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Las palabras tribales

"Los españoles no votamos mal. Los intereses e incentivos son tan variados que el arco parlamentario se diversifica"

Foto: Javier Lizon | AP

Entre la realidad y el deseo, la libertad es el desiderátum mágico de las derechas españolas realmente existentes. Entre el deseo y la realidad, las izquierdas realmente existentes mantienen la igualdad. Poco les importa que sus propuestas políticas no traigan la libertad o la igualdad anheladas. Estas son palabras tribales que alientan a sus respectivas parroquias y se pueden armonizar con otros conceptos para generar un paquete cerrado que posibilite la respuesta en el conflicto político: la Constitución, lo público, la nación (sea esta cual sea), el cambio, la estabilidad, el progreso, la superioridad moral, la eficiencia, el libre mercado, el Estado de bienestar, el diálogo y alguna más que aparecen constantemente en nuestra conversación pública. Las palabras tribales tienen el sentido que se les quiera dar porque, en el fondo, son el triunfo definitivo del universo ideal de Humpty Dumpty: “Cuando yo empleo una palabra, significa lo que yo quiero que signifique… ¡ni más ni menos!”.

Ni más, ni menos. Pasen por las redes sociales y verán cómo se despliegan este tipo de relatos. La igualdad es lo que nosotros digamos. La libertad es lo que nosotros digamos. Y nada más. Desde la atalaya política se reconoce, el horizonte está lleno de contradicciones que políticos y votantes debemos cabalgar de la forma más elegante posible. Por poner un ejemplo reciente, los que se escandalizan con la eliminación del impuesto de sucesiones suelen ser los mismos que defienden, o no les molesta demasiado, esos generadores de desigualdad que son el concierto económico vasco y el convenio navarro. Y viceversa. La lista podría ampliarse hasta el infinito. Y es que la realidad importa poco, si se consigue el relato adecuado para atraer a los votantes. Las estrategias electorales obligan y la baja calidad de los debates siempre son responsabilidad de los otros. Al final, las argumentaciones de los demás se terminan por convertir en un meme simplón frente a nuestras elaboradas formulaciones. Y es que nos encanta hacernos trampas al solitario.

Las narrativas que nos contamos tienen sus consecuencias, aunque nos puedan gustar más o menos. Solamente algunas de ellas salen triunfantes de la contienda, pero tienen un influjo poderoso que marca nuestra agenda diaria. Las más efectivas -aunque no necesariamente las más recomendables- siempre son aquellas que se plantean en un escenario de elección entre el bien y el mal dentro de una pretendida polarización sociopolítica. “O ellos o nosotros: ustedes deciden”. Nos enfrentamos a otras elecciones y, de nuevo, escucharemos muchas de estas palabras tribales, incluso cuando nos quieran dar a entender que estamos hablando de políticas concretas. Sin embargo, la realidad es mucho más compleja. Los españoles no votamos mal. Los intereses e incentivos son tan variados que el arco parlamentario se diversifica. Los ejes de división normativa son múltiples. Y las razones que determinan nuestra elección nunca son unívocas. Como tampoco lo serán las soluciones a los principales retos del país. Desde hace años, nuestra dinámica política solo se puede conjugar con pactos, concesiones y acuerdos en un contexto multipartidista. Unos lo han comenzado a reconocer a regañadientes (¡ay, los principios!), otros se mantienen cerriles en sus ensueños electoralistas con locuacidad tribal de que la culpa es de todos los demás.

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