Juan Claudio de Ramón

Amigos catalanes

De la ciudad –que es la comunidad política– Aristóteles dijo dos cosas: que está hecha de diferencias, y que la amistad la mantiene unida. Mis amigos catalanes me lo recuerdan todos los días. No estoy seguro de que sepan lo mucho que les admiro. 

Opinión

Amigos catalanes
Foto: EMILIO MORENATTI
Juan Claudio de Ramón

Juan Claudio de Ramón

Se licenció en derecho y en filosofía. Su máxima aspiración es alcanzar el ideal de tertuliano propuesto por Catón el Viejo: vir bonus dicendi peritus; un hombre honesto que sabe hablar.

Hace unos días se presentó la ocasión para viajar a Barcelona y reunir allí a un montón de amigos. Durante los años más febriles del proceso independentista, que también fueron los más solitarios para quienes se oponían a la independencia, solía bromear cuando me citaba con ellos en la capital de Cataluña: «Me siento como Victor Lazlo en Casablanca –les decía– reuniéndome furtivamente con los grupúsculos de la resistencia, para ver en qué se puede ayudar». Cierto: una exageración. La atmósfera en Cataluña nunca fue tan opresiva como para que los disidentes del complejo político-mediático del nacionalismo se vieran obligados a descender a las catacumbas de la clandestinidad. Pero sí se organizó suficiente presión social, institucional y mediática como para que mostrarse disconforme con el advenimiento del nou país fuera desagradable e incómodo y muchas voces fueran engullidas por un remolino de silencio.

Ver a muchos de mis amigos catalanes, allí reunidos, me produjo una gran alegría. Puede que ellos sean, en estos momentos, lo que podría llamar mi gente favorita. Quizá porque todos ellos tengan para mí un punto de misterio. A veces me pregunto qué resorte interior, qué cualidad de su carácter, les hizo insumisos al credo independentista. ¡Parecía tan apetecible sumarse a la utopía indepe! Contagiarse del entusiasmo colectivo, racionalizar los motivos, evitar disgustos: eso era lo fácil. Desoír los tambores, permanecer fiel a los hechos, asumir el coste personal de discutir con los amigos, incluso de perder alguno: eso era lo difícil. A veces especulo sobre cuál habría sido mi postura, de haber sido yo catalán. Hubiera dependido, en buena medida, de mi propia socialización, pero no tengo ninguna razón para creer que no me hubiese dejado seducir yo también por la idea de cargarme un país para crear otro. A veces la vida nos pone delante una enorme pira ardiente y nos invita a arder con ella. No es fácil apartar la mirada del fuego y salvarse de la quema.

Tengo en mi corazón un afecto profundo por personas en Cataluña que trasciende las opciones políticas. Afectos duraderos también por quienes, de buena fe, creyeron en algún momento, o siguen creyendo, que la independencia era una buena idea. Pero siento una especial deuda de gratitud con los opositores del Procés: defendiendo su común ciudadanía española, defendieron también la mía. Les preguntaron si querían que el resto de españoles fuésemos extranjeros en su tierra. Dijeron: «No». Sé que son muy distintos entre sí. Puede que algunos ni siquiera se caigan demasiado bien. Pero todos ellos están unidos por la alta creencia de que las sociedades donde viven, trabajan y sueñan juntas personas con diversas lenguas y culturas son posibles y son mejores.

De la ciudad –que es la comunidad política– Aristóteles dijo dos cosas: que está hecha de diferencias, y que la amistad la mantiene unida. Mis amigos catalanes me lo recuerdan todos los días. No estoy seguro de que sepan lo mucho que les admiro.

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