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Opiniones libres de algoritmos

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El futuro pertenece a los menos inteligentes (si no lo evitamos)

A diferencia de la literatura o la religión, tan reconfortantes a menudo, la ciencia no tiene por qué resultarnos consoladora. Con frecuencia, de hecho, nos cuenta verdades un tanto fastidiosas. Incómodo resultó Galileo cuando decidió tomarse en serio el sistema copernicano e insistió en que la Tierra no era el centro del universo. Incómodo resultó Darwin cuando mostró que nuestro origen biológico y el de las cucarachas era el mismo. Incómodo es saber que hoy no contamos con una cura eficaz para todos los tipos de cáncer. Por latosas que resulten, ninguna de esas verdades pierde por ello ni un solo pellizco de verdad.

Esto no significa, naturalmente, que los científicos ignoren el revuelo que a veces podrían desencadenar sus descubrimientos. Ni que ello deje de provocarles cierto vértigo. Fue el caso, sin ir más lejos, del propio editor de Copérnico en el siglo XVI, el protestante Andreas Osiander. Temeroso de que su libro le acarreara una persecución religiosa, le añadió un precavido prólogo en que aseveraba que cuanto allí se contaba no debía tomarse como verdadero: “Esto, muchachos, es solo un hábil modo de resumir cómo se pueden hacer mejores cálculos en astronomía”, venía a decir el prologuista, “pero ni se os ocurra tomaros en serio este mero truco matemático, ni vayáis a creeros de veras que la Tierra no sea el centro de todo, líbrenos Dios”. La cautela de Osiander no parece excesiva: otro teólogo, Giordano Bruno, se negó a tomarse las cosas como proponía Osiander y se obstinó en sacar consecuencias de que nuestro planeta no fuera el centro del universo. ¿Resultado? Terminó en la hoguera donde un papa, de nombre Clemente, resolvió calcinar parejos atrevimientos.

Hoy los papas ya no achicharran más que terneras argentinas, pero ello no obsta para que los científicos sigan amedrentándose ante la reacción que sus estudios podrían desencadenar. Es lo que pensé al descubrir que uno de los asuntos más palpitantes de la psicología contemporánea contaba por fin, desde hace un año, con una pista para resolverse… pero esa pista aparecía, toda tímida, solo en el material suplementario de un artículo científico. Sus autores no parecían querer insistir en tal hallazgo. El asunto al que me refiero es fácil de formular: ¿favorece la selección genética actual a la gente más inteligente o a la menos dotada intelectualmente? Dicho de otro modo: ¿a este paso, los humanos seremos cada vez más listos, de media, o cada vez menos? La respuesta que se daba en los Proceedings of the National Academy of Sciences era contundente, y se corroboró con otro artículo de la misma revista en diciembre pasado: sí, la inteligencia es en parte heredable; sí, las personas más inteligentes tienden a tener menos hijos que el resto; y por lo tanto, sí, de seguir la actual tendencia, la especie humana estará cada vez menos dotada (intelectualmente).

(De desear adentrarse en los detalles científicos del asunto, cabe acudir a esta nutritiva entrada del blog de @DrXaverius).

¿A qué velocidad se producirá ese previsible entontecimiento de nuestras generaciones futuras, que hace unos años ya describió (menos científica, pero más entretenidamente) la película Idiocracy? Con el auxilio de un tercer estudio podemos confiar un cálculo: implicará unos 0,3 puntos menos de cociente intelectual por década. Esto significa que si Javier Marías o Antonio Navalón (recientemente aupados por periódicos de referencia como eldiario.es al rango de “odiadores de los millennials”) viven cincuenta años más, comprobarán entonces que la media de inteligencia a su alrededor descenderá hasta 1,5 puntos. Quizá no parezca demasiado, como no se lo parecen a algunos los grados de temperatura que se prevé aumentar en las próximas décadas; pero, en términos evolutivos, si ese proceso no se interrumpe, en mil años el humano medio tendría una inteligencia que hoy se considera retrasada.

¿Ese milenarismo va a llegar? Todo depende de si nos ponemos manos a la obra para remediarlo. Y de si queremos hacerlo, claro. A diferencia de la belleza o la fuerza física, que cabe reconocerlas perfectamente en los demás aunque uno carezca por completo de ellas (bien lo sabe un servidor, que humilde reconoce andar falto de la segunda), para apreciar la inteligencia hay que poseer, en parte, esa misma facultad. De modo que, si queremos encontrarle una solución a este asunto, más fácil será emprender tal tarea hoy que convencer a los atolondrados humanos de dentro de diez siglos de su importancia.

¿Qué se podría hacer? La entrada del blog que antes enlacé sugiere aplicar métodos como la selección de embriones o la ingeniería genética para compensar esa idiotización generalizada de nuestra especie. Son apuestas éticamente peliagudas, que entrañan un cierto tipo de eugenesia. Merecerían por sí solas otro artículo, de modo que no entraré a debatirlas aquí.

Hay, sin embargo, otra vía de solución más sencilla, que podríamos denominar “socialdemócrata”, en la que sí me detendré. Sabido es que a los socialdemócratas les encanta solucionar las cosas por medio de subvenciones. Y sabido es, al menos desde tiempos de la new left, que a los socialdemócratas les apasiona apoyar a las minorías, en particular aquellas en situación más vulnerable. Y bien, la conclusión es obvia, como habrá inferido el sagaz lector: creo que, desde el campo socialdemócrata, debería empezar a exigirse que el Estado subsidie a la gente más inteligente para que pueda tener más hijos de los que hoy tiene. Los listos son, al fin y al cabo, una minoría en evidente riesgo de extinción, si nos fiamos de la ciencia.

Además, no me cabe duda de que una medida como esta recabaría un apoyo electoral considerable. Al fin y al cabo, la mayoría de los votantes se considera del lado intelectualmente brillante de la sociedad, como notó ya Descartes al inicio de su Discurso del método. Votando a favor de esta subvención, pues, creerían en el fondo estar apoyando subvenciones para sí mismos. Quizá más tarde descubrieran que no es así: pero parece poco probable que masas de personas que se confesaran poco inteligentes se manifestaran luego para reclamar que son más tontos de lo que se creían.

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