Joseba Louzao

Ciegos en nuestra propia ceguera

"Las promesas de la política suelen valer poco, pero en este contexto adquieren una dramática banalidad"

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Ciegos en nuestra propia ceguera
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Joseba Louzao

Joseba Louzao

Historiador especializado en el mundo contemporáneo y profesor universitario. Bilbao, 1983.

Si alguien le intenta convencer de que nadie lo podía saber, échese la mano a los bolsillos: quieren robarle la cartera. Así de sencillo. No son pocos los que repiten machaconamente la fórmula a la hora de hablar de la crisis desatada por la pandemia. ¿Nadie? Mienten, se engañan o están viviendo la primera fase de su particular duelo. Solo hace falta repasar las hemerotecas para comprender que, al menos, desde mediados de febrero – Mobile mediante- había voces que avisaban de los peligros por venir. Tanto es así que las columnas de opinión y los programas de televisión respondieron con burlas y sarcasmo, mientras clamaban contra los irresponsables que agitaban el miedo. Llegaron a incluir a la OMS en sus denuncias por las informaciones que iban transmitiendo. Cualquiera diría que lo que más les molestaba era que a esta emergencia se iba sin pancartas ni eslóganes pegadizos. Hoy esos mismos prescriptores son los que continúan sermoneándonos desde el otro lado de la atalaya en la que habitan. No sé si hubo muchos capitanes a posteriori, como ha querido vender el gobierno y sus apéndices mediáticos, pero sí distinguimos entonces a muchos imprudentes oficiales a priori. Además, ¿no es la crítica política siempre un ejercicio a posteriori?

Esta crisis de salud pública también nos sigue polarizando políticamente. Sí, era posible aún más. El gobierno, las amistades de investidura y la oposición mantienen su viejo zapateo en la nueva realidad. No todos, por cierto, ni en todo momento. Aunque en el camino hemos ido descubriendo que algunas de aquellas pasadas batallas eran de cartón piedra. Viven instalados en la dicotomía del blanco o negro, que es donde creen que pueden conquistar al elector distraído: “ojalá tuviésemos otro gobierno”, “ojalá tuviéramos otra oposición”. A esta dinámica se han sumado sus respectivos partisanos con devoción partidista convirtiendo todo debate, por muy engolado que sea el tono utilizado, en una tertulia deportiva. Entre considerar que tu contrincante político está equivocado o es mala persona, suelen elegir el segundo postulado. Y esta opción, como los bulos o los usos de la posverdad, es un camino de doble dirección que va rebanando el pluralismo dentro de una relación amigo-enemigo.

El gobierno ha querido crear nuevos encuadres para librarse de la pesada carga de la responsabilidad. Pero la ciencia, como las banderas, no puede borrar las decisiones erróneas. Quizá sea una magnífica estrategia de comunicación para los convencidos, pero no deja de ser la versión actual del tocomocho tradicional. Los especialistas pueden ofrecer los datos y las evidencias en cualquier área de gestión pública, pero las políticas son responsabilidad última de las administraciones. En cualquier decisión se valoran otro tipo de juicios, como son los ideológicos, los sociales o los económicos. Que, por cierto, también entran en juego a la hora de elegir a los expertos a los que preguntar. Por lo que escudarse en la ciencia se convierte en la excusa de quien no ha hecho sus deberes.

Llama la atención, por otro lado, que los antaño escandalizados con las propuestas tecnocráticas se desgañiten para que solo escuchemos a los técnicos en estos momentos. Como si los epidemiólogos fuesen una especie diferente a, pongamos por caso, los vituperados economistas. Salvando las enormes distancias entre disciplinas, unos y otros se mueven por indicios, se rigen por modelos y mantienen sus oportunos sesgos. Si durante la crisis de 2008 hubiéramos sentado a una mesa de debate a tres economistas, habríamos obtenido cuatro opiniones diferentes. Lo mismo sucedería con la epidemiología hoy. Y no es una crítica. Sus estimaciones no se elaboran en el más abstracto vacío y, recordemos otra vez, el análisis se establece en directo. Detrás de cada especialista hay una experiencia, una actitud ante la vida y unas coordenadas políticas. No deberíamos preocuparnos en exceso, porque así es cómo se va desarrollando la ciencia, que tiene más de verbo que de sustantivo. No se trata de buscar culpables, se trata de encontrar responsables.

Las políticas de salud pública, en el fondo, se encuentran en el mismo horizonte que el resto de las políticas oficiales. Ni más, ni menos. En todos los niveles de gestión, dentro y fuera de nuestras fronteras, hay quien lo está haciendo mejor y quien lo está haciendo peor. Por eso, estamos en la obligación de pedir responsabilidades por las estimaciones equivocadas, por la falta de transparencia, por lo errático de las disposiciones y por los errores cometidos. A todos los niveles, de nuevo, pero comenzando por los que asumieron el mando único y nos anunciaron en febrero una comisión interministerial que, llegado el caso, no tenía ni un plan A.

El “qué hubiera pasado si…” se lo dejaremos al CIS y a los partisanos. La crisis ya se conjuga en un presente aciago y no la resolveremos con palabras tribales, esas resonancias fantasmales que ya hemos comenzado a escuchar de nuevo. Porque la pandemia, ¡oh, sorpresa!, ha confirmado la interpretación de la realidad de políticos e intelectuales. La mayoría nos asegura que el mundo se ha transformado radicalmente y, para ello, nos siguen recetando los mismos remedios. Ya nos lo recordó Daniel Kahneman, “podemos estar ciegos para lo evidente, y ciegos además para nuestra ceguera”. Nos guste o no escucharlo, ya hay gente que se ha quedado atrás. Las promesas de la política suelen valer poco, pero en este contexto adquieren una dramática banalidad. A partir de ahora, tendremos que escoger entre el menor de varios males. Y muchos son los que van a salir perdiendo.

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