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El voto temblando

Foto: Enric Fontcuberta | EFE

Los alcaldes con sus bomberos de gala, los europeístas con su piscina de estrellas para los burócratas, como un anuncio de champán; los políticos de autonomía todos como castellanos de castillo. Va a resultar difícil pensar en ellos el domingo, pensar en el camión de la basura o en el precio mundial del cereal, cuando aún no hemos podido olvidar las elecciones generales. La sensación es que quedamos todos, los votantes y los políticos, mal votados, así que el voto del domingo tiene algo de testamento, de refutación, de segunda oportunidad, de arrepentimiento y de castigo.

Los de Vox resultaron unos jamelgos españolísimos y grotescos, así como de picador gordo, alrededor de una tradición de sangre y moscas que no daba para ninguna reconquista, sólo para una comida en un mesón. Hasta los más creyentes los ven no ya inútiles, sino contraproducentes, ayudando a Sánchez como un fantasma de las navidades pasadas. El PP, que se creyó la burbuja de la derechaza, que buscaba toreros para sus listas y casi quería volver a mandar a las criaditas a Londres, ahora se reconduce, sin querer admitirlo, hacia el centro vergonzante y útil. El día en que se constituyó el Congreso entre gritos y juramentos folclóricos, como si fuera una reunión de clubes gastronómicos, a Casado ni se le vio. Después, reunidos en Génova alrededor de un desayuno como de princesa triste, se enfrentaron los que pedían más acción (Rivera les come el sitio) y los que creen más conveniente la moderación o no sé si el luto. Ganaron estos últimos. El PP corre el riesgo de pendulear hacia el otro extremo, de morir de sobrecompensación, junguianamente. Ciudadanos, por el contrario, se ve seguro, se ve creciendo, se ve superando a un PP grogui, y se levanta como se levantó Rivera en el Congreso, como un arquero astrológico. Unidas Podemos, o lo que queda de ellos/ellas, de IU y de Podemos, ya no puede asaltar ese cielo de las instituciones, contiguo como una azotea al cielo de las plazas, según creían. Van perdiendo votos, gente, razones, estética, se van pasando de moda a la vez que sus líderes se hacen burgueses y su revolucioncita se hace ya burocrática, demagoga y retórica como todas las revoluciones, claro. Ya solo les queda sobrevivir bajo el ala de ángel esculpido de Sánchez.

Sí, quién piensa en la verbena del barrio cuando uno ve que el voto voló, que los partidos cambiaron, te traicionaron, se desinflaron, se mudaron de camisa o perdieron el tranvía histórico que pasaba. El PSOE ya no es una barrera contra ningún “fascismo”, básicamente porque era un fascismo inventado, agigantado, estilizado, un fascismo art déco, de cartelería, que en realidad no existe pero aun así funcionó, como los dioses y sus infiernos y castigos cocineros. El único fascismo que queda es el totalitarismo independentista, que ha conseguido convertir el Congreso en una caseta del Parlament, con sus churros y desacatos. No habría podido sin la ayuda de Sánchez, claro, que ha dejado las más altas instituciones del Estado en manos del icetismo (aunque no esté Iceta), de la ambigüedad colaboracionista y acomplejada del PSC, de ese apaciguamiento de los catalanistas comprensivos como Batet, que no cree que haya que imponer la Constitución a quien no la quiere. Cuando escribo, aún no sé si Batet habrá reunido a la Mesa para suspender a los diputados presos. Pero resulta más que inquietante imaginar un “choque de legitimidades” en nuestro Congreso, una Mesa que llegara a votar no suspender a los presos, ya indistinguible de los movidones subversivos del Parlament. Qué gran triunfo para el sanchismo sería éste.

Batet intentará aguantar sin hacer nada hasta que pasen las elecciones, desde luego. Aún hay que disimular. Hacer creer que la España progresista y en positivo sigue adelante y que el diálogo templadito arreglará Cataluña. Que el PP resiste en su centro derecha como en un gran sillón frailero. Que la revolución de la mochila y el puñito nos va a salvar. Hay que disimular, no vaya a creer el votante que su partido le ha dado la vuelta a su voto y el domingo lo corrija dándole también la vuelta él. Este domingo será difícil pensar en los parterres, en los ciclistas o en lejanos traductores simultáneos. Porque el voto tiembla en el bolsillo como la mano antes de una bofetada. Igual que tiemblan los partidos.

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