The objective

El Subjetivo

Opiniones libres de algoritmos

Opiniones libres de algoritmos

Lo que la muerte de un filósofo liberal nos enseña sobre la iglesia católica

Foto: L Osservatore Romano | Reuters

El mes pasado falleció Michael Novak en su casa de Washington. Era hasta aquel momento uno de los más importantes filósofos católicos vivos.

Aun así, su deceso apenas ha tenido repercusión en esos mismos medios de comunicación que nos detallan incluso que el papa Francisco prefiere usar un Fiat antes que cualquier otro automóvil. ¿Por qué? Creo que en este caso no basta la explicación, bien útil en otros, de que la cultura católica se encuentre alejada de la cultura mainstream. O de que esta última se halle alejada de aquella, que tanto da. Tampoco se trata solo de que el periodismo de nuestros días se fije más en lo rimbombante que en lo sesudo. Creo que en este caso el relativo olvido que ha envuelto la muerte de Novak nos ilustra bien sobre una de las desventuras que traspasan la iglesia católica actual.

Para entender este punto, es preciso explicar someramente quién era Michael Novak. En una iglesia que demasiado a menudo se tensa hoy entre conservadores acérrimos y teólogos de la liberación, entre rigoristas morales y populistas políticos, entre tradis y progres, entre criticones de los transexuales y criticones de las multinacionales, Novak no pertenecía ni a uno ni a otro grupo. Lo suyo no era tampoco una templada equidistancia, que hubiese podido caer episódicamente bien a unos y a otros. Novak era muy contundente en sus ideas. Pero esas ideas eran de las que reciben hoy una acogida más gélida en una iglesia quebrada entre fans y haters del papa Francisco. Sus ideas eran liberales.

La evolución ideológica de Novak es la de tantos otros: izquierdista en su juventud, abandonó esa ideología al darse cuenta de que en realidad no favorecía a quienes pretendía beneficiar, a los más pobres. Lo narró él mismo en uno de sus libros, titulado precisamente “Escribir de izquierda a derecha” (Writing from left to right). Se hizo entonces un animoso defensor de los libres mercados y de las sociedades libres. Pero aquí hay que marcar su diferencia respecto a otros muchos: Novak no abogaba en favor de la democracia capitalista solo porque le pareciera un sistema que traería bienestar para más personas y durante más tiempo (que también). Novak pensaba que esas democracias no solo brindaban prosperidad, sino que constituían además el sistema más moral con que contamos. Y, por lo tanto, el más cristiano.

Estas ideas, que pueden parecer heréticas en la iglesia que hoy dirige un adepto al populismo como Francisco, sonaban igualmente extrañas hace cuarenta años, cuando Novak empezó a argumentarlas. Tuvo suerte, sin embargo, de que en aquel entonces llegara a la silla de San Pedro un polaco bien curado de cualquier coqueteo colectivista. En la Polonia comunista circulaban ilegalmente los libros de Novak; y Juan Pablo II no solo llegó a ser amigo personal suyo, sino que tuvo la humildad de dejar que le asesorara como filósofo. A su vez, Novak hizo buen uso de los escritos de ese papa para argüir que la creatividad del empresario es un reflejo del poder creador de Dios Padre; que el modo en que las empresas coordinan a personas alejadas entre sí para un beneficio común es un reflejo de la comunión humana. Esa es la senda que abre su libro, de resonancias weberianas, El espíritu del capitalismo democrático, publicado en 1982. Es decir, casi un cuarto de siglo antes de que la principal economista hoy viva, Deirdre McCloskey, empezara a defender una de las cosas que la han hecho más famosa: que las virtudes burguesas son lo más afín que hay a las virtudes aristotélico-cristianas, y que además favorecen que la economía funcione bien.

Con lo dicho creo que no necesito explicar el atractivo que ejerció sobre mí Michael Novak desde el momento en que lo descubrí, allá cuando joven. Rodeado por el catolicismo ochentero de catequistas con guitarra que entonaban a Simon and Garfunkel (hello-darkness-my-old-friend) y señores adustos preocupados por si los adolescentes nos masturbábamos o no, Novak fue todo un soplo de aire nuevo. Sus ideas sonaban frescas, incluso traviesas, como la corriente que se cuela por la ventana que abrimos bien de mañana. El viento del cambio, que cantarían luego los Scorpions.

Mas eso que tanto me atrajo entonces a mí es precisamente lo que disgusta hoy de Novak a unos y otros. Existe todo un catolicismo poverista, izquierdoso, que no siete veces, sino hasta setenta veces siete, evitará perdonar a Novak que no aprovechara los defectos del capitalismo para limosnear quejumbroso, ¡bien al contrario! Novak sabía que ningún sistema económico-político, tampoco las democracias capitalistas, pueden implantar el Reino de los Cielos en la Tierra. Pero apostó por aliviar nuestros problemas no con menos, sino como más libertad. “Para ser libres nos ha liberado Cristo”, dice la epístola a los Gálatas (5:1).

Ahora bien, también prolifera hoy un catolicismo más turbado por los homosexuales, los bisexuales, los transexuales, los intersexuales, los demisexuales y los asexuales que devoto de esa misma libertad de la que hablaba San Pablo a los gálatas y que le hizo a San Agustín aseverar: “Ama, y haz lo que quieras” (Dilige et quod vis fac). Un catolicismo displicente ante el mundo, temeroso ante la ciencia y refugiado en lo reaccionario.

A pesar de sus aparentes discrepancias, en realidad uno y otro bando descrito disfruta con el rival que hoy le ha tocado: ¡es tan sencillo sacarle defectos a uno y otro! Y ambos han silenciado a Novak.

Una fractura atraviesa hoy a la iglesia católica, una fisura de la que nadie habla. Los católicos progres prefieren no hablar de ella, porque están encantados con Francisco y narrar que la iglesia de Francisco tiene graves problemas equivaldría a confesar que quizá este no sea un santo tan milagroso como ellos quieren creer que es. Por su parte, los conservadores tampoco hablan de esta fractura, pues siempre han sido partidarios de que los trapos sucios se laven en casa.

Pero silenciar un problema no hace que desaparezca. Hoy la mitad de las diócesis católicas sigue unas normas sobre los divorciados y otra mitad sigue otras normas opuestas. Cuando cuatro cardenales (conservadores) le han solicitado al papa (no conservador) que aclare cuál es la norma correcta, este parece molesto con ellos y se niega a responder: ¡pedirle a un jesuita que hable claro! ¡Habrase visto mayor impertinencia!

No se sabe adónde nos conduce este papa. Pero para muchos lo que es seguro es que nos conduce allá montado en un Fiat; y eso, por misteriosas razones, les basta para confiar en sus dotes al volante. A algunos otros, sin embargo, nos reconfortaría saber que lleva al menos algún libro de Michael Novak en la guantera. No parece, empero, probable: a pesar de que Novak fue corresponsal en el Concilio Vaticano II, a pesar de que asesoró a los dos papas anteriores, a pesar de su meritoria labor diplomática en la comisión de derechos humanos de la ONU, a pesar de que pocos intelectuales católicos han influido en nuestros días como él, no se sabe que el papa Francisco considerara “triste” la noticia de su fallecimiento. Epíteto que sí se apresuró Francisco a proclamar que le merecía la muerte de Fidel Castro, en cambio.

Más de este autor

Más en El Subjetivo

Dignidad

Como nunca estuvo muy claro qué añade la dignidad a los derechos humanos, con el tiempo, aquélla ha aspirado a ser el fundamento metafísico de estos