Manuel Arias Maldonado

El jeroglífico

Si algo ha quedado demostrado este domingo es que Pedro Sánchez e Iván Redondo acertaron de lleno con su estrategia política

Opinión

El jeroglífico
Foto: Juanjo Martin
Manuel Arias Maldonado

Manuel Arias Maldonado

Profesor de Ciencia Política en la Universidad de Málaga y colaborador habitual en prensa y medios culturales.

Si algo ha quedado demostrado este domingo es que Pedro Sánchez e Iván Redondo acertaron de lleno con su estrategia política. El éxito de Vox en Andalucía les permitió agitar el fantasma de la ultraderecha y, con ello, neutralizar la cuestión nacional que había sido uno de los factores de la irrupción meridional del partido de Abascal. Por su parte, el minucioso tratamiento judicial del procés ha reforzado la impresión de que el Estado tiene el problema bajo control y muchos votantes habían desviado su atención de Cataluña. De repente, las elecciones se jugaban en el terreno clásico de la confrontación entre izquierda y derecha, con el añadido emocional del miedo a algún tipo de fascismo: una bestia que ha resultado ser imaginaria y quizá nunca existió. Pero la izquierda se movilizó y la fragmentación del bloque de centro-derecha hizo el resto: quienes hablaban del «efecto Andalucía» no se habían molestado en estudiar el sistema electoral español y sus famosos efectos desproporcionales. De paso, Sánchez completa su itinerario épico y no solo legitima su posición al frente del gobierno, sino que se sitúa a la cabeza de la socialdemocracia europea: se dice pronto.

Dicho esto, la interpretación del resultado es harina de otro costal. Y ello porque, como hablaba yo hace unos días con el filósofo Santiago Gerchunoff, el voto es una herramienta de notable inexpresividad: una acción de rango corto o que dice pocas cosas. Hablar de la «voz del pueblo» o decir que «los españoles han decidido» no es más que invocar ficciones necesarias. Sabemos cuán reforzado o maltrecho, en relación a sus expectativas, queda cada líder. Pero no sabemos qué gobierno podrá formarse ni -sobre todo- con qué contenidos.

Parece claro, sí, que una mayoría de españoles se ha movilizado para frenar una posible deriva ultraderechista. En cambio, no sabemos lo que quieren hacer con el problema catalán ni lo que piensan de la desaceleración económica. ¡Ni podemos saberlo! Se ha votado contra el otro; como casi siempre o quizá como nunca. Ahora se trata de discernir qué puede construirse con el otro; y con cuál. Ahí estará la clave de la conversación política de las próximas semanas, sin olvidar el papel que jugará de manera implícita la reforzada pugna en el interior del centro-derecha tras el estrepitoso fracaso del debutante Casado. Irónicamente, Sánchez ha creado aquí un precedente poco alentador: puso al partido por delante del país al negarse a investir a Rajoy y el tiempo le ha dado la razón realineando a su partido con el país. Relativamente, claro: se trata de un tercio del electorado. Pero eso, en los tiempos que corren, es un tesoro.

Una sociedad políticamente fragmentada, pues seguimos estándolo a pesar del éxito socialista, debería hacer un uso prudente del capital político que los votantes han empleado en las urnas. Sería hora de detener una campaña electoral ininterrumpida que dura ya demasiados años y reconstruir algunos consensos elementales. Pero no hemos llegado hasta aquí haciendo uso de la prudencia. Así que está por ver si, pese a todo, cambiaremos de canal.

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