Álvaro del Castaño

Los cuatro jinetes

«Rememoremos la fidelidad y el denso silencio que reina en los animales, los cuales, como nos decía Max Picard, transportan consigo el silencio para el ser humano»

Opinión

Los cuatro jinetes
Foto: eberhard grossgasteiger| Unsplash
Álvaro del Castaño

Álvaro del Castaño

Vivo en Londres y trabajo en un banco de inversión. Soy novelista, pero mis novelas no nacen de una vocación literaria, sino de una necesidad vital. Observo la realidad con distanciamiento.

Vivimos tiempos históricos, instalados en la ciénaga pandémica. El muro de las preocupaciones parece ser insalvable. Cada ladrillo apilado en esa inmensa pared que nos separa de nuestro feliz pasado es un reflejo de un pensamiento negativo. En las zonas pantanosas de la pandemia acechan las nubes negras, y soplan vientos populistas que terminan en tormentas tristes. Llueve sobre mojado. Lluvia ácida que nos corroe el alma. Nos escondemos de las trombas de agua corrosiva bajo los soportales mediáticos, en esta edad de la hiperconexión. Pero estos no son refugio, pues en esas cloacas han anidado los odios y las malas noticias que se retroalimentan como biosistemas venenosos. La inmundicia vende más que la sonrisa y la felicidad.

La pena, la fatiga y la depresión acampan en las familias, amigos y compañeros. La pandemia nos roba la compañía. Nos priva de nuestras ilusiones y escapes vitales. Nos capa nuestro futuro, que se convierte en un inmenso océano al que enfrentarse sin viento en las velas. Se desvanece la Navidad. Muchos están solos, muy solos.

Los cuatro jinetes sobre los que reposaba nuestra estabilidad emocional a largo plazo, eran fe, optimismo, alegría y esperanza. Eran las fuentes de nuestra verdadera energía, y ahora se debilitan ante el torrente derrotista.

Dios mío, ¿por qué me has abandonado?

¡Basta ya! Tenemos que deshacernos de estas destructoras cadenas. El pesimismo reinante nos tiene aturdidos. Hay que reaccionar. Si reflexionamos, podemos encontrar motivos suficientes para tirarnos por un puente o para celebrar hasta el amanecer. Nosotros podemos elegir la postura que tomamos ante la vida. Hay que volver a cabalgar con los cuatro jinetes de la fe, el optimismo, la alegría, y la esperanza.

Para empezar nuestra purga de desesperanza recomiendo recurrir al gran Mario Benedetti, y comenzar por el principio: no nos rindamos.

Aunque el frío queme,

Aunque el miedo muerda,

Aunque el sol se ponga y se calle el viento,

Aún hay fuego en tu alma,

Aún hay vida en tus sueños

Porque cada día es un comienzo nuevo,

Porque ésta es la hora y el mejor momento.

Porque no estás solo, porque yo te quiero. 

Luego acordémonos de la sonrisa cándida nuestro hijo pequeño. Pensemos en su ingenuidad y en su capacidad de sorpresa. Imaginemos su ilusión al descubrir algo que no conoce. Toquemos su mano pequeña y llevémonosla a los labios. Inhalemos el olor a vida y esperanza. Acerquémonos por la noche a su cama y siéntate a tu lado, escucha como respira y exhala paz. Disfrutemos de su descanso sin remordimientos.

Pensemos en el milagro de un nuevo día. Visualicemos la escarcha acristalada abigarrando las hojas del parque. Imaginemos la bruma desperezándose sobra la hierba del campo. Escuchemos el suave viento azotando las copas de los arboles.

Recordemos el amor maternal y el cariño de tu padre. Alegrémonos por nuestra infancia recibida, el alboroto fraternal, y las lecciones que aprendimos en familia. Contentemonos por saber qué, pase lo que pase, y hagamos lo que hagamos, nuestros padres siempre están ahí, pese a la distancia o la lejanía metafísica del más allá.

Recuperemos el calor de la amistad, sintamos el fogonazo de alegría al ver a un amigo querido. Rememoremos las confidencias, las risas y las aventuras compartidas.

Regocijémonos con el sabor de nuestro primer amor, con la frescura y el ardor platónico de los primeros besos. Deleitémonos, con la complejidad del amor sereno, y con la complicidad y el cariño del amor duradero y veterano, a prueba de fuego.

Rememoremos la fidelidad y el denso silencio que reina en los animales, los cuales, como nos decía Max Picard, transportan consigo el silencio para el ser humano. La mirada de un perro fiel mendigando una caricia a su amo, es amor rendido y es un bálsamo indescriptible.

Reflexionemos sobre la sencillez, la placidez y la grandeza de tener un libro entre las manos. Como escribía mi editor y amigo Jordi Nadal, leer es vivir con atención, hace callar el ruido a nuestro alrededor, nos da un centro….leer nos da fuerzas cuando estamos heridos…leer viste nuestro silencio, nuestra alegría, nuestra soledad.

Y finalmente recordemos con esperanza que tras la noche no vendrá nunca «la noche más larga» a la que temía Luis Eduardo Aute (Al alba), sino que siempre, absoluta e irremediablemente siempre, volverá el amanecer. Siempre escampa después de la tormenta, y todo vuelve a empezar desde el nuevo escenario, como nos recordaba Murakami: cuando salgas de la tormenta, ya no serás la misma persona que había entrado en ella, y en eso consiste la tormenta. Esta tormenta nos habrá cambiado, nos habrá hecho más humanos y resistentes. Cuanto más fuerte es la tormenta, más potente será nuestra respuesta: la cometa se eleva más alto en contra del viento, no a su favor (Churchill).

Y para terminar, recordemos «que toda sombra es, al fin y al cabo, hija de la luz y solo quién ha conocido la claridad y las tinieblas, la guerra y la paz, el ascenso y la caída, solo este ha vivido de verdad» (Stefan Zweig).

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