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Elecciones: el cordón sanitario y la frontera sensual

Foto: Francisco Seco | AP

Estamos, entre la derecha “trifálica” y el Sánchez autoerótico, condenados al desamor y a la parafilia política. He dicho Sánchez, y no PSOE, porque el PSOE fue un día un gran aparato, una ostentosa máquina con jefe y escalafones, pero siempre con ideas, movimiento, osadía. Hasta cuando Felipe lo era todo, es decir la misma rosa socialista en carne, Guerra, su intelectual, su alfil siempre en la losa negra, se le enfrentó. Eso sí, con ideas y como idea, no como simple camarilla de poder. Ahora, apartado el ego de cigarrera de Susana, lo que queda es el otro ego pimpollero de Sánchez, con un partido que sólo le hace de cola de novia para asistir a sus bodas consigo mismo y a sus eventos y giras como de Bisbal con guayabera.

Se acabaron las mayorías absolutas igual que se acabaron las cartas de ajuste, pero si ya es difícil buscar pactos con la izquierda y la derecha fragmentadas como nunca, aún lo es más cuando no se trata de pactar sobre programas, sino sobre caprichos de niño rey. Cs podría pactar con el PSOE, por supuesto, pero no con Sánchez. Es decir, podría someterse a la política, pero no a rabietas y chocolatadas de presumido. Entre unos que se encoñan con la bandera y otros que se encoñan con su reflejo en el mármol, es más fácil acercarse a los de la bandera, que son al menos previsibles, están ahí con sus fetiches y sus fobias, fijos como sus glorietas con general, y por ello son medibles, controlables. Sánchez ha demostrado que puede hacer cualquier cosa. En su tiempo de gobierno escaparatista no ha habido nada estable, coherente, quieto, fiable; no ha habido nada a lo que no le haya dado la vuelta, que no haya contradicho o desdicho. Lo único que se mantenía inalterable era su figura apolínea contra los acerados rayos del sol poniente, esa estampa de aviación o de cowboy que ha sido él.

Con Sánchez no se puede pactar, con Sánchez sólo cabe enamorarse. Creo que es lo que piensan en Cs. La carta de Narbona aún presupone política, pero Sánchez nos ha dejado sin política, sólo con el paseíllo de sus hechuras toreras. No se trata únicamente de que Sánchez haya consentido llegar a La Moncloa, cambiar el colchón y quedarse allí a hacer barbacoas de cuñado, todo eso con los votos de los que quieren destruir el Estado (de hecho, en Cataluña ya lo han destruido: no hay presencia del Estado, la ortodoxia disuelve derechos civiles y absorbe las instituciones para una causa totalitaria). Se trata, sobre todo, de que Sánchez volvería a hacerlo. Eso y más. Precisamente porque no hay un horizonte político, sino personal. Sánchez ha sustituido la política por el arrebato egocéntrico y el culto personalista, y ha sido capaz de consentir islas fuera de la democracia y del derecho sin dejar su hilillo de voz dialogante y gacho. No es que no sea fiable, es que ya no se sabe dónde encontrar la política entre sus meneos y sus antojos.

Sánchez pretende situarse en el centro, entre dos radicalismos, el de la derecha de naipe de taberna y el del independentismo desatado. Pero él no está en el centro. Es falso que haya convocado elecciones por no ceder al chantaje secesionista, sino porque ha visto cierta ventaja con la derecha prestándose a hacer espantajo. Igual que es falso que no haya hecho concesiones al independentismo. Ha permitido, como decíamos antes, que el Estado haya desaparecido en Cataluña, les ha facilitado seguir con su presión, su propaganda, su acoso, su humillación, sus señalamientos, sus milicias. Lo de Sánchez aliado con los que quieren “destruir España” no tiene por qué referirse a una destrucción en esencia, en alma, en llamas joseantonianas. Se refiere sobre todo a que Sánchez se ha aliado con enemigos de la democracia, del Estado de derecho, con gente que ni siquiera entiende que la misma democracia se constituye bajo el imperio de la ley y que ninguna mayoría ni minoría con más o menos poder o fuerza puede situarse por encima de esa ley. Gente que desinfecta, literalmente, los lugares por los que pasan los “enemigos del pueblo”, gente que practica ya la desratización del otro, que no tiene pudor en manejar los conceptos de la “pureza” con consistencia ya química, venenosa, eugenésica. No son cuestiones ideológicas, sino los fundamentos de nuestro sistema y de nuestras libertades. Con eso no se puede negociar, no cabe diálogo ni término medio. No sin renunciar a la misma democracia.

El centro no es Sánchez. Sánchez hace mucho que está alabeando hacia la antipolítica y la democracia de turbamulta que representan Podemos y el independentismo. La posición central la tiene Ciudadanos. Si la cuestión fuera ideológica, Cs se podría entender con el PSOE. De hecho, desearía entenderse con el PSOE antes que con los cruzados de Vox. Cs, ciertamente, es el único que podría mover los bloques. Pero no ha sido Rivera el que ha puesto cordones sanitarios. Ni esa derecha de tres cabezas o tres penes, esa derecha como de visión de San Juan, con más diferencias y roces de lo que se quiere hacer creer. El cordón lo ha puesto Sánchez, como en su batín. Ahora mismo, es muy difícil para un demócrata de bien estar de acuerdo con él en casi nada. Tanto, que puede ser más fácil y menos costoso para la democracia intentar embridar a los rancios de Vox que pagarle otro colchón a Sánchez. Tiene que ser duro para un socialdemócrata ser más peligroso que esa batida de caballistas y sargentones de misa y santo y seña. Pero estamos suponiendo, claro, que Sánchez es algo que tiene que ver con la política, y no sólo con la sensualidad. Ésa sí es una frontera de la salud democrática, ver cómo por sensualidad se vende el Estado de derecho. Ahí es donde se separan los bloques. Ahí es donde hay que elegir bando.

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