Enrique García-Máiquez

Ingravidez y desgracia

«El único consuelo es que casi nadie parece dar ya ninguna importancia a estos premios, más actos políticos o propagandísticos que estéticos o culturales»

Opinión

Ingravidez y desgracia
Foto: Manuel H. de León| EFE
Enrique García-Máiquez

Enrique García-Máiquez

Profesor, poeta, columnista, crítico, traductor, provinciano, aforista, diarista. Todo junto y demasiado revuelto.

Los premios literarios o artísticos son espejos en los que gusta verse reflejado quien los otorga. No me extraña, por tanto, que el Estado español haya premiado a Marina Abramovic. Aunque confesaré que lo siento por la princesa de Asturias, a la que van a hacer pasar por el trance y el compromiso de entregar el galardón, siendo una menor. El único consuelo es que casi nadie parece dar ya ninguna importancia a estos premios, más actos políticos o propagandísticos que estéticos o culturales.

Lo que me hace recordar una breve escena de Rendición incondicional, la última novela de la trilogía Espada de honor que Evelyn Waugh dedicó a la figura de Guy Crouchback, un auténtico quijote de incógnito. Se me quedó en la memoria por lo que tiene de maestría literaria. Con 16 palabras describe la época y su drama. Ludovic, futuro escritor y personaje bastante siniestro, lleva un diario. Obedeciendo a su superior, un abochornado Guy ha de inspeccionarlo y, nada más abrirlo, se encuentra con esta observación: «El capitán Crouchback tiene peso» seguida de las 16 palabras exactas que digo: «He is the ball of lead which in a vacuum falls no faster than a feather», esto es, «Es una bola de plomo que en el vacío no cae más rápido que una pluma». El plomo y la pluma, en el ámbito militar, son metáforas perfectas del coraje y la cobardía, pero lo deslumbrante es que Ludovic ha captado cuál es el problema del protagonista y el aún mayor de nuestro tiempo. Éste es tan vacío que es incapaz de determinar los pesos específicos —el valor real— de cada persona o de cada actitud. Todo pesa igual, casi nada, lo que puede aprovecharse para premiar sin que apenas lo note nadie a los que más nos convengan o mejor nos aprovechen. El éxito del propio Ludovic, entre otros personajes tan poco meritorios como él e incluso más inconsistentes, sirve de prueba, frente a los fracasos y mezquindades a los que siempre parece abocado Crouchback.

El caso de un escritor de la talla de Andrés Trapiello al se ha discutido una medalla de Madrid por quienes incluso desconocían las razones para hacerlo y hasta su misma obra es una prueba incontestable del vacío que nos rodea y sus efectos. Acierta el pintor Ramón Gaya al denunciar la esterilidad de una modernidad hueca que no siente más tirón que el de estar a la última y que, en consecuencia, produce apenas «originales prematuros». Su amigo el poeta Tomás Segovia resume el juicio de Gaya, que denunciaba «la astucia de la “cultura” moderna, convertida en el virus más mutante del mundo […] que consiste en hacer suya la resistencia misma a su contagio, en hacer de la rebeldía una obediente rutina, de la innovación un hábito repetitivo, de la ruptura un mérito casi siempre premiado y de la libertad una altanera irresponsabilidad». Parece que está hablando de Marina Abramovic.

¿Tiene esto solución? Hay valerosos optimistas que opinan que basta con gritar que el emperador está desnudo, como en el cuento clásico, para que los demás vean la impostura del arte o de los prestigios literarios que nos deslumbran con la luz de sus propios focos vueltos del revés. Pero esto se ha hecho ya con poco éxito hasta la total afonía de los intrépidos. No hay más solución que rellenar el vacío en el que todo pesa lo mismo, pluma o plomo, polvo u oro.

El único modo es adquirir cada uno, a pulso, un mínimo suficiente de peso personal. Aunque entonces te das cuenta de tu propia ingravidez, que empezará poco a poco a pesarte más y más. En el vacío donde todo vale lo mismo, nadie se percata de su insustancialidad. Por eso tiene tanto predicamento. Y además, cuando uno logra revertir esa situación al menos en nuestro juicio y quizá en nuestras obras, como la sociedad sigue envasada herméticamente, tendremos que seguir viendo cómo las plumas se llevan las palmas. En compensación, cada vez nos importará menos; salvo por la inocente princesa, claro.

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