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Íñigo Errejón o cuento de Navidad

Foto: J.J. Guilen | EFE

Me enfrentaba yo estas navidades laicas sin mucha fe, como es normal, pues son laicas y nada tienen de navideños los centros comerciales ni las publicidades televisivas ni las promesas que cada negocio exhibe estos días en sus escaparates. Era tarde y el cielo se oscurecía como la cara de alguien que se preocupa. Como esta Europa. Acababa de desactivar mi cuenta de Facebook después de tres años “enredado”, harto de haberme convertido en un producto literario, cómplice de la endiablada maquinaria de la sociedad trasparente. Y me disponía a desinstalar Twitter de mi teléfono móvil cuando encontré la Navidad —la original, la cristiana— en un tuit de Iñigo Errejón. El tuit decía lo siguiente:

A algunos les sorprenderá. Pero cada vez creo más en coger aire intelectual leyendo y debatiendo con quien viene de sitios muy distintos a uno. Especialmente en este momento y para el tema más importante en discusión. Este artículo está francamente bien.

El artículo, titulado “Patriotismo”, lo rubricaba Juan Manuel De Prada, que disertaba a propósito del uso de las banderas en nuestros sísmicos días. Mi sorpresa sólo había comenzado, porque al instante, leyendo los comentarios al tuit, vi que Íñigo, no contento con haber compartido el artículo de un enemigo ideológico, decía del mismo escribe como dios. Dios con minúscula, se entiende, para salvaguardar su integridad. Nunca me ha gustado el discurso mesiánico de Podemos ni el heroísmo de su líder. Tampoco me ilusiona Juan Manuel De Prada, aquejado también de mesianismo, con esa fe defensiva y fatalista que más que abrazar astilla. Pero el milagro navideño había sucedido. El espíritu de la Navidad se había encarnado en un joven ateo y republicano que escribía Dios con dé minúscula. El rojo alababa al facha y se acababa así el cainismo, una de las costumbres más españolas. Un elogio parecido a un puente flotando sobre montones de ruinas. Pentecostés sobre las polarizaciones que las redes sociales agudizan cada vez más y no desinteresadamente. Después de aquella lectura eché el cierre a Twitter, pero con una sonrisa. Ahora, mientras escribo, a salvo ya de la violencia neuronal e instalado en el bando de lo frágil, “desenredado”, encaro con esperanza estas fechas sabiendo que la Navidad está a salvo en un tuit que debería ser la postal navideña de dos mil dieciocho.

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