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Brexit. Una tragedia griega

Foto: Matt Dunham | AP

A menudo se ha dicho, estos días, que Brexit es una tragedia. Un conflicto que no tiene salida, un nudo ciego. Más allá de los últimos tres años, podría plantearse si toda la historia de la relación del Reino Unido con la Unión Europea no tiene, también, un sentido trágico. Si Brexit no es el final de una larga lucha contra un destino fatal.

Las dificultades británicas con la integración europea se remontan a los años de la inmediata posguerra. Entonces, los norteamericanos, preocupados con una Europa que parecía al borde del abismo, trataron de promover la integración de las economías europeas en torno a unas instituciones supranacionales. De acuerdo con sus planes, los británicos debían de ser los líderes naturales del proceso.

 

Los norteamericanos trataron de promover la integración de las economías europeas en torno a unas instituciones supranacionales. Los británicos debían de ser los líderes naturales del proceso.

 

El Reino Unido, sin embargo, se opuso tenazmente a cada propuesta planteada por los norteamericanos con ese fin, poniendo de manifiesto los límites de su influencia. Entre los motivos que explican la resistencia británica no estaba sólo su rechazo a la cesión de soberanía, o las prioridades del gobierno laborista, sino la realidad del Imperio y los flujos comerciales con la Commonwealth que, en efecto, en aquel entonces doblaban los mantenidos con Europa Occidental.

 

Brexit. Una tragedia griega

Pro-brexiters se manifiestan en Londres. | Foto: Toby Melville | Reuters

 

Sólo tras dos años de esfuerzos infructuosos, los norteamericanos comprendieron la inutilidad de su empeño y dieron un paso atrás, animando a los franceses a tomar la iniciativa. Así lo haría Robert Schuman el 9 de mayo de 1950, fecha en la que propuso la creación de la primera Comunidad Europea.

El gobierno británico recibió con frialdad el plan Schuman, mostrándose contrariado por el hecho de no haber sido consultado previamente, a diferencia del canciller alemán y el secretario de Estado norteamericano. A lo largo de los meses que siguieron, los británicos hicieron lo posible por obstruir el proyecto o redefinirlo a su manera.

Cuando poco después Churchill, que había sido de los primeros en alzar la voz en favor de la unidad europea, ganó de nuevo las elecciones, muchos pensaron que el Reino Unido solicitaría finalmente la adhesión. Sin embargo, no fue así. A pesar de que Churchill apoyaba con entusiasmo la unidad europea y no rechazaba la idea de la soberanía compartida, era un victoriano que no podía renunciar a la idea del Imperio, ni comprender en qué medida aquel mundo llegaba a su fin.

 

A pesar de que Churchill apoyaba con entusiasmo la unidad europea y no rechazaba la idea de la soberanía compartida, era un victoriano que no podía renunciar a la idea del Imperio

 

Así, la integración europea daba sus primeros pasos sin el Reino Unido. Cuando, ya en los sesenta, se plantea finalmente la solicitud británica, esta se encuentra con el veto de Francia. La adhesión tendría que esperar hasta los primeros setenta, un mal momento, marcado además por la crisis económica. Después, las dificultades no dejaron de sucederse, quizás con la excepción del mandato de Tony Blair, un momento de paz en una relación siempre difícil.

 

Brexit. Una tragedia griega 1

Un manifestante anti-Brexit se manifiesta frente al Parlamento británico. | Foto: Dylan Martinez | Reuters

 

A pesar de la rica contribución que el Reino Unido ha hecho a la Unión durante más de cuatro décadas y de las muchas ventajas que ello también le ha reportado, ese malestar originario nunca fue superado. Durante años la prensa británica, muchas veces alejada de la realidad, ha atacado una y otra vez a las instituciones europeas sin que la mayoría de sus líderes políticos alzasen la voz en su defensa.

En 2016, tras unos años difíciles en los que la Unión sufrió su crisis más profunda, esa desconfianza británica hacia Europa, que asoma siempre en los momentos de debilidad, irrumpió dando al traste con una historia compartida en la que en realidad había más éxitos que fracasos. Hoy, parece no haber salida alguna. Todos los escenarios, incluso la permanencia, con una opinión pública tan polarizada, son peores que el anterior al referéndum. ¿Se aproxima, la difícil relación del Reino Unido con la Unión, a su final fatal?

 

Todos los escenarios, incluso la permanencia, con una opinión pública tan polarizada, son peores que el anterior al referéndum.

 

De nada sirve plantearse cuál habría sido el destino de Europa si las circunstancias que favorecieron la integración hubiesen concurrido en un momento más tardío, cuando los vínculos trasatlánticos de Gran Bretaña hubiesen sido más débiles, cuando el peso de su historia hubiese sido menor. Escribía Montague Brown, uno de los más íntimos colaboradores de Churchill que, si Gran Bretaña hubiese tomado la iniciativa antes del Tratado de Roma, en 1957, las cosas bien podrían haber sido diferentes: si Churchill «hubiese podido, con su viejo fuego y su elocuencia conducir a Gran Bretaña a Europa, el país podría haber sido persuadido de que sus intereses realmente estaban en esa dirección. Pero tendríamos que haber sido los fundadores y los líderes».

Eso ya no es posible. Sin embargo, conviene recordar que en la antigua Grecia la tragedia no siempre acababa mal. Como en ocasiones se ha explicado, lo que la caracterizaba no era tanto el desenlace fatal como la idea de una maldición que, tras el crimen inicial, se transmitía de unos a otros. Por eso algunas tragedias se saldaban con una reconciliación final. Quizás, en los próximos años, una nueva generación de británicos pueda alcanzar, tras la catarsis, un desenlace mejor.

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