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Ceguera olfativa

"La España de la nueva transición, tan afilada en su crítica demagógica al pasado democrático de nuestro país, me recuerda a la anosmia"

Foto: Boris Grdanoski | AP

En su último Thoughts from the frontline, John Mauldin ha recurrido al símil de la “ceguera olfativa” para ilustrar el estado actual de la inflación mundial. Por supuesto se puede hablar de la anosmia como una especie de daltonismo del olfato, la incapacidad de reconocer determinadas vetas de olor, pero Mauldin se refiere a algo mucho más concreto y común: la incapacidad de reconocer –por costumbre- los olores más habituales de nuestro entorno, ya sea el de nuestras mascotas, el tabaco, los perfumes o los directamente corporales, que los otros perciben de inmediato –a menudo con desagrado- pero nosotros no. Lógicamente la “nose blindness“ afecta a lo evidente más que a lo extraño, a lo familiar más que a lo lejano. Se diría que de un modo u otro, todos somos víctimas del rigor de esta metáfora. La política española también.

La ceguera de los grandes partidos, por ejemplo. Pensemos en Rivera que, por una soberbia desmedida, no supo ni quiso ver que lo que pedía el país a Cs era convertirse en un factor de estabilización liberal y reformista en lugar de una fuerza sustitutoria del conservadurismo. O pensemos en Casado, perdido entre las sombras ideológicas del aznarismo de los 90’s, anósmico a su hedor y por tanto ciego a las consecuencias de la falta de una articulación intelectual ambiciosa. O pensemos en Pedro Sánchez, un presidente presidencialista, obsesionado con su propia imagen, que juega la partida sin reglas y que cree –o parece creer- que esa actitud de romper la baraja continuamente no tiene consecuencias institucionales o, peor aún, morales en la sociedad. Al final, la regla que se aplica sería la evangélica: ay de aquél que denuncia la paja en el ojo ajeno y no es capaz de ver la viga en el propio. Pero no necesariamente por maldad –no siempre quiero decir- sino por falta de distancia, esa particular forma de egoísmo que denominamos narcisismo. Los discursos oficiales saben como vestir cualquier relato con un ropaje emocional convincente. Es el arte de la sofística. Es el arte del autoengaño.

La España de la nueva transición, tan afilada en su crítica demagógica al pasado democrático de nuestro país, me recuerda a la anosmia: incapaces de olfatear el afán constructivo de estas últimas cuatro décadas -seguramente por la costumbre de la cotidianidad-, nos empeñamos en perseguir lo malo, aún a costa de romper las costuras de lo bueno. Hay sesgos, me temo, que corroen la sociedad.  Y buscan –voluntaria o involuntariamente- destruirla.

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