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Dónde está la caja fuerte de las nueces

"Bernardo Atxaga fue el escritor que llevó la contemporaneidad más vanguardista y creativa a la literatura en euskera"

Foto: Donostia/San Sebastian 2016 | Flickr

Antes de ser yo técnicamente joven, cuando aún era verde, leí las primeras páginas de “Jóvenes y verdes”, el primer capítulo de la última parte de Obabakoak, y durante bastante tiempo las tuve por las páginas más hermosas y emocionantes que había leído jamás, en mis primeros doce o trece años de vida, las más tristes y a la vez celebrativas, las más hábiles a la hora de explicar qué fue esa adolescencia en la que yo me estaba metiendo (y cuánto miedo dio ese lagarto durante cuánto tiempo…). Es probable, pues, que no sea completamente objetivo al leerle o recordarle, pues Bernardo Atxaga (Asteasu, 1951) está en mi genética lectora, y siempre he mantenido la mayor lealtad a alguien que me dio tanto. Porque de Obabakoak salté a la preciosa nouvelle Dos hermanos, otra bellísima alegoría sobre la guerra, y de allí a las Dos letters,  y aún salté a sus Poemas & híbridos (y cómo me sobresaltó la “Crónica parcial de los setenta”, que casi puedo todavía recitar de memoria…). Es decir, que llegué demasiado pronto a su literatura para adultos, y después llegué demasiado tarde a su literatura para niños, pero aun así disfruté de las historias de la disléxica perrita Shola (“toda regla tienen sus escorpiones”, “nadie es croqueta en su tierra”…), y de las aventuras de Bambulo (que dotaban de toda una estirpe detectivesca al famoso “perro semihundido” de Goya), o de las  Memorias de una vaca (de la que recuerdo varias cosas, pero ante todo la imagen de una monja dando, por pura alegría, una patada a una zanahoria).

El Premio Nacional de las Letras 2019 condecora a un escritor muy especial, talentoso, único. Solo Atxaga puede ser atxaguiano

Menos me importaron El hombre solo y Esos cielos, y, aunque la cubierta de la edición de Siruela está sin duda en el top ten de la muy exigente y peleada lista de Las Cubiertas Más Espantosas de la Historia del Libro, con la Lista de locos y otros alfabetos volví a disfrutar como un ídem, pues había textos realmente gloriosos (que han podido releerse este mismo año, gracias a la reedición que ha lanzado la editorial aragonesa Xordica). Todo iba bien, por tanto, y en junio de 2003, tras unos pocos años de silencio, Atxaga dio a luz El hijo del acordeonista, que Clara me regaló en Port de Sóller, en Mallorca, en nuestro primer verano juntos, cuando yo ya iba dejando de ser joven pero no podía estar más plenamente verde. La primera mitad de esa novela me maravilló, me encandiló, y la segunda me desconcertó, me decepcionó, casi me enfadó. Recuerdo aquella lectura como una de las más extrañas de mi vida, por la voracidad con la que agarré el libro y por la impresión contradictoria que me causó, rozando los extremos de lo que podía complacerme o, al contrario, expulsarme: al parecer, pues, el lector que yo era iba cambiando, y ya iba surgiendo el crítico: una noticia nefasta, el fin definitivo del verdor.

Leí Siete casas en Francia de un tirón, cuando yo ya no leía nunca de un tirón libros de más de ciento cincuenta páginas. Fue en un viaje insomne, en un avión que me llevaba a Chicago. Vi la novela en la papelería del aeropuerto, recién aparecida esa madrugada, y no me resistí. Y la leí no en trance, pero sí en vilo, y no la he releído desde entonces pero la recuerdo con intensidad, con agrado, con gratitud. Fue una gran compañera de viaje, ese viaje al corazón de las tinieblas del Congo, esa nueva alegoría sobre la violencia, contada de forma oblicuamente amable, apañándoselas para inyectar magia incluso en medio del horror.

El escritor Bernardo Atxaga. | Foto: Donostia Kultura | Flickr

Y por fin llegaron los Días de Nevada, ese curioso falso diario en el que más o menos contaba su año de profesor en la Universidad de Reno. Allí volvía el Atxaga más genuino, muy distinto pero a la vez reconocible, libérrimo y poético, tierno e indagador, perspicaz y errático. La familia protagonista se veía rodeada de curiosos personajes, desde osos a colegas del departamento, y la variedad y desorden de esas páginas creaban una sensación muy nítida de vida que se vive, de libro que se hace a sí mismo sin querer, de escritura sometida radicalmente a lo que venga, o que intenta fingirlo con una elaboración literaria muy típica “de la casa”. Las excursiones en busca de caballos salvajes o las visitas de los mapaches se barajaban con discusiones sobre literatura, como esa tan atinada que defendía que “un poema de circunstancias puede no servir para formar parte de un libro de poemas. Pero todo poema que haya merecido formar parte de un libro ha de servir para cualquier circunstancia”.

Bernardo Atxaga fue el escritor que llevó la contemporaneidad más vanguardista y creativa a la literatura en euskera. Poeta inclasificable e intermitente, conferenciante ingenioso, narrador extraordinario, ciudadano comprometido…, lleva muchas décadas desplegando su fértil imaginación en libros de muy diferentes géneros y tonos, pero todos claramente emparentados por una mirada inteligente, soñadora y juguetona. El Premio Nacional de las Letras de 2019, concedido la semana pasada, condecora a un escritor muy especial, talentoso, único. Solo Atxaga puede ser atxaguiano. Y en febrero publica en español el que, dice, va a ser su último libro. Seguro que, a su modo, sigue siendo joven y verde.

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