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Demonios familiares

Foto: ANDREAS SOLARO | AFP

Pocos demonios son tan familiares como los demonios de la otredad: porque con los otros tenemos que convivir. Salta a la vista, sin embargo, que las sociedades europeas viven estos meses la reaparición de un tipo particular de otredad, representada no por quienes viven entre nosotros, sino por quienes aspiran a hacerlo en busca de una vida mejor. Es una otredad imaginaria, desmentida sin ambages por antropólogos y genetistas, que sin embargo produce efectos políticos reales. Porque no son ficticios los mecanismos psicobiológicos que saturan afectivamente nuestra percepción del otro: la historia de la xenofobia se ha escrito sobre los renglones torcidos de un rasgo evolutivo que nos empuja a colaborar con los miembros de nuestro grupo y competir con sus presuntos enemigos. De esa disposición atávica se aprovechan los actores políticos que agitan el fantasma de la islamofobia o alertan contra la contaminación cultural de las viejas tradiciones nacionales: en Italia, Estados Unidos, Hungría, Cataluña. De modo que si queremos evitar que la crisis migratoria se lleve por delante el proyecto europeo, el realismo es el primer mandamiento: ninguna apelación lírica a la coexistencia fraterna logrará persuadir a quienes aplauden la idea de elaborar un censo para gitanos.

Realismo significa, en primer lugar, admitir que se trata de un problema que no puede solucionarse; solo cabe gestionarlo, mejor o peor. No puede solucionarse por ninguno de sus dos extremos: ni es posible sellar herméticamente las fronteras ni lo es abrirlas de par en par. Admitir esto último es importante: recordemos que la bienvenida con flores a los refugiados en la estación de tren de Munich dio paso al ascenso electoral de Alternativa por Alemania. Y es que al abrir las puertas a los refugiados sirios, Merkel siguió una admirable intuición moral y al mismo tiempo corrió un formidable riesgo político. En poco tiempo, las imágenes de los migrantes deambulando por los campos europeos provocó un shock emocional en buena parte de la opinión pública, reforzado después por las agresiones sexuales en la Nochevieja de Colonia. Desde luego, Merkel sabe que la política requiere algo más que razones morales y la mejor prueba de ello fue su rápido retorno a la cautela: el acuerdo firmado con Turquía en marzo de 2016 que permitió frenar el flujo migratorio y hace posible decir hoy que las alarmas no cuadran con las estadísticas. A cambio, se calcula que casi tres millones y medio de refugiados sirios malviven en los campos de la montañosa región turca de Afrín; el 86% de los turcos quieren expulsarlos. Europa, en definitiva, no resolvió el problema: lo externalizó.

Así que realismo también es asumir que las sociedades europeas no querrán jamás abrir por completo sus fronteras. Aceptaremos un Aquarius, quizá veinte; pero no diez mil. Y lo mismo vale para las pateras del Estrecho, máxime si los medios de comunicación empiezan a fijarse en ellas. Y así vino a admitirlo Pedro Sánchez durante su entrevista, ayer, para El País. Guste o no, el noble sentimiento de la ayuda al prójimo es un sentimiento sometido a cálculos. Lo hemos comprobado en Alemania, en Suecia, en Italia: las opiniones públicas son animales delicados y hacer el bien, promoviendo una agenda cosmopolita y humanitaria, exige equilibrios delicados. En otras palabras: si queremos librarnos de los Salvinis, no creemos las condiciones para el ascenso de los Salvinis. España ha sido ejemplar desde los años 90, dicho sea de paso, gracias a sus acuerdos con Marruecos y Mauritania; que Marruecos parezca debilitar sus controles estos días viene a recordárnoslo. No es un mal modelo para Europa, siempre que existan Estados con los que llegar a un acuerdo: ni Siria ni Libia cumplen ese requisito.

Por eso, realismo significa también actuar sobre las percepciones de los ciudadanos: evitando toda sensación de desorden y afirmando la soberanía continental en el control de las fronteras. Solo así puede cortarse el paso a los halcones que reclaman la suspensión de los valores europeos, reclamando un estado de excepción capaz de poner fin al caos migratorio. Es un falso caos, pero no puede decirse tampoco que el Acuerdo de Dublín fuera solidario ni que se oyeran muchas voces reclamando el cumplimiento de la parte del trato consistente en la distribución alícuota de los refugiados: ni los gobiernos lo han recordado ni los ciudadanos se han manifestado para exigir su cumplimiento. De ahí que la Comisión y algunos gobiernos hablen ahora de la creación de «centros cerrados» para el control de los flujos migratorios, que podrían incluso situarse «fuera» del territorio europeo. Salta a la vista que se recurre a una adjetivación orientada a tranquilizar a la opinión pública. Es el camino adecuado: quitar el micrófono a los alarmistas mostrando firmeza, sin por ello renunciar a unos principios humanitarios que nacen de una experiencia histórica traumática. Así que ante una política emocional basada en la demonización del extranjero, hay que oponer otra que no se limite a refutarla mostrando el humanísimo rostro de refugiados y migrantes, sino que asimismo reclute el más poderoso ansiolítico de que disponen los Estados: la soberanía. Una soberanía europea y no solo nacional, cuyo ejercicio eficaz es condición para tanto para el asilo como para el auxilio.

Ni que decir tiene que de nada servirá ese vocabulario si no se pone dinero sobre la mesa y se hace visible ante el mundo que Europa se toma en serio la gestión de sus fronteras exteriores y la insoslayable cooperación con sus vecinos. Si la viejísima idea del control soberano no es objeto de la debida actualización, usando la astucia política necesaria para conjurar los peligrosos miedos que hoy anidan en muchos hogares europeos, las mejores intenciones pueden conducir a los peores resultados. Y entonces sí que no podríamos ayudar a nadie, más que a nosotros mismos.

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