Daniel Capó

1989

«1989 propugnaba que la riqueza conduce a la democracia. Pero, de algún modo, 1989 vio también cómo China se convertía en un poderoso desmentido»

Opinión

1989
Foto: Markus Winkler| Unsplash
Daniel Capó

Daniel Capó

De la biografía me interesan los espacios habitables. Creo en las virtudes imperfectas y en la civilizada inteligencia de la moderación

Paradójicamente, 1989 trajo el final de la Historia y el inicio de una nueva historia, que no es 2001 –con el choque de civilizaciones anunciado por el atentado de las Torres Gemelas–, sino el origen de nuestra crisis actual. 1989 vio la caída del comunismo soviético, con el correlativo triunfo –que parecía indiscutible entonces– de la democracia liberal, ya fuera en su vertiente anglosajona o en la continental europea. Durante algo más de una década, se diría que el sueño kantiano de una paz perpetua, basada en un curioso equilibrio de la democracia, pareció posible. Como proyecto, la UE podía presumir de una singular superioridad moral, irritante desde fuera pero imperceptible desde dentro: un amplio Estado del bienestar, progresismo moral, políticas medioambientales avanzadas, ayuda al desarrollo y, sobre todo, cooperación entre países en lugar de la tradicional dialéctica amigo-enemigo.

Ahora es evidente cuánto había de ensoñación y de ingenuidad –y también lo endebles que eran sus fundamentos–, pero en aquellos años resultaba de mal tono insinuarlo o siquiera pensarlo. Sin embargo, 1989 también es el año de Tiananmén o, lo que es lo mismo, el año en que China da un golpe sobre la mesa y decide que la democracia liberal no es el camino que va a seguir Pekín para modernizar el país. El fracaso del comunismo soviético daba paso, en aquel momento, al despertar de otro comunismo, dispuesto a participar con una baraja distinta en el juego de la globalización, combinando el libre mercado con un férreo control de Estado y con una sólida vocación imperialista a largo plazo.

Los resultados, treinta y pocos años más tarde, están a la vista. China no sólo ha dejado atrás la cultura del todo a cien –mano de obra barata para la industria occidental–, sino que, tras una dolorosa deslocalización en Europa, se erige como una indiscutible potencia mundial en todos los ámbitos: militar, tecnológico, educativo, industrial… La dependencia hacia China del resto del mundo ya resulta evidente, con cifras que en ocasiones producen asombro. Por poner un ejemplo, nuestros gigantes automovilísticos –pensemos en BMW o en Mercedes Benz– venden cerca del 40% de su producción mundial en el mercado chino. Y estos números sólo pueden incrementarse a medida que vaya creciendo su clase media. Y quien habla de coches habla de frigoríficos, seguros, ordenadores, televisores o teléfonos. El crecimiento económico mundial se sostiene gracias al desarrollo del mercado asiático, lo cual al mismo tiempo nos hace enormemente dependientes de ellos, que cada vez penetran en un mayor número de sectores clave: de las infraestructuras a la robótica.

1989 propugnaba que la riqueza conduce a la democracia. Pero, de algún modo, 1989 vio también cómo China se convertía en un poderoso desmentido: un Gobierno cesarista basado en el control autocrático de las principales tecnologías de información; un país guiado por ingenieros en lugar de por juristas o economistas, que piensa únicamente a largo plazo. La pandemia ha desnudado nuestras debilidades, haciéndonos más conscientes del retorno de la Historia. No se trata ya de un choque de civilizaciones, sino de algo muy distinto y, a su vez, más amenazador: el regreso a la Guerra Fría.

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