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Mala sangre

Foto: Rhone | Unsplash

En 1976, cuando España empezaba a cumplir el sueño de integrarse con las grandes naciones europeas, Suecia daba por finalizado su programa oficial de esterilización forzosa. A nuestro país no llegó esa ola de progreso porque éramos aún un país católico y, por tanto, atrasado.

Dos Myrdal, dos premios Nobel, Alva -de la Paz- y Gunnar -de Economía-, fueron los principales impulsores del programa de esterilización forzosa de Suecia entre 1935 y 1976 que quitó a 60.000 mujeres su derecho a reproducirse. Para la socióloga y su marido, la construcción de un Estado de Bienestar y la mejora de la raza de la mano del Estado eran dos aspectos de una misma forma de pensar. La esterilización forzosa limpiaría la sociedad de personas inferiores; idiotas, locos, promiscuos, improductivos. Unos esfuerzos de higiene social que se centraron en los más pobres. La lucha contra la pobreza en todo su sentido.

En los Estados Unidos, los intelectuales que asumían el epíteto de progresistas, también pedían al Estado que realizase estos programas de mejora social. No se quedaron estos en las décadas del cambio de siglo. Todavía en los 60, y hasta finales de los años 70, la Oficina de Asuntos Indios (federal), por medio del Servicio de Salud Indio, llegó a esterilizar al 42% de las indias en edad reproductiva, según se supo hace un año. Más recientemente hemos conocido que las esterilizaciones forzosas de las mujeres indias continuaron en Canadá más allá del fin del programa oficial, en 1973.

Siempre se identifica al darwinismo social con la idea de que la sociedad pone a prueba a los individuos, y da por buena cualquier desigualdad con el lema “la supervivencia del más apto”. Pero ese darwinismo es minúsculo en comparación con el más extendido, más cercano a las ideas del biólogo inglés, y que proponía algo muy distinto. Las especies se someten a un proceso de selección que les supera, que les viene dado como el girar de los astros o los caprichos del tiempo. Pero no para el hombre. El hombre tiene la capacidad de condicionar las circunstancias de la evolución, de controlarla, guiarla para la construcción de una sociedad perfecta.

Hoy el progresismo es más moderado y se conforma con quitarle a los padres solo el derecho a elegir la educación de sus hijos. Pero los sueños de unos cuantos por construir una sociedad perfecta siguen amenazándonos. La amenaza no es la mala sangre, como tantos han pensado, sino las malas ideas.

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