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Literatura en directo

"Aunque el placer mayor (el placer alegre) adviene cuando la lectura que se inició con ese propósito es derrotada por la obra, que la convierte en lectura celebratoria, admirativa"

Foto: Anagrama

Confieso que no tenía muchas ganas de que me gustase la nueva novela de Gonzalo Torné, El corazón de la fiesta (Anagrama). El autor ha tenido últimamente desagradables discusiones en Twitter con amigos míos sobre asuntos en los que yo estaba de acuerdo con mis amigos. Además, su “exceso de ser inteligente” (como decía Jaime Gil de Biedma de Gabriel Ferrater) me lo hace irritante en ocasiones; sobre todo cuando detecto tonterías políticas (desde mi sesgo no necesariamente infalible, claro está) en la corriente de su inteligencia.

Leer a la contra, buscando defectos, con perspectiva degradante, es también un placer; triste, pero placer. Aunque el placer mayor (el placer alegre) adviene cuando la lectura que se inició con ese propósito es derrotada por la obra, que la convierte en lectura celebratoria, admirativa. No me ocurre con frecuencia, pero esta vez me ha ocurrido. Y hay una cierta redención aquí, porque lo que de verdad amamos, que es la literatura, vence sobre nuestras propias pejigueras. Estas no fueron suficiente para frenarla. Nuestro amor, al cabo, se reveló superior.

No he leído (lo haré pronto) las dos primeras novelas de Torné, Hilos de sangre y Divorcio en el aire, y la tercera, Años felices, me gustó, aunque no me entusiasmó como El corazón de la fiesta; tal vez la leí peor. El tono que he celebrado en la de ahora lo encontré por primera vez en el prólogo que escribió el autor para la edición conjunta de Intrusos y huéspedes & Habitación doble de Luis Magrinyà. Un tono que yo caracterizaría de esta manera: ¡alegría de escribir! Una escritura vibrante, viva, sin una sola frase inerte (como dijo Savater de la de Borges), que es la que he vuelto a encontrar en El corazón de la fiesta. Con el mérito añadido (un mérito fundamental) de que no entorpece la narración, sino al contrario: contribuye a su fluidez. La narración va, de hecho, 'montada' en esa fluidez.

Al leerla he tenido la intuición de que va a quedar. Esto solo me ha pasado en la novelística española de las últimas décadas con Javier Marías (aunque recientemente hubo otro caso: Lectura fácil, de Cristina Morales). La impresión, en verdad excitante, era la de estar asistiendo a la literatura en directo. Tanto por tratarse, en sí misma, de una extraordinaria novela actual, como por su manera de operar con la realidad del momento, sirviéndose de ella para crear una obra que la trasciende. La intención de hablar del presente es habitual entre los novelistas, pero lo que suele salirles son relatos de corte periodístico o sociológico, de poco calado, irreales a fuerza de convencionales (incluidas las convencionalidades ideológicas), escasos de pensamiento, de pensamiento literario. El prodigio de El corazón de la fiesta es que emplea referentes de la actualidad que se transforman ante nuestros ojos en literatura perdurable. Los lectores futuros tendrán la novela, pero los de ahora tenemos la novela y la realidad que ha atrapado o postulado, en su complejidad, en su profundidad y en su metamorfosis en ficción; es una sensación de lectura en estéreo.

Jordi Amat ha escrito en The Objective sobre el tema central de la novela, el dinero, que el autor resalta con la cita inicial de lord Byron: “Dinero, dinero, dinero...”. En su órbita, están también el poder, la corrupción, el clasismo y, en el anclaje catalán de la trama, el nacionalismo. Es notable como sitúa a este (un elemento abrasivo de la actualidad política española) en un doble eje: por un lado, como instrumento clasista y xenófobo de poder; por otro, como recurso de auxilio existencial (para quienes lo practican) en este mundo infinito y pasajero. Su disección de la sociedad catalana me ha recordado (yo he sido el primer sorprendido) al Contra Catalunya de Arcadi Espada; y su retrato del Rey de Cataluña (de este modo genial llama a un trasunto de Jordi Pujol) al ‘Ubú President’ de Albert Boadella. Otras evocaciones (en mí como lector): el Bigas Luna de Huevos de oro y Yo soy la Juani (el personaje de Violeta Mancebo tiene algo de la Juani, e incluso de Rosalía) y novelistas de Barcelona como Juan Marsé, Eduardo Mendoza y Manuel Vázquez Montalbán.

He encontrado además que el entramado lírico-conceptual de la novela, sus interesantes análisis sobre los sentimientos y las relaciones personales, así como su manera de mirar el mundo, las acciones cotidianas, los paisajes, procede de poetas catalanes como los ya mencionados Gil de Biedma y Ferrater o Carlos Barral. Y, naturalmente, de la que el autor considera su principal influencia: “la narrativa judía norteamericana”.

Y todo esto plenamente integrado, dinamizado, en una narración que funciona. La alegría de la escritura de Gonzalo Torné produce la alegría de la lectura.

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