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Banderas de nuestros padres

Foto: Pau BARRENA | AFP

Ayer fue un día de banderas y es comprensible que eso causara inquietud en todo aquel que posea conciencia histórica: rara vez ha habido un desastre colectivo donde no se enarbolase alguna. Pero hay razones para preguntarse si las banderas que vimos ayer ondear en Barcelona pertenecen a esa categoría funesta. Ni que decir tiene que las banderas, como tantos otros símbolos, tienen el significado que les atribuyamos. No todas las banderas son iguales, ni connotan lo mismo en distintos momentos históricos, ni tienen la misma carga afectiva para distintos grupos o individuos. Pensemos en la bandera sudista frente a la estadounidense, en la francesa durante el régimen de Vichy, en la alemana para un alemán oriental. Las banderas tienen así la peculiaridad de ser símbolos reductores (pues simplifican realidades plurales y complejas) que sin embargo mantienen su significado abierto (pues éste cambia con la historia y con el debate público). Es, también, el caso de la bandera española.

Fuertemente condicionada por su asociación histórica con el régimen franquista, la bandera española ha jugado hasta el momento un papel secundario en el repertorio simbólico de nuestra democracia. Es así comprensible que muchos ciudadanos, especialmente aquellos que aún vivieron la dictadura, vean en ella un resto metafórico del franquismo. Esa debilidad fue aprovechada por los nacionalismos periféricos, a quienes no parecía aplicarse la sana prevención ilustrada contra las exhibiciones patrióticas. Ayer, en cambio, la bandera española tuvo un papel protagonista. Desde luego, podemos discutir si no habría sido más deseable que los ciudadanos salieran a la calle blandiendo ejemplares de la obra completa de John Stuart Mill. Pero el patriotismo constitucional se defiende mal en momentos de zozobra emocional y no sobran los símbolos de los que uno puede echar mano cuando eso sucede: para bien o para mal.

Sin embargo, ha sucedido algo insólito. Ya que a la estelada independentista no se ha opuesto simplemente la bandera española, sino un hermanamiento de las banderas española, catalana y europea. En su vibrante discurso, Josep Borrell llegó a decir que la bandera europea es su estelada. ¡Ahí queda eso! Siendo optimistas, esa celebración simultánea habría liberado a la bandera española de sus reminiscencias franquistas, convirtiéndola en un símbolo democrático incluyente vinculado al proyecto europeo y recordándonos que esas distintas identidades son, al igual que tantas, otras perfectamente compatibles. De eso va la democracia pluralista.

Es verdad que el propio Borrell llamó a los manifestantes a no comportarse como una turba romana cuando pedían cárcel para la cúpula separatista. ¡La política, mejor sin multitudes! Pero no olvidemos que ha sido el nacionalismo catalán el que ha apostado por ellas. De hecho, la manifestación de Barcelona parece menos el regreso del viejo nacionalismo español que una respuesta ciudadana a la agresión perpetrada por el independentismo contra el marco democrático de convivencia: un mal menor que contrarresta un mal mayor. Por eso, la expresión más intachable de las demandas políticas planteadas en Barcelona no correspondió a Mario Vargas Llosa ni a Josep Borrell, sino al representante de Societat Civil Catalana que defendió “una sola ciudadanía”: frente al “un sol poble” nacionalista.

Es posible, en fin, que con esta movilización el procés haya perdido -fieles al margen- la legitimidad que le quedaba. Si fuera el caso, no descartemos que esta multitudinaria reacción cívica sitúe a España en la vanguardia del combate político que Europa libra contra el nacional-populismo. Es pronto para semejante optimismo. Pero no sería un mal uso para las banderas de nuestros padres.

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