos no tanto como el ansiolítico de hoy por la tarde).

De ser entonces nuestras vicisitudes similares a las alejandrinas, ¿no podríamos también aprender de cómo lidiaron con ellas aquellos tatarabuelos nuestros? Parece sensato aprovecharnos de esta ventaja que ellos no tuvieron.

De hecho, ¿acaso no lo estamos haciendo ya? ¿No adoptan muchos de los nuestros un talante cosmopolita ante este nuevo mundo, una actitud resignada ante este nuevo estado de cosas? ¿No se conforman con intentar que al menos el novedoso mundo grande en que vivimos sea lo más racional posible? Y ¿no hacen una pequeña trampa, por cuanto siempre están dispuestos a aceptar como racional cualquier cosa nueva, con el argumento de que algo de razón tendrá si es que ha llegado a triunfar? Y bien, este tipo de reacciones no son nuevas; en los viejos tiempos helenísticos ya fueron vividas por los filósofos que llamaron estoicos. Mas no fueron los únicos en tratar de ofrecer respuestas a su suplicante audiencia.

 

Existe también la propuesta hedonista que había avanzado otro filósofo, Aristipo: a vivir que son dos días. Si el mundo se ha vuelto un lugar especialmente complicado, conformémonos con intentar pasarlo lo mejor posible; gocemos de cuantas cosas placenteras se pongan a nuestro alcance y rehuyamos cuantas nos sean ásperas. Eso es todo. ¿Qué adolescente no ha sopesado que este es el verdadero sentido de la vida? ¿Y cuántos de los que se quedan con esa idea no permanecen, para siempre, adolescentes?

 

Algo más elaborado era el planteamiento que se ha epicúreo en honor a su fundador, Epicuro de Samos. Frente a las razones ocultas que los estoicos creían detectar en cuanto ocurría, este pensador nos animó a aceptar que en realidad es el azar quien rige nuestros días. Ahora bien, siempre podemos buscar placeres razonables (los excesos acaban pasando factura) con que ir tirando en tan proceloso camino. Unas cuantas películas checoslovacas en versión original, algún artículo de la Jot Down, amigos intelectuales con quienes comentar tan calmadas delicias, un buen sueldo para permitirnos un jardín en la trasera de casa: el epicúreo y sus opiniones sobre las cosas pequeñitas, opiniones siempre tan equilibradamente ponderadas, no nos resulta hoy menos familiar que a cualquier alejandrino de hace dos milenios y doscientos años.

 

Pero entre todas las escuelas helenísticas hay una que ahora me gustaría en especial recordar. Tal vez por la mala fama que, a causa de su mero nombre, la persigue. Me refiero a la filosofía cínica. Dicen los académicos de la lengua que un cínico es alguien procaz, quizá desaseado, pero reconocible sobre todo porque “actúa con falsedad o desvergüenza descaradas”. Y más allá de preguntarnos si es que acaso hay alguna desvergüenza que no sea descarada (convendría limpiar de pleonasmos la próxima edición del diccionario de la RAE), lo que queda claro es que se trata de definiciones que no invitan precisamente a meter a un cínico a tu casa; menos aún, en tu vida.

 

Con todo, el cinismo no es solo eso que hoy nos ha llegado a significar. Los alemanes usan dos palabras levemente distintas, Zynismus y Kynismus, para referirse al sentido moderno (el que hemos recogido de la RAE) y al sentido antiguo que tiene ese vocablo; la RAE también apunta luego a ello. Pues junto al cinismo como mera sinvergonzonería, está también el cinismo de Diógenes, de Crates, tal vez de Antístenes. El cinismo que existió entre los siglos IV antes de Cristo y VI después de él. Un cinismo que a veces puede parecernos también algo descarado, pero que tiene sus raíces en algo mucho más serio que ponerse simplemente grosero con los demás.  

 

Se acaba de publicar en España la ya clásica Historia del cinismo de D. R. Dudley, aporte que sin duda podría orientarnos un tanto aquí. Cuenta Dudley un rasgo iluminador sobre Diógenes, el filósofo que vivía en un tonel, el que presuntamente espetó al mismísimo Alejandro Magno que lo único que quería de él es que se le apartara de delante, porque le estaba quitando el sol. Diógenes había llegado a Atenas exiliado de Sinope, su ciudad natal. ¿El motivo? Que Diógenes había andado falsificando moneda; o, como se decía en la época, alterando su valor. Ahora bien, Dudley se pregunta, ¿no será todo esto una metáfora en realidad? ¿No aludirá ese dato a que Diógenes andaba alterando valores, sí, pero no tanto los de las monedas cuanto los de sus contemporáneos? ¿Y no sería ese un buen motivo para desterrarle también?

 

En efecto, lo que los cínicos ofrecieron al mundo alejandrino fue un reto: el de darse cuenta de que vivían aún con valores caducos, o al menos muy amarillentos ya, y que era preciso volver a las cosas más simples y naturales de la vida. Es normal que en el mundo globalizado de ayer, y en el globalizado de hoy, nos asalte esa misma sospecha. ¿No serán muchos de nuestros valores meras convenciones? ¿Cómo recuperar una vida más auténtica, bajo el follaje de tantas culturas y tantas obsesiones?

 

Se trata de un desafío que puede resultar descarado a quienes creen que nada cambiará aunque todo a nuestro alrededor cambie; pero que, lejos de la frivolidad del descaro, es lo más serio que cualquiera de nosotros puede hoy emprender. Y cierto es que los cínicos no nos ofrecieron muchos valores nuevos con los que sustituir a los viejos. Pero es que quizá ahí está la clave. No se trataba, no se trata, tanto de sustituir unos valores con otros, sino de cambiarlos por el coraje de repensarlo todo. Dicho de otro modo: se trata de sustituir los valores por el valor.

 

En un mundo en que tantos pedagogos, propagandistas, ideólogos, predicadores, publicitarios, feministas, populistas, centristas, neosocialistas, gramscianos, laclauianos, ecologistas, animalistas están empeñados en insuflarnos unos u otros valores, en educar “en valores” y poner estos o aquellos como absolutos, con la promesa de que así “nuestro mundo será mejor”, quizá podamos aprender algo muy distinto de los cínicos como Diógenes, que ni ante el emperador se humillaba: el valor de mantener, frente a todos ellos, el valor.

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