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El otro Castro

Yo no sé ustedes, pero para mí, antes de la preeminencia pública de Raúl, solo existía un Castro: Fidel. Cuando empezamos a decirnos de izquierda, allá por el tierno bachillerato, Fidel era el Stalin caribeño, o sea el pervertidor de una ilusión revolucionaria de libertad, igualdad y justicia. Nos quedaba la boina mítica del Che en su afiche publicitario como némesis del castrismo, al igual que Trotsky representaba en nuestra maleada concepción de la Historia todas las bondades de la puesta en práctica del marxismo y la encarnación moderna del bruñido caballero de armas y letras. Luego supimos que el Che era un sanguinario despiadado. También lo fue Trotsky.

A la izquierda, en especial la europea, le ha costado esfuerzos hercúleos reconocer la maldad intrínseca de la dictadura cubana. Y hasta hace poco (desconozco si en presente y privado los podemitas todavía matizan al hablar del régimen de marras) abundaban las justificaciones: el bloqueo estadounidense, una sanidad pública envidiable, la propaganda de la caverna mediática y demás mixtificaciones más o menos elaboradas. Incluso Castro encontró en el conspirativo Oliver Stone a su hagiógrafo particular. Hay que reconocerle a Fidel una campechanería envolvente, reptiliana.

En todo caso, la verdad desagradable asoma y, según las estimaciones más fiables, alrededor de seis mil personas han sido fusiladas en aras de la revolución desde la llegada al poder de los barbudos en 1959. El escritor y pintor Juan Abreu, que tuvo la suerte de largarse de una isla semejante a la del Doctor Moreau, está utilizando el pincel para rescatar del olvido a todas esas víctimas. El proyecto es una manera de redimir vidas truncadas por el terror a través del arte. Sin fatiga. Con la íntima convicción de que los verdugos también mueren. Aunque sea en sus plácidos catres.

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